“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

domingo, 1 de julio de 2007

Toreros con trajes de luces

Quizás fue la primera vez que vi toreros vestidos con trajes de luces. Volvíamos en el autobús de la comida de "La Dehesa", seguramente ya camino del pueblo, cuando de repente se formó un revuelo dentro del vehículo, “¡los toreros, los toreros!”, gritaban unas voces alteradas por la emoción, “¡mira, mira, son los toreros!”, todos nos agolpamos en las ventanillas, eran los toreros que se dirigían, a pie, hacia la entrada de la plaza rodeados por un gentío impresionante. El autobús se hallaba parado, retenido por tan brillante paseíllo, bajamos a tierra, mi padre me cargo en sus hombros y nos acercamos lo más que pudimos hacia los toreros que desfilaban parsimoniosos hacia la puerta que los conducía al ruedo, no se si llegué a tocar a alguno, pero si puedo asegurar que estuve cerca, muy cerca de ellos. Entre los nombres que me suena haber oído ese día a las puertas de la plaza puede que estuviera el de “El Viti”, también el de Jaime Ostos, es posible… Se deshizo el atasco y el gentío, volvimos a subir al autobús y continuamos el viaje de regreso.
En la época de ese viaje, tendría cuatro o cinco años, de toros y toreros seguro que había oído hablar, porque en casa, entre mi padre y mi abuelo era una conversación cotidiana, y comentaban las noticias que daban por la radio o que traía la prensa, y fotografías seguro que también habría ojeado, mi abuelo era suscriptor del Dígamey cada semana se lo mandaban por correo, pero lo que nunca había visto hasta ese momento eran toreros vestidos con trajes de luces de verdad, y tan cerca. Esa imagen, aunque borrosa por mi corta edad, siempre la he mantenido en mi memoria, más que como una imagen, como la sensación de haber visto algo extraordinario para mí en esos momentos.
Tal día como hoy, pero de hace muchos… muchos años… es el día que estoy recordando.
Domingo de Calderas, día grande de las fiestas sorianas. Habíamos viajado a Soria para celebrar esa festividad y participar en la comida colectiva que se organiza en "La Dehesa". Según me cuenta mi hermana Milagros, unos años mayor que yo, íbamos bien surtidos de provisiones y alegría, también recuerda que al final de la comida congeniamos con nuestros vecinos de la mesa de al lado y acabamos montando una fiesta que llamaba la atención. De nuestra parte, y por lo que a mi familia toca, contábamos con mi abuelo Bernardino, un juerguista de pro y animador nato de cualquier jolgorio o ronda que se le pusiera por delante, y con mi padre Justo, que tenia una garganta privilegiada y cantaba jotas y tangos estupendamente y con mucho estilo, entre los dos formaban una pareja explosiva, amén de los compañeros de excursión que, como recuerda mi hermana, no se quedaban atrás.
En ese escenario se encuadra otra de las imágenes que se quedaron grabadas en mi mente, esta nítidamente, para siempre, “La Dehesa”, un campo enorme, verde y lleno de mesas blancas, con multitud de personas en son festivo pululando un lado para otro. Cierro los ojos ahora mismo y, como si fuera una instantánea, vuelvo a ver "La Deseha". No recuerdo nada más, lo contado sobre la comida y posterior confraternización con nuestros vecinos forma parte de los recuerdos de mi hermana Milagritos.
Ese día debíamos de haber madrugado mucho, desde Brea de Aragón, que es el pueblo donde nací y en el que vivía entonces, había un buen trecho hasta Soria, y más con las carreteras por las que había que transitar, el estado en el que estaban en aquellos años y el parque móvil de que disponíamos. Por aquel entonces había en el pueblo un autobús de viajeros, al que popularmente apodábamos “El Canario” porque el color predominante era el amarillo, y en base a ese vehículo se organizaban todas las excursiones, cada viaje era una fiesta.
Mi madre Virginia, según me cuenta mi hermana, se ponía muy contenta con estas excursiones, y por lo visto, éramos de la partida en todas las que podíamos, yo me acuerdo de otras, pero no es cosa de contarlos aquí. Este viaje ocupa este espacio porque toca tangencialmente con mi afición a los toros, y no podía dejar de mencionar la estancia, aunque a una edad tan temprana, en un enclave sagrado de la tauromaquia, donde el toro y hombre han tenido relación desde épocas prehistóricas, y tampoco podía dejarme en el tintero la primera vez que recuerdo haber visto toreros vestidos con trajes de luces de verdad.
Antes de acabar, y como anécdota añadida, una tercera imagen que me quedó grabada ese día y todavía conservo nítidamente en la memoria. En aquellas fechas, por cuestiones orográficas, no llegaba la señal de televisión a mi pueblo ni a ninguno de los de alrededor, pero mira por donde, camino de Soria debíamos de pasar por Tabuenca, un pueblo que estaba situado en alto, tenia recepción de la señal y un televisor en el Casino. Allí habían ido, de propio, gentes de muchos pueblos, incluido el nuestro, a ver el nuevo invento. Era parada obligada. Fue la primera vez que vi la televisión, recuerdo la imagen de color azulado, y rayas... muchas rayas.
Tal día como hoy, pero hace muchos… muchos años… debió de ser un gran día para mí.

P.D.: La foto no se corresponde con esta historia, puede que sea de un año antes o del siguiente, pero "El Canario" si que es el auténtico.

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