“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

viernes 27 de enero de 2012

Y NADIE SE PREGUNTA PORQUÉ LA GENTE ESTÁ DEJANDO DE IR A LOS TOROS

El invierno taurino siempre es una época de balance de lo pasado y conjeturas de lo por venir. El tema estrella de este año, que arrancó a finales de la pasada temporada, es el de los derechos de imagen de un grupo de toreros que, ante la retransmisión de las ferias más importantes por un canal privado, no estaban conformes con el reparto de los derechos generados por esa circunstancia. Los mandamases del escalafón, conocidos como el “G10”, decidieron que debían poner su imagen y sus intereses bajo el control de una agencia profesional dedicada a gestionársela. A raíz de esa decisión los cimientos del actual entramado taurino temblaron. Era un directo al estómago de los empresarios que, parece ser, eran los máximos beneficiarios de esas retransmisiones. Ello les suponían unos ingresos extraordinarios que, ante la cada vez menor asistencia de espectadores a los festejos taurinos, les servían para obtener un saldo positivo al final de la temporada. Pero sobre todo para el canal de televisión privado que, en vez de entenderse con el empresario, deberá hacerlo, además, con los toreros. Imagino que los colectivos de ganaderos y subalternos también llamaran a esa puerta lo que, sin duda, complicará todavía más las cosas. Pues eso, que el tema estrella de este invierno taurino ha sido este -como repartirse el pastel de los beneficios generados por las retransmisiones televisivas- y nadie ha pensado en el auténtico problema que aqueja a la Fiesta que es bien distinto y de un calado mucho más profundo.

Porque el gran problema que amenaza a la Fiesta de los Toros, visto lo visto la pasada temporada, es la escasez de público que asiste a los festejos, cada día más alarmante, y la reducción de los mismos pues, el pasado año, han sido más de mil los que han dejado de celebrarse. Ese es el auténtico debate que deberían emprender los que son máximos beneficiarios de este espectáculo: Los toreros del “G10”, la inmensa mayoría que no están en este selecto grupo, los subalternos, los ganaderos, los empresarios y, puesto que son los propietarios de la mayor parte de las plazas, los poderes públicos. Y no creo que no se lo planteen por desconocimiento, pues son los que los sufren en sus propias carnes y, de seguir así las cosas, esto conduce hacia la desaparición, más pronto que tarde, de la propia Fiesta. Más me parece una huida hacia adelante tratando de recoger las últimas migajas de un negocio que, por su propia desidia y en aras de la comodidad, se está agotando.

El auténtico debate de este tiempo de invierno debiera haber sido ese. ¿Porqué la gente está dejando de ir a los toros? Esa es la principal pregunta que hay que hacerse, pues si los festejos se reducen y la gente no acude a los que se programan, no hay derechos de imagen ni negocios que valgan nada. Pero parece ser que a nadie de los del negocio taurino les interesa hacerse esa pregunta y tratar de buscar la solución. Cada vez son más los aficionados que toman conciencia de que la Fiesta, tal como se produce en la actualidad, ha perdido su principal valor, la emoción, y se ha convertido en algo monótono, previsible y aburrido, justamente lo contrario de lo que debería ser. Pero si esto no preocupa a los taurinos pues, desde hace mucho tiempo, les da igual lo que digan sus principales clientes, tampoco son capaces de llenar los tendidos con público de aluvión y festivo. Esta gente, que generalmente acude a los toros con motivo de las fiesta patronales de su ciudad, aunque no son entendidos y solo buscan la fiesta y el reparto de trofeos a porrillo, se encuentran con un espectáculo tan descafeinado y vacío que tal como van saliendo de la plaza se van olvidado de los visto.

Hay excepciones. Recuerdo corridas de toros en que, a la salida, aficionados y espectadores, seguimos hablando de lo acontecido en la plaza. Suele ocurrir cuando, con más o menos trofeos concedidos, la emoción ronda por el ruedo. Es lo que tiene la emoción, que no deja indiferentes ni a unos ni a otros, pues la alteración del ánimo que produce en cada individuo, aficionado o profano, hace que sigas con interés y expectación todo cuanto acontece en el albero. Y la emoción en una corrida de toros solo puede venir de la mano de su protagonista principal, el toro. Para bien o para mal, solo el toro puede hacer que la lidia sea emocionante. Pero en los estamentos taurinos no quieren sacar las conclusiones que de esto se derivan, no les interesa, prefieren seguir tirando para adelante con el borrego al uso aún a sabiendas de que esa es la única solución para que la Fiesta de los Toros recupere su verdad y salga del profundo bache en el que se encuentra metida.

lunes 23 de enero de 2012

ENRIQUE ASÍN CORMÁN

Se ha muerto Enrique Asín. Se ha muerto un gran aficionado. Otro más. Un aficionado de los imprescindibles. Hacía tiempo, años, que ya no iba a los toros. Él, que había hecho de esta fiesta su pasión dentro y fuera de la plaza, con todo el dolor del mundo, dejó de renovar su abono en el Tendido 1 de “La Misericordia”, una localidad que había heredado de sus antepasados, por aburrimiento. Porque esta fiesta no era la que él quería, por la que él sentía pasión y a la que le dedicaba su tiempo y su dinero. Muchas veces le oí decir que aquí, en esta Fiesta nuestra, en estos tiempos, “lo que hace falta son cornadas”. Y no le faltaba razón al dictar esta metafórica sentencia porque, como cualquier aficionado cabal, no es que asistiera a la plaza para ver coger a los toreros pero, hace falta que en el ruedo haya peligro, miedo, y que eso, el peligro y el miedo, se sienta desde el tendido, que la emoción que ello produce te mantenga en vilo, pendiente en todo momento del juego del toro y del lidiador porque, esta Fiesta, sin peligro, sin poder en los toros para dar cornadas, no es la Fiesta grande que  se ha mantenido en candelero, contra viento y marea, desde hace siglos. El arte, lo bello, lo te te conmueve, te pone los pelos de punta y te hace amar esta Fiesta por encima de todas se da si surge del peligro, de la tempestad del toro bravo y con poder. El toreo es grande y sublime cuando, como decía Domingo Ortega, el torero es capaz de convertir esa tempestad en brisa suave y acariciadora. Pero la Fiesta actual no es la que Enrique soñaba. Por eso se fue. Se refugió en su museo, en sus libros, en sus dibujos, en sus recuerdos, hasta que la vida, primero, le volvió la espalda, y luego se le empezó a marchar como si una cornada en la ingle le hubiera abierto un boquete imposible de cerrar.

Lo conocí en su “Museo Taurino”. Su afición era tanta que se dedicó ha invertir en cuantos objetos relacionados con los toros pudiera adquirir: trajes, carteles, utensilios de la lidia, libros, cabezas de toros, documentos, música, películas, revistas… Allí pasaba, como vulgarmente se dice, las horas muertas. Cada viernes al anochecer se reunía una tertulia de viejos y jóvenes aficionados, los unos ensañaban y los otros aprendíamos. Alguna vez acudía algún aficionado de renombre de la ciudad, de los que no eran habituales, o alguno que, por el motivo que fuese, pasaba por Zaragoza. Allí se hablaba de toros, se comía y se bebía hasta altas horas de la madrugada. Para los nuevos, era un escuela de lujo para conocer la grandeza de esta Fiesta y aficionarse a ella con sólidos fundamentos. En aquellos años de mitad de la década de los noventa, cuando junto con unos amigos empezamos a frecuentar la tertulia, Enrique, junto con otros aficionados, acaban de crear la “Unión de Abonados de Zaragoza”, que fue uno de los primero movimientos de los aficionados en defensa de la Fiesta de los Toros y los derechos de los aficionados. Entre otras actividades, publicaban una cuidada revista taurina de nombre “Kikiriki”. Allí se miraba con lupa lo que acontecía en la Fiesta y sus alrededores y, sobre todo, en nuestra plaza de “La Misericordia”. Fue un ejemplo a seguir y, de allí y entonces, surgimos un grupo de aficionados -lo que luego sería la A.C. “La Cabaña Brava”- dispuestos a seguir luchando para que esta Fiesta, la que nos enseñaron Enrique y demás tertulianos habituales, siguiera manteniéndose con toda su integridad y autenticidad. 

Hoy, 23 de enero de 2012, cuando tan solo contaba 64 años de edad, ha muerto Enrique Asín Cormán. Demasiado joven para lo que todavía podía y tenía que vivir y enseñar. De lo veteranos aficionados que eran habituales en la tertulia de los viernes en su Museo Taurino, ya son varios los que nos han dejado. Así, a bote pronto, recuerdo a Anselmo, o a los que aparecen en esta fotografía, tomada en plena tertulia del Museo un viernes cualquiera, que son, de izquierda a derecha: José Manuel de la Cruz, Paco Civera y Javier Sarría, descendiente de la legendaria ganadería navarra de Zalduendo. Todos ellos aficionados cabales, íntegros e insustituibles, de los que nos harían falta en estos momentos de zozobra de la Fiesta. Los que aquí seguimos, aún a pesar del aburrimiento al que nos condena el lamentable estado del actual espectáculo taurino que -como a Enrique en su día- nos invita a marcharnos definitivamente de esta farsa, trataremos, en su memoria, de seguir la lucha por la recuperación de la Fiesta de los Toros que ellos nos enseñaron. Descanse en paz Enrique y que, allá donde sea, siga la Fiesta y la Tertulia con los que se marcharon antes.

miércoles 11 de enero de 2012

BAILADOR

El toro más famoso con este nombre fue el que cogió a Joselito, un 20 de mayo de 1920, en Talavera de la Reina y, como consecuencia de dicha cogida, acabó con la vida del torero del que decían los críticos y aficionados de la época que era imposible que lo cogiese un toro. Pero no es este el “Bailador” al que le dedico este espacio, sino al que se lidió unos cuantos años antes, concretamente el 29 de agosto de 1883, en la plaza de Linares, Jaén, y le tocó en suerte a Rafael Molina “Lagartijo”. El motivo que me lleva a dedicárselo es la rareza que supone, en los tiempos actuales, que el matador y sus picadores feliciten al ganadero por la bravura que mostró el toro durante su lidia. A cuento de esto, y porque lo hemos recordado hace unos días en una tertulia de amigos, viene a mi memoria una frase que pronunció el ganadero de “Sepúlveda” cuando un periodista lo felicitó, una vez acabada la corrida, por la bravura de uno de sus toros y vino a contestarle que eso, que hubiera salido un toro bravo esa tarde, suponía la ruina para su ganadería... y así fue. Desde aquel momento -sucedió, creo recordar, a mitad de la década de los noventa- sus toros fueron vetados por las figuras, dejó de lidiar en las ferias importantes, donde antes se los rifaban para apuntarse con ellos, a consecuencia de esto entró en un profundo bache y en la actualidad lidia poco o nada. Esta es la tónica del momento y así le va a nuestra querida Fiesta de los Toros. Si por casualidad sale un toro bravo de las ganaderías solicitadas por los “figuras”, problemas y muy serios para esa ganadería -ejemplos de ello hay muchos-, porque enseguida pasan a ser esquivadas por los mismos que antes las exigían y se pelaban por matar sus pastueños animales con pinta de toros y eso es la ruina para el ganadero. Pero vayamos a lo que era la razón de esta entrada porque, contrariamente a lo que es habitual, hemos escrito la moraleja antes que la historia.

Según cuentan, “Bailador” fue un toro negro, bien puesto, de cinco años y medio, de la ganadería de don Andrés Fontecilla, que resultó de una bravura y un poder enormes. Tanto que “Lagartijo” y los picadores de su cuadrilla, José y Manuel Calderón, escribieron una carta al ganadero en la que le decían: «...toro buen mozo, divinamente encornado, fino y escaso de carnes, en las primeras varas demostró mucho poder, y cuando se quedó en los tercios, sin desafiar nunca y siempre natural en la suerte, tomó "veintiuna varas", y con decir que mató 13 caballos es suficiente para comprender que no dejó nada que desear, pues es toro que no puede olvidarse con facilidad y "que no ha" tenido en los tiempos que corremos compañero, pues ha sido un verdadero fenómeno. En este toro, del señor Fontecilla, nos sucedió una rareza, que fue la de tener que retirarnos a pie a la fonda. Que críe usted muchos y que podamos torearlos, es lo que desean sus afectísimos, que le aprecian: Rafael Molina, José Calderón y Manuel Calderón». Este toro era hijo de un semental de "Miura" pues, don Andrés Fontecilla, fue uno de los pocos ganaderos españoles que compró hembras y un semental de esta legendaria ganadería.

miércoles 21 de diciembre de 2011

FELICIDADES, PEPE LUIS

Pepe Luis Vázquez, el "Sócrates del Toreo", como se le apodó en su juventud por su sabiduría, cumple hoy 90 años. En su día ya publicamos en este Blog un par de artículos que recogían declaraciones suyas: "Pepe Luis dice... sobre la gente y los aficionados", en el que habla de las diferencia que existe entre el público que asiste a las corridas de toros y los aficionados, y "Pepe Luis dice...", en el que en unas pocas frases explica su tauromaquia. También quiero enlazar un extenso dossier subido por la web "Taurología" que bajo el título de: "Pepe Luis, 'armonía, belleza y gloria' del Arte del Toreo" recoge una selección de textos y entrevistas que abarcan desde el año 1972 hasta nuestros días. Por último, enlazamos un pequeño vídeo en donde puede verse a Pepe Luis vistiéndose para salir camino de la Plaza de "Las Ventas" y unos breves pasajes de su actuación ese mismo día. ¡¡¡Va por usted, maestro!!!


miércoles 30 de noviembre de 2011

DIEGO PUERTA, UN TORERO VALIENTE Y HONRADO

Cuando de niño iba a buscar a mi padre a la salida de los toros y le preguntaba cómo había resultado la corrida, si había toreado Diego Puerta, y eran muchas las veces que toreaba en Zaragoza en aquellos años sesenta, siempre hablaba bien del torero sevillano: de su honradez, de su pundonor, de su entrega, de su coraje y, por encima de todo, de su valor. Tan reconocida era esta cualidad que un revistero de la época de sus primeros años le puso el acertado apodo de “Diego Valor”, que era el nombre de un personaje y de una serie de tebeos muy popular a finales de los años cincuenta. Yo no pude verlo de matador de toros porque se retiró pronto, en 1974, y nunca más volvió a vestir el traje de luces. Sí que lo vi en algún festival de Atades, que se celebraba todos los años a principios de la temporada en Zaragoza, o en alguno de los que se celebraban en la cercana localidad de Ricla. También, aunque no sea los mismo, en vídeo. Sin ser un torero profundo y de corte clásico, me gustaba su disposición y sus formas y alegría sevillana.

De novillero, según me han contado viejos aficionados zaragozanos, toreo mucho en Zaragoza, incluso pasaba aquí largas temporadas en compañía de su inseparable Paco Camino. Luego, una vez ya matador, tuvo y mantuvo un gran cartel y no faltaba ningún año a su cita con los aficionados de “La Misericordia” hasta su retirada. Como torero valiente tuvo que pagar el triunfo muchas veces con su sangre. Prueba de ello son las más de 50 cornadas que adornaban su cuerpo, la última de las cuales, tres días antes de su retirada en “La Maestranza” sevillana tuvo lugar, precisamente, en su querida Zaragoza. Cuando se cortó la coleta prometió no volver y no volvió. Se dedicó a cuidar de su ganadería, que había adquirido en 1963, y a torear festivales benéficos hasta que en 1989 colgó definitivamente los trastos. Casualmente, hace pocos días, viendo vídeos viejos de programas taurinos, aparecía en el callejón de la Plaza de Castellón de la que fue empresario allá por el año 1987, fecha del reportaje en cuestión. Hoy me he enterado que ayer por la noche falleció. En su memoria quiero enlazar un par de vídeos.

Este primer vídeo es una breve semblanza biográfica con imágenes de uno de sus triunfos en la madrileña plaza de “Las Ventas” de sus primeros años.


Este segundo recoge pasajes de su actuación en Pamplona, ante un toro del “Conde de la Corte”, el que hacía 4º de la tarde, el día 9 de julio de los Sanfermines del año 1968.


Nota: Pasados un par de días del fallecimiento de Diego Puerta leo unas declaraciones de Paco Camino, su gran rival en los ruedos y a la vez su mejor amigo fuera de ellos, que quiero que sean el colofón de este pequeño homenaje al torero del Barrio de San Bernardo:

“Un ejemplo de torero, un torero único. Tenía un valor como la copa de un pino, pero no todo se resumía en su valentía, pues aunaba todas las cualidades de los grandes. Empezamos juntos desde chicos y hemos compar­tido más de 360 paseíllos. En el toreo, con muchísima diferencia, ha sido mi mejor amigo. Pero en el ruedo eso se olvidaba. Había mucha rivalidad, salíamos a cara de perro, incluso hacíamos apuestas. Cuando toreaba con Diego pasaba más miedo por él que por mí. ¡Qué manera de arrimarse y entregarse! A veces llegaba a arrollar la razón y le cogían muchos toros. Pero tenía una gran inteligencia; era un fenómeno, como persona y como torero. En esa terna famosa entre Puerta, El Viti y yo, Diego no era el tercer hombre, sino el primero. Lástima que no se hayan enterado de lo que ha sido los que otorgan la Medalla de las Bellas Artes. ¿Dónde está su Medalla? Qué injusticia más grande... Él la merecía más que ninguno, bastante más que yo, que la devolví porque no quiero premios de golfos. En la vida no cuentan los homenajes ni los trofeos. En la vida cuentan los hechos. Y Diego Puerta, mi gran amigo, ha sido un auténtico fuera de serie, una parte inolvidable de la Historia del Toreo.”

lunes 28 de noviembre de 2011

CASUALIDAD O MALDICIÓN

Al buscar información sobre la canción que hemos enlazado hoy en el CANCIONERO TORERO -"Pepete, mátelo usted", interpretada por Gracia de Triana- nos hemos encontrado con tres historias de tres toreros que utilizaban el mismo apodo, Pepete, y que tuvieron el mismo trágico final, la muerte del protagonista a consecuencia de las cornadas recibidas en el ruedo: José Dámaso Rodríguez, de Córdoba, José Rodríguez Davie, de San Fernando, Cádiz; y José Claro, de Sevilla. Los tres Pepetes murieron de cornadas tan severas que su agonía duró muy poco tiempo. En el primer caso, sólo tres minutos, tras una lesión en el corazón; en el segundo, unas horas, con herida en el muslo que le causó tremendos dolores; y en el tercero, luego de fugaces minutos, con plena conciencia del torero que por ese hoyo que hizo el pitón destrozando la femoral. Tres historias distintas con idéntico final que no sabríamos calificar como casualidad o maldición.

El primero, José Dámaso Rodríguez Pepete, nació en Córdoba, en 1824, y desde pequeño quiso ser torero. Se cuenta que cuando el novelista francés Alejandro Dumas visitó Córdoba, Pepete actuó como guía en una excursión por la Sierra Morena. Pronto consiguió fama por sus condiciones y valentía en las cuadrillas de José Redondo El Chiclanero y Antonio Luque Camará. Se doctoró en Madrid, de manos de Cayetano Sanz, matando al toro “Lagartijo” , de Gaviria. Su fama creció rápidamente y los públicos lo exigían en los carteles de más fuste. Alcanzó triunfos en Madrid, sobre todo en 1858, su año cumbre. Fue en 1862, cuando la empresa de Madrid lo contrató para torear el 20 de abril. En segundo lugar salió un berrendo en negro alunarado botinero y capirote y de cuerna corta, de la ganadería de Miura. El toro embistió al picador Antonio Calderón dándole un tumbo. Pepete saltó de inmediato la barrera para hacerle el quite al varilarguero. Para su mala suerte, el toro “Jocinero” lo enganchó por la cadera, causándole un puntazo sin importancia, pero quedó a su merced y el burel le lanzó dos asesinos derrotes, causándole una profunda herida en el pecho que le partió el corazón. El torero aún tuvo fortaleza para levantarse, llegar a la barrera  y, pocos minutos antes de morir en la enfermería, preguntarle al médico de la plaza: "Doctor ¿Es algo?".

Cinco años después, nació en San Fernando, Cádiz, José Rodríguez Davie, Pepete, el 14 de mayo de 1867. Su trayectoria, como la de su antecesor, también fue vertiginosa. Su fama comenzó a despuntar en 1887 en la cuadrilla de Joaquín Rodríguez Punteret. Antes de tomar la alternativa toreo en Montevideo, Uruguay, y retornó a España para doctorarse en el Puerto de Santa María, el 30 de agosto de 1891, de manos de Luis Mazzantini. Estampa de torero presumía este Rodríguez Davie, de elegantes trazos, con valor y personalidad. Reunía empaque y con ese toreo de alta escuela lidió los años siguientes, realizando viajes a Sudamérica, hasta que llegó el trágico día del 12 de septiembre de 1899, en la plaza de Fitero, Navarra. El tercero de la tarde, “Cantinero”, de la ganadería navarra de Zalduendo. Al finalizar el segundo tercio persiguió a Pepete y al saltar la barrera, en el callejón, lo enganchó el toro, lo zarandeó como un muñeco de trapo y lo lanzó de nuevo al ruedo, dándole entonces una cornada grande en el muslo derecho, de dieciocho centímetros de profundidad y seis de anchura, a consecuencia de la cual murió al día siguiente.

Unos años antes había nacido en Sevilla, el 19 de marzo de 1883, José Claro, Pepete. En 1904 debutó en Sevilla y en Madrid. Ese mismo año, tomó la alternativa en la Real Maestranza de manos de Bonarillo, doctorado que confirmó dos años después en Madrid, el 27 de mayo de 1906. Se presentó en México, en la segunda corrida de la temporada en el coso del “El Toreo”, el 10 de noviembre de 1907, causando una buena impresión por sus hechuras de torero elegante y de calidad, lo que le valió para torear tres corridas más, dos de Piedras Negras y otra de Tepeyahualco. Su mejor temporada española fue la de 1908. Retornó a México en la campaña 1909-1910 y sumó seis corridas con buenos resultados. La tragedia le sobrevino el 7 de septiembre de 1910 en la plaza de Murcia. Toreaba mano a mano con Rafael González Machaquito, toros de Parladé. El primero de la tarde, “Estudiante” dio un tumbo al picador Majito y al acudir Pepete para hacerle el quite, el burel lo arrolló y le infirió un cornada en la ingle derecha con ruptura de la femoral. Minutos después moría en la enfermería, consciente de que por la herida se le escapaba la vida, y escuchando el gran triunfo que consiguió Machaquito con los buenos toros de Parladé que se habían lidiado en esa tarde tan negra para él.

domingo 20 de noviembre de 2011

ANTOÑETE, EL TOREO PURO

Cuando "Antoñete" volvió a los ruedos, al comienzo de la década de los ochenta, trajo consigo el toreo puro. Fue un momento clave para el resurgimiento que experimentó la Fiesta de los Toros, casi arrasada por el fenómeno de “El Cordobés” en la década de los sesenta, que expulsó de los ruedos a buena parte de la afición. Los años setenta fueron un duro periodo de transición, los figuras de entonces, toreros que sabían torear, no consiguieron que los que habían abandonado volvieran, ni tampoco arrastrar a nuevos aficionados a los cosos taurinos y los tremendistas e imitadores del de Córdoba, no pasaron de eso, de simples imitadores. Los que seguían acudiendo a las plazas de toros, un mínimo cupo de aficionados cabales que no tenían la fuerza suficiente para imponer el criterio y la cordura del toreo clásico a los restos del aluvión de espectadores aportados por el cordobesísmo y sus formas heterodoxas que seguían buscando en las corridas el tremendismo y la excentricidad del de Córdoba. Fue una década difícil, de resaca, en donde el cemento de los tendidos era el invitado que más espacio ocupaba. En eso llego “Antoñete” con el toreo de siempre por bandera y explicó, ante el toro, lo que es torear.

Muchos no lo habían visto jamás, era la primera vez que veían que torear era eso tan fácil que hacía el veterano maestro madrileño, un hombre ya mayor y no muy sobrado de facultades físicas: encontrar la distancia del toro, citarlo, adelantar la muleta para embarcarlo, cargar la suerte y rematar el pase allá donde la espalda pierde su casto nombre y abajo. Y descubrieron que esa manera de torear, la clásica, la que interpretaba el maestro Chenel, llevaba implícita la bellaza más excelsa y la emoción más intensa. Durante esos gloriosos años de la década de los ochenta, hasta su primera retirada, tuvo la ocasión de explicar varias veces la lección y consiguió que los aficionados veteranos se reconciliaran con el arte del toreo, y que una buena parte de los espectadores que acudían a las corridas en las que se presentaban las condiciones para desarrollar su tauromaquia, y que nunca habían visto torear de esa forma, se aficionaran. Ese fue el gran mérito de “Antoñete”, como los artistas del Renacimiento, que descubrieron en las formas clásicas de la antigüedad el modelo ideal de belleza, y con ello abrieron un nuevo curso para la historia de la humanidad, su torería significó un renacimiento del arte clásico del toreo que se hallaba sepultado bajo los escombros del terremoto que supuso para la Fiesta el fenómeno cordobesista.

Eso queda demostrado en el vídeo enlazado en el apartado "LcbTV", en la columna situada a la izquierda de este artículo. Aunque es opinión generalizada que cuando se visiona una faena en el vídeo pierde intensidad y se ven los defectos, en este caso, y dada la perfección y grandiosidad de los momentos escogidos, los defectos no lo parecen tanto y la belleza de los lances hace que la intensidad siga estando presente. El reportaje, que recoge algunos de los momentos más brillantes de esa época en la que “Antoñete” bordó el toreo en su plaza de “Las Ventas“, está subrayando por la banda sonora de las opiniones de varios escritores y periodistas que explican lo que para ellos significó la irrupción del torero madrileño en el panorama taurino de la década de los ochenta en la que, por un corto espacio de tiempo, el arte de torear remontó el vuelo y muchos vieron por primera vez lo que es torear.

lunes 24 de octubre de 2011

EN MEMORIA DE ANTONIO CHENEL “ANTOÑETE”

Antoñete ha muerto. Con él desaparece una de las últimas referencias del toreo puro. Las lecciones que fue desparramando por los diversos ruedos en los que actuó después de su reaparición en los años ochenta, sirvieron para que no se olvidara ese arte, el del toreo clásico, arrinconado por los “pegapases” que mandaban entonces en el escalafón, y para que los aficionados nuevos, que empezaban a llenar otra vez las plazas después de la desbandada de aficionados que supuso el boom “cordobesista”, tuvieran referencias directa de lo que era “torear”, algo muy distinto que dar pases. No se trataba de estar diez minutos delante de la cara del toro haciendo que este pasara de un lado para otro sin ton ni son. No, eso no era toreo. Torear es otra cosa y “Antoñete”, con más de cincuenta años de edad y unas condiciones físicas limitadas, lo explicó claramente cuantas las condiciones y los toros se lo permitían. Explicó la teoría de las distancias, cada toro tiene la suya y, el deber y saber del torero es encontrarlas. La teoría de las medidas, cada toro dura lo que dura y el torero, por más a gusto que esté, tiene que saber cuando el toro le pide la muerte. La teoría de los terrenos, porque cada toro tiene un sitio en la plaza para ser toreado y el torero debe saber cuál es ese sitio. En la plaza, como en el campo de fútbol el balón -madridista acérrimo que era-, el que debe correr es el toro, por eso las condiciones físicas, si se sabe torear, pasan a segundo plano. Eso le permitió seguir toreando hasta más de los setenta años y continuar desgranando el repertorio de suertes fundamentales del toreo en su máxima pureza durante tanto tiempo.

El hombre ha muerto pero queda su obra. En su memoria, ¿qué mejor que recuperarla y mostrarla, pues los tiempos y las técnicas a nuestro alcance nos permiten hacerlo, para que el “Maestro Antoñete” siga dando lecciones después de muerto? Va aquí un primer vídeo. En su memoria, en la del gran torero que fue, las imágenes de una actuación en la Feria de Sevilla de 1985. Ese día, el 22 de mayo, no lo tenía fácil el torero madrileño, toreaba con el “Faraón” de Sevilla, con Curro Romero, y con Rafael de Paula. ¡Casi na! Chenel no se arredró, salió al albero de “La Maestranza” y explicó su lección. Gustó tanto su explicación, clara y escueta, que casi se lo llevan en volandas por la Puerta del Príncipe. No era un toro de triunfo, no era claro, no era de los bordar la filigrana del toreo, que tanto gusta por aquellos lares. El toro, como toda la corrida de Carlos Núñez, presentaba problemas que había que resolver, “Antoñete”, en ese cuarto toro los resolvió y dejó explicado, claramente, con concisión castellana, donde, como y cuanto. Pero par ser justos no debemos olvidarnos de los subalternos que acompañaban por entonces al maestro madrileño. Una cuadrilla es un equipo para la lidia de toros que debe funcionar compenetrado y con conocimiento de lo que se lleva entre manos. “Antoñete”, consciente de la importancia del equipo, supo rodearse de una cuadrilla que se sabía de memoria las técnicas y los recursos de la lidia y, ese día, sobre el albero maestrante, lo demostraron una vez más. En el vídeo puede verse a Martín Recio poniendo al toro en suerte, y a Manolo Montoliu -muerto años después en este mismo coso- en dos pares de aquellos que sólo el sabía poner. Tanto el uno como el otro, justo es reconocerlo, contribuyeron y dieron lustre a la explicación.

Pero cedamos la palabra a otro maestro, este de la palabra, del periodismo taurino comprometido con la verdad y la pureza del toreo, otra especie en extinción en el planeta taurino, don Joaquín Vidal -por desgracia, también muerto-. Que nos lo explique él que estuvo presente y lo contó, de la forma como sabía hacerlo, en su tribuna “La lidia” del diario “El País”, el 23 de abril de 1985.

Lección magistral de Antoñete 

“La Maestranza fue ayer cátedra para recibir una lección magistral de toreo puro. El catedrático, Antoñete. Mientras el torero de Madrid dictaba pausadamente los capítulos fundamentales de la tauromaquia, frente a aquel cuarto toro reservón que parecía inútil para el toreo de arte, la puerta del Príncipe se entreabría, una y otra vez se entreabría, e incluso estuvo de par en par, porque por allí tenía que salir a hombros el maestro, no podía ser de otra manera. Un pinchazo, sólo un pinchazo, cerró el portalón y fue también poquito a poco, con un lejano chirrido de pena.

Pocos toreros habrán tenido abierta la puerta del Príncipe con tanto derecho. El toro, ya se ha apuntado, era reservón, como toda la corrida; costó muchísimo llevarlo al caballo, esperaba en banderillas, buscaba tablas en la muleta. Mejoró porque lo lidia ron muy bien. No Antoñete, que no está para sudar la brega, sino un peón de la cuadrilla, Martín Recio que en cada intervención levantaba oleadas de ovaciones y, al término del primer tercio, el público, puesto en pie, pidió que saludara montera en mano. Y eso que en la brega Martín Recio no se pone bonito, sino feo, en corvado, se da un aire con Cuasimodo. Pero la eficacia de su capote, siempre abajo y templando la embestida, es de un valor que todo el mundo reconoce y hasta entusiasma, como ayer en la Maestranza. No saludó montera en mano y quien lo hizo fue, minutos más tarde, su compañero Bonichón. La Maestranza también era cátedra de banderilleros. Bonichón alborotó el tendido con dos pares de banderillas asombrosos; que de asombro era verle llegar a la cara del toro cobardón, despacito, relajado, bajos los palos, pisándole a la fiera los terrenos, y cuando ésta metía la cabezada, reuniendo entre los pitones y prendiendo el par en todo lo alto. Sabor de lo auténtico.

Y después, la lección magistral. También hubo de consentir Antoñete para encelar al toro tardo y reservón. Empezó con las dobladas, siguió con los redondos, ligaba con el pase de pecho. Todo tenía el sabor de lo auténtico y el ambiente era el de las grandes solemnidades. Pero todo quedó en pálido apunte cuando se echó la muleta a la izquierda y desgranó el joyel de los naturales, en tres tandas perfectas de ligazón y temple, abrochadas con el de pecho y con el ayudado. Abierta estaba para entonces la puerta del Príncipe, pañuelos flameaban en los tendidos y sólo faltaba el volapié para completar el monumento al arte de torear. No fue posible. Pero la lección magistral había empezado ya a enriquecer la añeja historia de la Maestranza.”


domingo 16 de octubre de 2011

LA LIDIA COMPLETA

Un toro, un torero y una cuadrilla comprometida con la lidia. Esos son los ingredientes fundamentales e imprescindibles para que se dé la lidia completa. Esos tres ingredientes se conjugaron ayer, 15 de octubre, en la Plaza de “La Misericordia” de Zaragoza. Fue en el 4º toro de la corrida de don Fernando Cuadri que cerraba la Feria del Pilar 2011: El toro “Remendón”, hermano de padre y madre del que el pasado año se llevó el premio al mejor toro de la Feria y que, en mi opinión, debe ser el ganador este año; el torero Javier Castaño que, al contrario de lo que dicta la ¿torería? moderna, en vez de cuidar a su oponente para que le durara en la faena de muleta, optó por lucir al toro en todos los tercios; y su cuadrilla, con mención especial para Tito Sandoval, toreando a caballo en las tres varas, aunque en la segunda marrara en el encuentro, y David Aladid con las banderillas, gustándose y haciéndose gustar, clavando dos pares cuadrado en la cara de su oponente y en todo lo alto. La plaza era una fiesta. Si se había despedido al picador puestos en pie y con una estruendosa ovación que lo acompañó hasta que desapareció por la puerta de corrales, no menor fue el tributo rendido a los banderilleros, de nuevo la plaza en pie y la ovación atronadora, quizás las más fuerte y rotundas ovaciones de cuantas se han escuchado en la Feria de este año.

Cuando Javier Castaño se disponía a comenzar la faena de muleta, en los rostros del público y de los aficionados se dibujaba la felicidad. En unos por la magia del momento vivido, en los otros, además, por haber encontrado y sentido lo que van buscando. El torero, con la montera calada hasta las cejas, salía dispuesto a completar el cuadro. No fue posible, alargó en demasía la faena y falló con la espada. Lástima, porque tenía en la mano un triunfo muy grande. El toro, bravo y noble, que se entregó con todo su alma y todo su corpachón en cada lance de la lidia, se agotó pronto. Aunque lo deseable hubiera sido cuajar una buena faena y matarlo de una estocada por todo lo alto, ya daba lo mismo. Javier Castaño recibió una fuerte ovación desde los medios y “Remendón” despedido con una rotunda ovación.

Lo importante de la tarde, y de muchas tardes, es lo que ocurrió en ese cuarto de hora mágico en que, en la Plaza de “La Misericordia” de Zaragoza, se encontraron un toro bravo y noble, un torero con torería y una cuadrilla comprometida con la lidia. Se vivió la lidia completa en los tres tercios, y todos los presentes nos emocionamos de verdad y con la verdad del toreo en los tres tercios. Lo triste es que esto, que tendría que ser, o al menos intentarse, seis veces cada tarde, lo vivamos como una rara excepción muy de vez en cuando. Parece ser que no lo entienden o -más bien- no lo quieren entender los que mandan y dictan las leyes del "toreo moderno" y así le va a la Fiesta de los Toros. Pero, por más peros que puedan ponerle, ahí está y esa es la grandeza del toreo, como quedó demostrado en la tarde de ayer, 15 de octubre de 2011, en "La Misericordia" zaragozana. Así lo refrendó el público puesto en pie y rompiéndose las manos de aplaudir en cada uno de los tres tercios de la lidia.

jueves 13 de octubre de 2011

¿QUIÉN ES EL SUBNORMAL?

Zabala de la Serna, comienza su crónica de la corrida de Parladé y otros hierros que sufrimos ayer, día grande de las Fiestas del Pilar de Zaragoza, en “El Mundo” diciendo: “El presidente Pasamontes, que suena a alias de contrabandista, le dio por cargarse la corrida desde el minuto uno siguiendo los parámetros de un energúmeno que desde el tendido 4 protestaba todo lo que salía por toriles con el hierro de Parladé (Juan Pedro).
Pura y puta demagogia para devolver un primero con muchos menos motivos que otros en esta feria. Dobló una vez las manos y el usía se apresuró a sacar el pañuelo verde buscándole la ruina al festejo. Pero es que el energúmeno del "4" siguió llamando becerro a un cinqueño sobrero de cortas manos y amplia testa, y eso ya no es un aficionado, es un chufla. Incluso el toro llegó a tener cierto brío que se evaporó. Pero no había ni un motivo inicial de protesta más que la subnormalidad.
Desde entonces, el usía Pasamontes había marcado una línea de devolución tan alta que también el segundo fue para atrás. Y un sobrero de San Mateo con más razón. Y al tercer suplente, quemado ya tan pronto, lo sostuvo por no meterse en una espiral mayor.”


Carlos Ilián, en Marca, dice: “Casi todos inválidos y mansos, en un baile de corrales con sobreros de toda condición, menos la fuerza y la casta. Todo un muestrario ruinoso de cuatro hierros distintos y tres ganaderías verdaderas, pues San Pelayo y San Mateo son la misma cosa. Un espectáculo deplorable de dos horas y media.
Entre tanta ruina ganadera apenas dos toros mantuvieron la vertical, aunque a duras penas, en concreto el tercero y el cuarto.”


Y Andrés Amorós, en ABC, escribe: "El surrealista belga Magritte provocó al personal al titular una de sus pinturas: «Esto no es un cuadro». Lo mío es mucho más simple. Esto no es una crónica de una corrida de toros por la sencillísima razón de que no ha habido toros: animales con fuerza, con casta, con alegría... Numéricamente, sí ha habido toros; demasiados, incluso: seis de la ganadería titular y cuatro sobreros. Y eso que en Zaragoza no está el tendido «7»... Al revés: el público maño se ha comportado con benevolencia, para mí, excesiva. No hace mucho, hubieran «quemado la Plaza», metafóricamente hablando.
Anotemos hechos: una hora después del comienzo, sólo habíamos visto lidiar un toro. Cuando el sexto flaqueaba, después de casi tres horas, una espectadora clamaba, horrorizada: «¡Por Dios, no! ¡Que no devuelvan otro más!» Algunos sociólogos han acuñado la fórmula «la generación ni... ni...», para los jóvenes que ni estudian ni trabajan. Los que hemos sufrido esta tarde podrían ser «toros ni... ni...»: ni molestan al torero ni emocionan al personal, que se indigna o se aburre como una ostra.
Hemos visto reses claudicantes, que dan lástima, en vez de dar miedo, como es su obligación. Todos son nobles pero flaquean; algunos se derrumban. Todos se quedan sin picar. Ni admiten quites ni toreo de capa. A todos se les acaba muy pronto el depósito de la casta y se paran...
Conclusión evidente de esta no crónica: así, no vamos a ninguna parte.”


Después de contrastar la opinión de Zabala de la Serna, corresponsal taurino de “El Mundo”, que incluso se contradice en su propia crónica, con la de otros dos colegas de profesión y viajes por las distintas ferias españolas, como son Carlos Illán, en “Marca” y Andrés Amorós”, en “ABC”, que en las suyas le vienen a dar la razón a quien Zabala de la Serna llama “chufla” y “subnormal”, solo me queda plantear una pregunta y juzguen ustedes mismos: ¿Quién es el subnormal?

viernes 7 de octubre de 2011

EL "CANCIONERO TORERO" CUMPLE UN AÑO

Hasta hace un año, una parte de las entradas de este Blog estaban etiquetadas bajo el epígrafe de CANCIONERO, allí se enlazaban vídeos de canciones de toros con alguna historia relacionadas con ellas, sus autores o los destinatarios de las mismas, pero siendo tanto y tan variado el material existente en la red pensamos que el cancionero taurino merecía un espacio propio. Así nació el Blog CANCIONERO TORERO, un archivo de canciones de toros y toreros interactivo en donde se van almacenado vídeos con alguna explicación sobre las canciones que contienen y enlaces que conducen a otras páginas con la finalidad de ampliar la información sobre las mismas. Desde entonces más de setenta vídeos de canciones están enlazados cubriendo los más diversos estilos en el CANCIONERO TORERO. Si los pasodobles ocupan la mayor parte del espacio, pues es la música taurina por excelencia y suenan en todos los festejos, no le van a la zaga la coplas o el flamenco en sus diferentes palos que, en un tiempo no muy lejano, se ocupaban frecuentemente del tema de los toros. Pero no solo a estos estilos se circunscribe la música taurina: la canción mexicana en sus diferentes formas, el vals peruano, el fado, la jota, el folk, el rock, el pop, la música clásica, la ópera o el jazz -como en la entrada más reciente del mismo, con el tema "El Viti, the matador", que Duke Ellington dedicó a Santiago Martín "El Viti" y que interpreta con su Orquesta- se han ocupado de mundo de los toros y por ello tienen cabida en este espacio dedicado a la música taurina. La cosecha de este año no ha sido mala y, poco a poco, seguirá creciendo la lista de títulos archivados. Así que, a todos los aficionados que les guste la música taurina y tengan curiosidad en saber algo sobre las piezas que se van enlazando, les invito a que se pasen por este CANCIONERO TORERO.

martes 27 de septiembre de 2011

BRAVÍO

Toro de la ganadería del excelentísimo señor conde de Santa Coloma, lidiado en la tercera corrida de abono celebrada en Madrid, el 11 de mayo de 1919. “Bravío”, con el número 70 marcado en los costillares, salió al ruedo en segundo lugar. Era negro, con el pelo muy rizoso en la cara, cabeza y cuello. Un poco levantado y abierto de cuerna. No era de gran tamaño, tanto, que en el reconocimiento los veterinarios se opusieron a su lidia. Por casualidad, y contra su costumbre, había acudido el ganadero al reconocimiento y se opuso tan enérgicamente a la determinación de los veterinarios, que amenazó con retirar todos los toros, conforme a los derechos de su contrato, si prevalecía el criterio de los técnicos. Transigieron éstos y se lidió la corrida.

Cuentan que desde su salida mostró “Bravío” una gran bravura, arrancándose en los cinco puyazos que tomó con una alegría y con una voluntad, que entusiasmaban al público, que le ovacionaba en cada una, viéndole recargar, llevando el caballo hasta la misma barrera, apretándole contra ella y no cediendo hasta que, ya caído el picador, no sentía sobre sí clavada la garrocha, y algún capote se le llevaba engañado.

Dicen que le manaba la sangre y le corría por toda la espalda hasta la pezuña y, pronto, se disponía nuevamente al ataque en cuanto le citaban. Siguió con la misma bravura y acometividad en los dos tercios siguientes. Saleri II, su matador, torero hábil y con muchos recursos en su arte, no tuvo los suficientes para dominar a “Bravío” y evitar las protestas del público. Entre ovaciones delirantes se dió la vuelta al ruedo yendo las mulillas al paso, teniendo que saludar repetidas veces el conde de Santa Coloma, que presenciaba la corrida y que fue aclamado.

Pero acudamos a un testigo presencial de la corrida, nada menos que a don Gregorio Corrochano, que estuvo en la vieja plaza de la calle de Alcalá aquel día y en su crónica, aparecida en ABC al día siguiente, escribió:

“… Bravío le llamaba el conocedor. Con el número 70 le marcaron en el herradero. Su piel es lustrosa y negra, con una mancha blanca que le hace bragado. Cabeza y cuello rizados, de un rizado tan simétrico como el astracán. Larga y sedosa cola. Fino de remos. Ni grande ni chico. Desde que sale desafía. Persigue a los toreros hasta que se esconden en la barrera y descarga su furia contra las tablas. Apenas ve avanzar a un picador se arranca sobre él y hombre y caballo ruedan por la arena. Pero en la arrancada hay algo característico de la bravura, de la fiereza. No es lo que vemos frecuentemente, aún tratándose de toros bravos que parece que arremeten por quitarse aquello que se les pone delante y apenas si salen del trote en la acometida. Este toro de Santa Coloma se recrea en su víctima, mira avanzar el caballo y va levantando la cabeza, clava su mirada en el picador, como si distinguiera cuál es el enemigo y así espera, cada vez más altanero, cada vez más orgulloso, seguro de su empuje y de su victoria. Se afirma en los cuartos traseros y se precipita rápido, imponente, soberbio. Y en un pequeño sector de la plaza, entre los tercios del 2 y del 3, el toro hace toda la pelea: entra las cinco veces que le citan, las cinco derriba con fiereza y mata cuatro caballos. Ni una vez le pican en el rizoso morrillo. Acaso los picadores no quieran manchar de sangre aquella parte tan bonita. Pero los cinco puyazos, traseros y bajos, no bastan para acobardar ni descomponer a tan bravo animal.
     Hasta última hora, hasta que cayó muerto en medio del ruedo, se mantuvo el toro sin dar señales de agotamiento, siempre bravo, siempre noble, siempre franco. Era todo un carácter. He dicho que murió en el medio del ruedo. No lo he dicho solamente como detalle descriptivo, sino porque expresa de una manera precisa y gráfica lo que fué el toro. Llegó a las tablas en los primeros capotazos, cuando su codicia buscaba al torero que se escondía, pero ni una sola vez busco las tablas para defenderse; peleó siempre en el tercio o en los medios, y allí murió. Un toro de este estilo, de esta alegría, tan bravo y tan completo, sale uno cada temporada, y ahí muchas temporadas que no salen. 
     El público, que aplaudió la manera de arrancarse el toro en cada puyazo, y que siguió con entusiasmo toda la lidia y hasta cuidó que no lo marearan a capotazos -¡si hicieran esto siempre!- obligó a los mulilleros a que dieran la vuelta al ruedo, como homenaje póstumo a aquél toro de bandera.
     Bravío, el conocedor que te puso este nombre, bien te conocía...”

lunes 25 de julio de 2011

EL PODER PERDIDO DEL TORO DE LIDIA

La característica más destacable en cuantas corridas de toros y novilladas se dan en los últimos años es la total falta de poder del ganado bravo, tanto entre los toros, como entre lo novillos que se lidian en plazas de primera, segunda o tercera. "Cuidar" es la palabra más usada en los tiempos actuales, tanto en boca de críticos especializados y locutores, como entre los aficionados. "Cuidar" al toro para que no se derrumbe si se le obliga demasiado en las faenas de la lidia y que "dure" -otra palabreja de moda- en la faena de muleta. Es la obsesión de los taurinos (matador, subalternos, picadores, apoderado, ayudas y demás gente que pulula cerca de la cuadrilla) en todos los festejos: "cuidar al toro para que dure", pues, con el tipo de toro que han dispuesto para esta fiesta que tratan de imponer, es lo único que se puede hacer: "cuidarlo para que dure". El poder del toro de lidia es el principal sacrificado por parte de los profesionales de este negocio, y ese poder se puede minar de muchas formas. Todas las defensas que pueda tener un toro, por más aparatosas que sean, o las malas intenciones que pueda desarrollar a lo largo de la lidia, no tienen demasiada importancia si el motor que hace que el toro se mueva, se defienda y las utilice en su ataque, no funciona. Sin poder el toro no es nada y su juego, en vez de emoción, produce pena. Siempre se ha dicho que las cornadas fuertes se dan con los cuartos traseros, en donde radica la fuerza y el poder de un toro sano. Si al toro hay que cuidarlo, en vez de cuidarse de él, la Fiesta se convierte en otra cosa que se aleja cada vez de su sentido principal. Esto, por desgracia, ya esta ocurriendo desde hace muchos años. Viendo el resultado de los festejos que se llevan celebrados hasta el momento, cuando ya nos encontramos a mitad de temporada y han tenido lugar las ferias más importantes, en donde se puede deducir que, en su inmensa mayoría, la invalidez y la falta de fuerzas, en definitiva, la falta de poder de los toros y novillos que se han lidiado en todas las plazas ha sido la característica más destacada. Reflexionando sobre estas cosas del "poder" perdido del toro de lidia, me ha venido a la memoria algo de lo escrito por R. Abarquero Durango, hacia mitad del pasado siglo, en su libro "EL TORO INVÁLIDO - AFEITADO Y CAÍDA DE LOS TOROS", que habla de algunas de las posibles causas por las que los toros, cuando salen al ruedo, no dispongan de todo su poder. El capítulo que habla de esto lleva por título:

EL TORO INVALIDO EN LA PLAZA Y SUS CAUSAS 

"El toro vive en el campo pisando una alfombra de pasto y mantillo (como merece tal señor). Las defensas auténticas no están en las defensas visibles. Las primeras son el motor impulsivo del animal, con su complicada combustión sanguínea, que aporta la potencia que ha de servir a las segundas para que, por su contacto violento, se produzcan las lesiones en el objeto que acometa el toro.
Las corridas se celebran ahora en el tránsito de la tarde a la noche y terminan hasta con  luz artificial. Es decir, en la PENUMBRA.
De esto, cualquier aficionado se da cuenta; pero de lo que no se da cuenta es que la lidia del toro se celebra también en la PENUMBRA de lo FISIOLOGICO y de lo PATOLOGICO por la disminución de las defensas auténticas. Por eso vamos a dar un repaso, en relación con la presentación de los toros y sus condiciones, pues de esta manera se verá cómo no es lo mismo torear lo que se cría en los prados que lo que sale de los chiqueros. Muchos de los toros, cuando salen a la plaza, lo hacen con sus defensas menguadas, limitando sus facultades, que es tanto como limitar su bravura.
MANIOBRAS FISICA
EXTREMIDADES SENSIBLES.- De todos es sabido que el toro vive en el prado pisando en una alfombra de pasto y mantillo (como merece tal señor), pero cuando ha llegado su hora (su hora de calvario), antes era llevado poco a poco por las veredas, con sus descansaderos, que le servían de entrenamiento, ya que su martirio no empezaba hasta la salida al ruedo.
Pero un día se le ocurrió a un ingenioso mayoral de la plaza de Madrid hacer un cajón para su transporte. La idea fue buena, pero luego se ha convertido en una CHECA de martirio, empezando su calvario desde el momento que le meten.
No voy a describir muchas cosas de las que ustedes conocen. Sólo diré que la alfombra de la CHECA no tiene el piso igualado, ni tampoco nivelado, por cuyo motivo el toro no sabe dónde apoyarse.
Los cuadrúpedos, dada su estabilidad, descansan cómodamente sobre sus extremidades, ya que suelen echarse pocas veces y lo hacen en posición externo-costal, casi únicamente para rumiar.
¿Qué tiempo descansará y rumiará un toro que se pasa varios días de viaje en el cajón preparado para todo, menos para descansar y rumiar?
EXTREMIDADES SEMIANQUILOSADAS.- Articulación que no funciona se anquilosa. Los toros, después de varios días de viaje en el cajón, sin modificar su estabilidad, tienen gran dificultad en el movimiento de sus extremidades.
Si su lidia se aplaza unos días, aún puede recuperarse, pero si van del cajón al callejón y de éste a la plaza, la recuperación no tiene lugar.
Cualquier aficionado que haya presenciado el desencajonamiento en la plaza de
Valencia, por los movimientos de los toros se podía dar idea del tiempo que llevaban unos y otros encajonados.
GOLPE DE CALOR.- Los animales encajonados no están ajenos a los efectos del calor, por el espacio tan reducido y por la época en que se celebran las corridas.
Si a esto agregamos que no se les suministra el agua y que las jaulas permanecen al sol (algunas veces), los efectos dejan sus huellas en el animal.
Bastaría ver la frecuencia respiratoria y del pulso para comprobar cuanto digo, que, con la sed y el hambre, dan lugar a un agotamiento fisiológico digno de tenerlo en cuenta.
MANIOBRAS FISIOLÓGICAS
El ayuno, o sea, la privación de alimento, incluso del agua, mengua las facultades del toro, y si se prolonga conduce a la muerte.
No hace falta tanto, con que queden en la PENUMBRA de lo fisiológico y de lo patológico nos valen.
Los carnívoros resisten mejor el ayuno que los herbívoros Los primeros tienen que buscar la presa y los segundos, salvo condiciones especiales, siempre la tienen. La Naturaleza lo prevée todo.
SED, HAMBRE DE AGUA: HAMBRE DE SAL
Nada más ver los títulos, cualquier aficionado, no sólo por lo que ha oído, sino porque él también las ha padecido, se da una idea clara de los resultados, combinando hábilmente en exceso una y otra de las dos necesidades que tiene el organismo animal.
Al dar la sal a un animal se le provoca un hambre de agua.
De todos es sabido que la sed es peor tolerada que el hambre, con sus consiguientes molestias; pero las más interesantes son: la angustia y la ansiedad, que también limitan las facultades del toro.
Supongamos que le dan agua en cantidad como para matarle la sed.
A primera vista, todo arreglado. Sí, sí. Arreglado para descansar, pues con la cantidad de agua injerida no recupera todas sus facultades al momento.
PURGA. Aquí sí que estamos todos fuertes por experiencia propia y todos hemos quedado para el arrastre. Eso le pasa al toro antes de lidiarle.
MANIOBRAS TRAUMATICAS
SACO.- El lanzamiento del saco es una maniobra contundente que tiene la ventaja dé producir lesiones más arriba de las extremidades, por lo cual se caen los toros sin saber de qué pata cojean.
DE LA BRAVURA A LA TIMIDEZ, CON SOLO UN TRAUMATISMO ATENUADO: LA SUJECION DEL TORO
Es tal vez lo más interesante de cuanto vamos a decir :
Antes, el toro iba del ganadero a la Empresa, sin haberlo visto muchas veces ésta y rara vez el apoderado o el torero. Pero... ¡ahora te quiero yo ver! Nos ha salido este último de intermediario y de enlace, ¡que ya te puedes preparar!
¡Dichosos intermediarios! En todos los sitios nos los encontramos con sus dos caras corrosivas. Una para el toro y la otra para el público (a quien afeita el bolsillo).
¡Señores! ¿Será una enfermedad social y mundial la INTERMEDIOCRACIA? ¡Pchsss!... Lo será.
De todos es sabido que el toro no pasa por la domesticidad para ser lidiado. Lo hace del estado salvaje a la plaza.
Si este animal ha conservado su personalidad psíquica en estado natural, sin contacto con nadie, cabe también suponer que no consentirá que nadie le pise el terreno, y cuando algún intruso (apoderado) lo haga será a costa de deshacer su unidad físico-psicológica: unidad indispensable para mantener en alto el pabellón de la bravura.
A poco contacto que se haya tenido con los animales, aunque no sea el toro de lidia habrá podido observar que, con sólo sujetar a un animal (por personas, trabones, sogas, etc.), se produce UN COMPLEJO DE INFERIORIDAD, con lo cual el animal, después de forcejear varias veces y verse vencido, queda sumido en la inmovilidad más sorprendente. Algunas veces el animal se deja hacer toda clase de maniobras, incluso operaciones quirúrgicas, fuego con fines terapéuticos o de marcaje, sin intentar el forcejeo siquiera.
Este traumatismo psíquico, producido sólo por la SUJECION, deja una huella tan grande en su voluntad que habrás que empujarle para levantarse. No tengo qué decirles cómo habrá quedado el toro después de las lesiones en las articulaciones, músculos y ligamentos, acompañado de la desintegración de su personalidad salvaje. Después de esto se habrán dado cuenta de lo que es un afeitado sin sierra y sin lima."

viernes 1 de julio de 2011

GILA TORERO POR UN DÍA

El gran humorista Miguel Gila, de cuya muerte se cumplirán 10 años el próximo 14 de julio, confiesa en sus memorias para desmemoriados, "Y entonces nací yo", que no le gustaban los toros, que ha pesar de haber tenido muchos amigos toreros, nunca se había sentido atraído por el arte del toreo, ni como espectador, ni como practicante. En este libro cuenta alguna anécdota relacionada con este mundillo, de sus encuentros con toreros, de su participación en la Monumental de México en un festival benéfico con diversos cantantes mexicanos y con "Cantinflas", que acostumbraba a torear en estos eventos y le invitó a torear, ante los 50.000 espectadores que llenaban los tendidos, pero prefirió cambiar la muleta por un micro y contar un monólogo desde el centro del ruedo, o de sus visitas a la ganadería de los Cembrano, en tierras extremeñas, y de las bromas que ha estos ganaderos les gustaba gastar a sus invitados. Pero sobre todo se extiende en la narración de lo sucedido en Segovia, pues a requerimiento de su representante, y acuciado por las deudas, firmó un contrato, para participar en un festival taurino en la ciudad castellana. Esto ocurrió después de regresar de México y Cuba, en donde pasó buena parte del año 1959 haciendo actuaciones en salas de fiesta, radio y televisión. Pero su incursión en el "Arte de Cúchares", siendo torero por un día, mejor que nos la cuente el propio Gila:

"El primer contrato que me consiguió Luis Méndez fue en una sala llamada El Biombo Chino. Era el año sesenta y aquel trabajo empezó a resolver de alguna manera mis necesidades económicas. Miguel, el dueño de El Biombo Chino, era muy aficionado a los toros, incluso había sido novillero. Un día me propuso torear un becerro en Segovia. Me pagarían cincuenta mil pesetas. A pesar de mi amistad con los toreros y de haber pasado algunos días en la finca de los Cembrano, yo no tenía ni la menor idea de lo que era torear. Me convencieron de que la cosa era muy sencilla, que me echarían un becerro de sesenta kilos, que aunque me diera un revolcón no pasaría nada grave. Así, con esas observaciones y pensando en conseguir cincuenta mil pesetas, me presté a torear, pero se hacía necesario tener algún conocimiento de tauromaquia. Me llevaron a una finca cerca de El Escorial, me dieron un capote y durante varios días estuve ensayando con un becerrito el arte taurino. Y llegó el día de la corrida en la plaza de toros de Segovia. 
Me había alquilado un traje de luces, un capote de paseo y en el Citroen de Luis Méndez llegamos a Segovia, donde me esperaba la afición. En aquella becerrada toreaban también El Bombero Torero y su cuadrilla. Yo sería el espectáculo. Tenía un ayudante, de nombre Santitos, un personaje conocido en todo Madrid, que había sido “chorizo” y que cuando le preguntaban cuánto tiempo había estado en la cárcel, él preguntaba: “¿En qué país?” Conocía las cárceles de Francia, de Alemania, de Italia y las de España. Hablaba francés, italiano y alemán. Había sido chófer de Laso de la Vega y peón de confianza de algunos toreros, era bajito, barbilampiño y sordo, siempre con gorra de visera y hablaba en caló. Cuando me traía en un papel la cuenta de lo que había gastado se podía leer: “Trujas 12 calas. Roda para ir a por los trujas 23 calas. Tralla del peluco 28 calas”. Y así con su manejo del caló me entregaba las cuentas. Cuando se enteró de que yo iba a torear se llevó una de las mayores alegrías de su vida. Tenía un gran respeto por todo lo que tuviera que ver con la fiesta de los toros. Cuando llegamos a Segovia nos alojaron en un hotel, y Santitos, tal como mandan los cánones taurinos, cuando terminamos de comer me dijo:
–Maestro, tírese en la cama y duerma una siesta. ¿A qué hora le llamo? Le pregunté:
–¿A qué hora empieza la corrida?
–A las cinco.
–Muy bien. Despiértame a las siete.
  Y se fue. Volvió de inmediato.
–Maestro, si la corrida empieza a las cinco, ¿cómo le voy a despertar a las siete?
–Porque a las siete ya habrá terminado la corrida.
Santitos quedó desconcertado con mi respuesta. Era tan devoto de la fiesta taurina que no entendía mi humor.
–Está bien, despiértame a las cuatro.
–De acuerdo, maestro.
Ya me llamaba maestro como si yo fuese Antonio Bienvenida.
Y llegó la hora de ponerme el traje de luces. Yo, que conocía esa devoción de Santitos por la tauromaquia, de manera intencionada, le cambiaba el nombre a todas las prendas de mi traje de torear. Santitos se emberrinchinaba cuando a la taleguilla la llamaba la cazadora, a las medias los calcetines rosa, a la montera el gorro y a las zapatillas las alpargatas de torero. Se ponía furioso y me rectificaba: La taleguilla, maestro; las medias, maestro; la montera, maestro. Finalmente terminé de vestirme. El Citroen de Luis Méndez tenía en la parte trasera uno de esos asientos que llamaban ahí te pudras, y sentado en ese asiento, de manera que me viese el público, llegamos a la plaza de toros y entramos.
 Había un ambiente como si se tratara de un mano a mano entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín.
Mi salida con el resto de los que iban a participar en la lidia, acompañada de un pasodoble, levantó el aplauso de toda aquella gente que llenaba la plaza. Me situé detrás de la barrera. Sonó el clarín, se abrió una puerta y apareció el becerro. El Bombero Torero y su cuadrilla hacían con aquel becerro cosas insólitas, desde saltar por encima cuando les embestía, a darle agua con un botijo. Viendo aquello y escuchando las carcajadas del público y los constantes olés, empecé a pensar qué haría yo para estar gracioso. Llegué al convencimiento de que lo único que me podía salvar era la palabra, pedí un micrófono y desde un burladero hice un comentario divertido sobre lo que iba a hacer con el becerro. Cuando terminaron su faena los de El Bombero Torero me tocó salir. El becerro tenía un solo cuerno, el derecho, pero a mí me daba la impresión de que tenía los dos, pero que alguien había empujado el de la izquierda para que le saliera por el lado derecho un solo cuerno, largo y afilado. Hubiera dado cualquier cosa por deshacerme de aquel compromiso, pero la cosa estaba firmada, la plaza llena y no había forma de evadirme, así que con la cara de color verde aceituna y un tremendo cagazo me lancé al ruedo. Extendí el capote como había visto hacer a los grandes toreros y grité: ¡Eh, toro! El becerro me miró como diciendo: Qué mierda querrá este gilipollas Tomó carrerilla, se vino hacia mí, y aunque alargué el brazo como mandan los cánones taurinos, me golpeó en la mano con la testuz. A punto estuvo de que la mano se me desprendiera del brazo. Sentí un dolor tan fuerte que me dieron ganas de tirar el capote y ponerme a llorar, pero en la plaza se escuchó un olé colectivo y eso me animó a seguir en pie. Por segunda vez dije, ya muy crecido: ¡Eh, toro! Y otra vez el becerro que me miró. Esta vez como pensando: Pero otra vez este gilipollas, y de nuevo emprendió una carrera hacia mí. Tuve tiempo de levantar el capote y le di un pase y otro y otro y dos más y el de pecho, la gente aplaudía entusiasmada. Yo esperaba que después de aquella faena saliera un picador y acabara con el becerro, pero aquello era sin picadores. Me acerqué a la barrera y Santitos me cambió el capote por la muleta y una espada. Como hacía algo de viento, Santitos mojó el pequeño capote rojo con agua del botijo. Aquel trapo rojo con un palo que en la punta tenía un clavo afilado y un estoque de madera, debía pesar como doce kilos. Por más esfuerzos que hacía para levantar aquello no lo conseguía, lo tenía pegado al cuerpo, y cada intento duraba unos segundos. El becerro debió adivinar mi dificultad para sujetar aquellas cosas, creo que hasta vi en sus ojos una sonrisa como si pensara: Te vas a enterar; tomó carrera y se vino hacia mí, creo que con exceso de velocidad. ¿Cómo pasó junto a mí? Ni lo sé. Cerré los ojos y sentí el aire desplazado por su pasada, la repitió y una de dos, o sentía compasión por mí o tenía mal sentido de la orientación, porque milagrosamente no me llevó por delante. La gente entre divertida y emocionada, más divertida que emocionada, aplaudía y gritaba olés. Santitos me dijo desde la barrera: Vamos maestro, acabe la faena y me cambió el estoque de madera por uno de verdad. Ya me habían explicado dónde tenía que clavar el estoque, pero sólo en teoría. Cuando me disponía a matar, vi en las primeras filas del tendido un aficionado con ganas de saltar al ruedo. Tenía en la mano un bocadillo. Le grité:
–Te cambio el bocadillo por el estoque. 
Y entusiasmado saltó al ruedo, le di el estoque, él me dio el bocadillo y mientras me lo comía, él se encargó de matar al becerro. Tal vez el público pensó que aquello estaba preparado, el caso es que nos salió bien y fuimos muy aplaudidos. Lo peor vino después. Llegamos a Madrid a la hora en que yo tenía que empezar mi actuación en El Biombo Chino. Méndez no encontraba un hueco donde aparcar y finalmente tuvimos que dejar el coche en la calle de Princesa. Tuve que ir corriendo desde Princesa, cruzar la plaza de España, subir por la Gran Vía y entrar en Isabel la Católica, donde estaba El Biombo Chino, con el asombro de la gente que no podía imaginar qué hacía un torero corriendo por la Gran Vía. Miraban hacia atrás, tal vez pensando que me seguía un toro o la Guardia Civil. No me dio tiempo a cambiarme de ropa, así que sobre la marcha  me tuve que inventar un monólogo taurino. La gente se divirtió mucho con aquel monólogo y yo salí bien parado del trance. Compré un traje de torero y un capote de paseo y seguí haciendo aquel monólogo que a la gente le había divertido tanto. Años después, cuando estaba rodando con Fernando Fernán Gómez en Barcelona ¿Dónde pongo este muerto?, una noche que estábamos en la estación de Francia, había entre la gente que nos rodeaba un muchacho joven. No llevaba abrigo y le castañeteaban los dientes de frío. Por su rostro adiviné que era mexicano. 
–¿Eres mexicano? 
–Sí, señor. De Yucatán. 
La noticia había sido publicada en los periódicos, y me dije: Dos jóvenes han viajado de polizones desde Venezuela hasta Madrid, ocultos en el tren de aterrizaje de un avión de pasajeros, uno de ellos ha muerto, éste es el que ha sobrevivido. Uní mi amor por México con mi tristeza por aquel muchacho que no dejaba de tiritar. Le invité a comer algo en el bar de la estación, se comió tres bocadillos, pero no dejaba de tiritar, se me ocurrió una idea. Le dije al hombre de la barra que le pusiera un carajillo doble. 
–¡Tómate esto! Estaba caliente, pero se lo volcó de un trago y se le acabó la tiritona. 
–¿Cómo estás? 
–¡Ora sí, ya ni frío siento! Me hizo bien el sacachismes ese que me dio.
Después hablamos, le pregunté con qué intención había venido a España. Me dijo que quería ser torero, que lo hacía bien y esperaba una oportunidad. No tenía dónde dormir. Tal vez porque yo había vivido una experiencia parecida cuando en 1951 llegué a Madrid, le llevé a una pensión y le dejé allí con el encargo de que la cuenta me la pasaran a mí. Le compré varios números de El Ruedo, le regalé algo de ropa, le di una carta para los Cembrano y le saqué un billete de tren para Mérida. Al año siguiente recibí un pequeño cartel de toros donde, junto a otros dos novilleros, venía anunciado "El Tigre de Yucatán", y con el pequeño cartel de la novillada una carta hermosa, en la que me daba las gracias por lo que había hecho por él y donde decía que le pedía a la Virgen de Guadalupe me diera salud y mucha suerte. Nunca volví a saber nada de "El Tigre de Yucatán". 
El capote de paseo se lo regalé a Manolo Montolíu, gran persona, con el que coincidí en algunas ocasiones y sin lugar a dudas uno de los mejores banderilleros. Murió en Sevilla de una cornada en el corazón."

jueves 30 de junio de 2011

LOS MARGINADOS DEL G-10, LA GRAN MAYORÍA... CALLAN

La temporada va como se suponía. Los taurinos, con lo que se ha dado en denominar el G-10 a la cabeza, que no son otros que los que cortan el bacalao y se lo llevan crudo -los “figuras” del momento y sus mentores- decidieron al final de la pasada temporada, con la excusa y el acicate del traspaso de los toros al Ministerio de Cultura, que la fiesta debía resurgir en base a la propaganda y el triunfalismo más desaforando. Conscientes de que los aficionados, aburridos, cada vez son menos en los tendidos y, por lo tanto, es menor su influencia, e imbuidos por la convicción de que los que acuden a las corridas de toros son espectadores ocasionales que ni entienden ni les interesa comprender la riqueza de la fiesta de los toros y juzgan lo sucedido en el ruedo por los resultados -orejas cortadas, salidas a hombros e indultos de toros a porrillo- decidieron que había que dar una vuelta más a la tuerca y rebajar todavía más la condición del toro. En esas estamos. Solo hace falta echar a una ojeada a las fotos que circulan por Internet de los animales -porque ya no se les puede llamar toros- que les sueltan por todas las plazas, que son casi todas, por las que pasan. La crisis de público en los tendidos, que empieza a ser alarmante y más que preocupante, debían pensar que se solucionaría con esos ingredientes, publicidad y triunfalismo, pero parece ser que ese diagnostico no fue el correcto y su estrategia esta cosechando el más grande de los fracasos porque cada vez es más el cemento que se ve en las plazas de toros.

No se hasta cuando seguirán manteniendo esta estrategia que se ha mostrado totalmente equivocada, pero no puede ser por mucho tiempo pues no se puede aguantar demasiado perdiendo dinero. El espectáculo que se ofrece es pobre, monótono, aburrido y con fundadas sospechas de manipulación fraudulenta. Ha sido despojado de su mayor valor, el de la emoción, como consecuencia de la desvirtualización que ha sufrido el toro de lidia y, sin el toro en toda su integridad, con poder y con todo su peligro, poco de lo que se haga ante el sucedáneo que hacen pasar por toro, tiene importancia y, en consecuencia, no tiene sentido ni valor el triunfalismo que se pretende propagar. Es mentira, y hasta los profanos que pueblan los tendidos, cada vez menos, se dan cuenta. Los espectadores ocasionales, que acuden a las plazas porque son las fiestas de su localidad, no le dan importancia a lo que sucede en el ruedo, porque no la tiene, y se olvidan de los visto nada más que salen de las mismas, de esa forma los triunfos conseguidos de poco valen. Por lo tanto, si no se rectifica esta estrategia y se vuelve a la verdad, poco es el futuro que le queda a esta fiesta que nada tiene que ver con la auténtica Fiesta de los Toros.

Pero lo que no entiendo es que, en estos tiempos de revueltas populares, los marginados del negocio; que son todos los toreros menos los 10 que cortan el bacalao; los empresarios modestos, que se tienen que plegar a las condiciones de los 10 y que, irremediablemente, tienen que perder dinero o mangonear para sobrevivir; y los ganaderos que ven como sus toros se los tienen que comer con patatas porque los 10, salvo los de las ganaderías que exigen, no quieren verlos ni en pintura; están condenados sin remedio -toreros, empresarios y ganaderos ajenos al circulo de los 10- a la bancarrota más absoluta si las cosas siguen por el curso que llevan. En esta situación no entiendo porque no muestren su indignación, porque no se revelan contra este sistema controlado por tan pocos que tan poco les dejan para repartir y que están convirtiendo esta fiesta, de la que siempre han vivido muchos, en un coto privado y exclusivo. Ellos, los marginados, son los más perjudicados. Ellos, si no se conforman con las migajas que les dan, tienen la palabra y el poder de dar un vuelco a la situación o, al menos, intentarlo. Los aficionados, aparte de predicar en el desierto, poco podemos hacer. Necesitamos un gesto, alguna iniciativa por parte del colectivo de marginados, que son mayoría apabullante en la profesión, una disposición para recuperar la verdad de la Fiesta, una decisión que nos de argumentos y razones para seguir en la lucha. Puede parecer una quimera embarcarse en una cruzada contra el sistema establecido, puede ser un camino duro, largo y difícil, pero no imposible si se va con la verdad por delante… torres más altas han caído.