“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

miércoles, 11 de julio de 2007

Nuevo debate sobre la torería

Con el nuevo advenimiento de José Tomás al mundo de los mortales se ha abierto entre la prensa taurina, los intelectuales y los aficionados un nuevo debate sobre la “torería” (según el diccionario: maestría, garbo y valor propios del torero). Pongámonos a temblar. Pongámonos a temblar porque cada vez que esto ocurre, el toro sale perdiendo. Examinemos algunos casos.
Ocurrió en los momentos de la competencia entre "Joselito" y Belmonte, lo que se ha dado en llamar la “edad de oro del toreo”, en donde los viejos aficionados y críticos observaron la “irrupción de los fenómenos”, como los denominó F. Blue, con recelo. Denunciaban que su aparición, y el debate generado sobre la “torería” de uno y otro, desembocaron en un empequeñecimiento del ganado, y de esa forma, adaptando el toro al toreo, se facilitó la implantación de una “nueva torería” que traían de la mano los nuevos “fenómenos”.
Ocurrió durante el reinado de “Manolete”, tras la guerra civil, con la cabaña brava diezmada por la contienda y un público necesitado de distracciones que le hicieran olvidar. Un nuevo “fenómeno”, y con él, otro debate sobre la “torería”. De nuevo los aficionados veteranos pusieron el grito en el cielo, nadie les hizo caso. Este nuevo debate nos aportó, y nos dejó para siempre, suertes que habían sido inventadas por el toreo bufo y que a partir de entonces pasaron a formar parte del repertorio de la “nueva torería” (nunca se hubieran imaginado "Charlot" y "Llapisera" que lo que ellos inventaron para hacer reír pasara a formar parte de las suertes tradicionales de la tauromaquia). El toro, como si hubiera sido lavado con agua caliente, volvió a encoger.
Ocurrió con la irrupción de “El Cordobés”, que fue una revolución, no sólo por la “torería revolucionaria” que aportaba el nuevo “fenómeno”, sino también, y sobre todo, por la implantación de un nuevo medio de comunicación, este sí revolucionario de verdad, la televisión, que empezó sus emisiones en esos años. Los viejos aficionados ya no ponían objeciones, simplemente se fueron de las plazas ofendidos por la “nueva torería” que les ofrecía este nuevo “fenómeno”, sus lugares fueron ocupados por miles de espectadores que acudían a ver al personaje, para nada les importaba el toro, pero daban la impresión de saber de toros más que las vacas. Este nuevo “fenómeno” nos dejó la “charlotada” como aportación a la “torería”, ya no la importación de alguna suerte levemente modificada como en la época anterior, no… directamente la “charlotada”. El toro, como se pueden imaginar, fue el que volvió a pagar el pato, pasó a ser insignificante.
Ocurrió con la llegada de José Miguel Arroyo “Joselito”. El toro, después del bache de los años sesenta, se había recuperado un poco, la Fiesta había recobrado pujanza, sobre todo durante las Ferias, y este nuevo “fenómeno” derramaba su “torería” por los ruedos. Andaba, se comportaba de otra forma, recuperaba viejas suertes ya olvidadas, rescataba del aburrimiento a algunos de los viejos aficionados que habían resistido durante los años duros, e ilusionaba a una hornada de jóvenes aficionados que habían llegado a los toros en la década de los ochenta y estaban cansados de los pega-pases del momento. Este nuevo debate sobre la “torería”, por supuesto, también dejó secuelas sobre el toro, esta vez de índole más sofisticada. De acuerdo con los avances de la ciencia veterinaria, se habrían nuevas posibilidades de manipulación, se optó por modificar el toro, sacarlo de tipo, engordarlo, drogarlo, arreglarle los pitones, convertirlo en un mastodonte sin capacidad de movimiento aquejado de lesiones, enfermedades e invalidez (y encima se tuvo la desfachatez, que todavía se sigue manteniendo, de acusar a los aficionados por exigir un toro grande… nosotros… que sólo tenemos derecho a pasar por taquilla). El toro, esta vez más que nunca, seguía perdiendo, porque utilizando los avances que la ciencia se buscaba conseguir otro toro, el toro aparente, que lo parezca pero que no ofrezca peligro.
Como decía al principio, con el advenimiento de José Tomás un nuevo debate sobre la “torería” ha quedado inaugurado. Entre sus partidarios poco se habla de los toros, pero enaltecen cada gesto, cada movimiento, cada mirada, cada pase, cada secuencia de su deambular por el ruedo y, como iluminados por una luz cegadora, son incapaces de ver los defectos, o peor todavía, pueden convertir los defectos de su idolatrado en la base de la “nueva torería”. (Curiosidad histórica: aquel pase que inventara "Llapisera" ha principios del siglo XX, para provocar la risa en su espectáculo de toreo bufo; que "Manolete" convirtió en característico de su repertorio, al que incluso se conoce por su nombre; lo ha convertido José Tomás, a principios del siglo XXI, en pase fundamental de su repertorio).
Me temo que en esta ocasión de los toros ni se hable, porque los toros están empezando a desempeñar un papel secundario en la fiesta, están perdiendo su protagonismo. Los toros son un complemento necesario para la fiesta, pero ya no se valora su comportamiento como antes, ahora se persigue otra cosa, se busca la docilidad; si “colaboran” y facilitan la ejecución de las suertes de la “nueva torería” son alabados (el “toro artista” lo llaman algunos), y en esa dirección animaran a seguir a los ganaderos que quieran vender sus productos; si crean dificultades, o desarrollan peligro, o se comportan de acuerdo con las características que la madre naturaleza les otorgo… no “sirven”, como se dice ahora, serán denigrados, enviados al paredón (el “toro terrorista” le han llegado a llamar algunos), y los ganaderos que los crían, condenados al ostracismo.
Ojalá piense equivocadamente. Ojalá el advenimiento de este nuevo “Mesías”, portavoz y adelantado de esta “nueva torería”, nos conduzca hasta la “tierra prometida” del toreo, con esa esperanza, por remota que sea, quiero terminar esta reflexión. Para ello voy a recurrir al final de la “Carta abierta a don José Gómez Ortega” que en 1912 le escribiera F. Blue a “Joselito”. (Donde pone “Joselito”, póngase José Tomás; donde pone “Gallos”, el nombre de su torero preferido; y a todo esto súmensele 95 años):
“¡Joven Joselito! ¡Fenómeno de los fenómenos! ¡Fenómeno por antonomasia! ¡Asombroso prodigio de la excelsa estirpe de los Gallos! ¡Favorécenos con una inspirada determinación de tu voluntad omnímoda, y conduce a la tauromaquia por el camino de la gloria imperecedera!
Amén.
Con esta oración devotamente rezada, me despido de usted en actitud expectante, y dirigiendo también mis preces al Altísimo para que me dé ocasión de gritarle a diario:
¡viva lo bueno y lo verdadero!
Pero ya lo sabe usted y no lo olvide: ¡¡¡MONAS, NO!!!”

2 comentarios:

Cárdeno dijo...

Ya lo dice bien claro “nuestra” querida “chapa”.

Nada tiene importancia si no hay Toro, por una fiesta justa, No al FRAUDE.

Aunque sigo pensando, con las debidas diferencias…, que nuestro enemigo no es Tomas o Morante.

Salud y suerte.

Cárdeno.

Mariano dijo...

Por supuesto. Pero alrededor de ellos si que se pretenden establecer teorias sobre la "torería" que invariablemente dejan de lado al toro.
¿Será casualidad?