“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

miércoles, 30 de mayo de 2007

La diferencia

La diferencia entre la novillada de Bucaré en Zaragoza, 27 de mayo, y la de la Quinta en Madrid, 28 de mayo, estribó en que en la segunda hubo un novillero que sabía lo que tenía entre manos.
Eran novillos primos hermanos, con la misma edad, tres años y medio, y con dificultades parecidas, la de Zaragoza mejor presentada, más en tipo de lo que tenía que ser, la de Madrid más desigual, y en ambas hubo novillos para torear. En Zaragoza fueron aplaudidos los seis de salida, y cuatro de ellos en el arrastre, en la de Madrid, tres fueron aplaudidos en su viaje hacia el desolladero.
De la novillada de Bucaré en Zaragoza salí con un sabor agridulce, con la sensación de que algo más se podía haber hecho, de la de la Quinta en Madrid, con la idea clara de que, efectivamente, algo más se podía haber hecho en la de Zaragoza que hubiera corregido ese sabor agridulce.
La diferencia es que en la de Madrid, un novillero, José María Lázaro, salio dispuesto y sabiendo como tratar a los novillos a los que se tenía que enfrentar. Desde el primer momento en que cogió la muleta sabía que si algo quería conseguir debía de torear por bajo, y ya en el primer muletazo obligó tanto al novillo que lo tiró al suelo. A partir de ese momento, por la derecha, lo toreo con la mano baja y dejándole la muleta puesta para poder ligar el siguiente muletazo, y así consiguió varias tandas ligadas y emocionantes. Intentó torearlo por la izquierda y el novillo le puso los pitones por dos veces en el cuello, pero tuvo la suficiente clarividencia para, con el recurso de un afarolado, cambiarse al toro de mano y darle el pase de pecho por la derecha. Después de ese incidente volvió a la mano derecha y consiguió otro par de tandas aceptables. El novillo estaba toreado y la afición contenta, luego falló con la espada y el triunfo fue menor. En el sexto, que manseaba y tendía a irse hacia chiqueros, consiguió volver a meterlo en la muleta y ligar varias buenas tandas de muletazos, a este lo mató mejor y consiguió una oreja. En mi opinión, una oreja a los puntos.
La diferencia estuvo en que Zaragoza ninguno de los tres novilleros supo como meter mano a la novillada, a ninguno se le ocurrió bajarles la mano, y ninguno de los tres pudieron con ellos y fueron desarbolados, y eso me produjo ese sabor agridulce que todavía me dura.
P.D.: El lunes me llegó la noticia que el tercer novillero, Javier Rojas, de la terna de la novillada de Bucaré en Zaragoza, al que se le fue vivo el novillo con el que debutaba como novillero con picadores, se había cortado la coleta esa misma tarde.
No creo que toda la culpa fuera suya, se le vieron detalles, se llevó al primer novillo a los medios con pases por bajo y dominadores, tuvo un par de trincherazos de nota, y ... no supo como seguir, esta verde con el estoque, como cualquier novillero que empieza, dejo media estocada, el novillo se echó y lo levanto el puntillero, durante cinco minutos estuvieron caminando al hilo de las tablas novillero, subalternos y novillo sin que nadie se molestara en sacarle el estoque para volver a realizar la suerte, y... sonó el tercer aviso.
A un novillero que empieza hay que ayudarle a resolver los problemas, y la novillada de Bucaré los tenía, y más para un principiante.

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