“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

lunes, 28 de enero de 2008

El Relicario

El nacimiento y estreno de esta canción, uno de los primeros y mayores éxitos, si no el que más, de las canciones taurinas, fue rocambolesco y curioso. La compusieron, en el año 1914, José Padilla, la música, y Armando Oliveros en compañía de José Castellví, la letra. Su génesis se debe a una curiosa apuesta.

Ese año había sido pródigo para el almeriense José Padilla, reconocido aficionado a los toros, pues había estrenado “La Violetera”, su mayor y más internacional. Estando en Barcelona, en compañía de los mencionados autores de la letra, amigos y aficionados igualmente, y soportando las bromas que recibía sobre el tiempo que invertía en componer un pasodoble, se le ocurrió retarlos a que si ellos le entregaban una letra en unas pocas horas, él le pondría la música adecuada a la mayor brevedad. Ganó la apuesta, la canción que surgió de este reto fue de la que se ocupa esta entrada, “El Relicario”.

Pero no acabo aquí su atribulado nacimiento. Una vez creada la composición había que estrenarla. Por aquella época existía la costumbre de que los autores de reconocido prestigio cedieran la exclusiva del estreno de sus obras a los interpretes que pagaran una cantidad estipulada, solía ser de quinientas pesetas, de las de entonces, unos tres euros de hoy en día. La cupletista que tuvo el honor de estrenar esta canción, después de pasar por taquilla, se llamaba Mary Foncela, la presento en el “Edén Concert” de Barcelona, pero no produjo ni frío ni calor. Días después, no tuvo reparos el maestro Padilla en ofrecerle el estreno a otra cupletista, por supuesto, tras satisfacer la cifra acordada, Carmen Flores, a la que ya conocía por haber sido quien estrenó “La Violetera”, pero tampoco caló en el respetable su interpretación de la extremeña. Aún tuvo lugar un tercer estreno, con la consiguiente retribución al autor, por parte de Blanquita Suárez, donostiarra de nacimiento, que había debutado con quince años en “Eldorado”, situado en la plaza de Cataluña de la Ciudad Condal, pero “El Relicario” seguía sin encontrar su intérprete.

Pero ocurrió una coincidencia, cosas de la vida, que significaría para esta canción su consagración definitiva. En el escenario del mencionado “Eldorado” barcelonés, una cantante lírica, Conchita Ulía, cantó “El Relicario”, aquella noche, entre los asistentes al espectáculo se encontraba Raquel Meller, le gustó la canción, pero no la interpretación, mostraba su disgusto y aducía que la pieza había sido cantada con demasiada frivolidad. Habló con el maestro Padilla e ideo una puesta en escena totalmente diferente. Vestida de negro, con traje de encaje, mantilla sobre los hombros y un ramo de claveles en el pecho, dramatizó la letra y enfatizo el momento del estribillo en que se produce la muerte del torero. Fue un éxito arrollador, grabó la canción y el disco fue récord de ventas en España y otros países, en la época del fonógrafo, no lo olvidemos. Tan sólo en Francia se vendieron más de cien mil copias.

Desde entonces, ha sido muy grande la repercusión de esta canción en todo el mundo, y muchas las versiones que se han hecho, a destacar, por su popularidad y dramatismo, la que interpreta Sara Montiel en la película “El último culpé”, en donde sale a escena con ropas similares a las utilizadas por la Meller en su creación primera.

Raquel Meller, cuyo nombre verdadero era Francisca Marqués López, era natural de Tarazona de Aragón, en donde había nacido el 9 de marzo de 1888. Hija de Telesforo Marqués, herrero de profesión y apodado “El Cojo de la Venta”, y de Isabel López. Acuciados por las estrecheces económicas, la familia emigró a Barcelona, ciudad en pleno crecimiento hacia finales del siglo XIX. Estuvo al cuidado de una tía monja, pero no gustándole el porvenir que se le presentaba si seguía los consejos de su tía, volvió con su familia, en donde ya eran siete hermanos, y se puso a trabajar de modistilla.

Trabajaba en un taller del centro de Barcelona y no paraba de cantar mientras realizaba su trabajo, por allí solía pasar una artista de varietés, Marta Oliver, que la había oído cantar, admiraba su belleza y sabia de sus penurias económicas. Le propuso debutar en el cabaret “La gran peña”, y eso ocurrió en 1907 con el nombre de “La Bella Raquel”. A partir de ese momento empezaba una carrera que la llevaría hasta la cúspide de su profesión, pronto cambio su nombre por el de Raquel Meller, cuando su notoriedad fue creciendo, de las varietés se pasó al cuplé, más decente y adecuado para todos los públicos, que en aquella época era el género de moda. Se presento en septiembre de 1911 en el “Arnau” y se convirtió en la cupletista más admirada del país. Su fama se fue acrecentando sin parar, incluso fuera de nuestras fronteras, en 1919 decidió marcharse a París, capital del mundo en esa época, y allí, en el “Teatro Olympia”, se consagró y comenzó su imparable éxito internacional que la llevó a ser considera la cantante más famosa de su tiempo.

El auge de este género musical se marchitó, y la estrella de nuestra cantante también, con el comienzo de la IIª Guerra Mundial, pero, porque además se haría interminable esta entrada, no vamos a entrar en el detalle de la vida y milagros de la, posiblemente, española más internacional de todos los tiempos, incluso el “Time” neoyorquino le dedicó una portada en 1926. Para eso ya existe el libro “Raquel Meller y su tiempo”, escrito por Javier Barreiro y editado en Zaragoza por el Gobierno de Aragón en 1992, o el disco-libro “Siete cupletistas de Aragón”, de donde he sacado parte de la información de este artículo, editado por “Prames”, en la que el mismo autor se ocupa de la parte literaria. Tan sólo, como somera orientación, anotar algunos de los hombres y mujeres, de todo tipo de clase y condición, la flor y nata de aquellos locos años veinte, con los que se codeaba, de tú a tú, la cupletista aragonesa: Carlos Gardel, Maurice Chevalier, Josephine Baker, Charles Chaplin, que la quiso fichar para el cine, el Príncipe de Gales, los reyes de Suecia, Benlliure, Galdós, los Álvarez Quintero, María Guerrero, Rodolfo Valentino, Manuel Machado, el conde de Romanones, Cecil B. de Mille, Sarah Bernhardt, Benavente, Huxley, Joaquín Sorolla se enamoró de ella y le hizo un retrato, tuvo palacios en París, viajó con vías ferroviarias libres, tres cocineros y cientos de baúles, visito personalmente al Papa Pío XI, le cocinó una paella a Alfonso XIII, decoraban su casa cuadros de Picasso, Rendir, Matisse, Toulouse-Lautrec, Carrère, Rodin, tuvo un piano que había sido de Mozart… Casi todo lo perdió con la IIª Guerra Mundial. Aún entonces, y ya con 52 años, contrajo matrimonio con el empresario del casino de Montecarlo, el judio-francés Edmond Sayac. No le duro mucho este matrimonio, pero le serviría, seguro, para salir de la bancarrota a la que le había llevado la Guerra.

Desde entonces, y ya en franco declive, participo en diferentes espectáculos de segunda fila, en galas benéficas o prestigiando con su nombre diferentes revistas, como la de “Melodías del Danubio”, de los vieneses Arthur Kaps, Franz Joham y Hertha Frankel, que tan populares llegaron a ser en nuestro país y en los primeros años de nuestra TVE. En esta revista que acabo de citar, se da la paradoja de que Raquel Meller tuvo la oportunidad de estrenar un pasodoble taurino que alcanzaría gran popularidad, años después, en la voz de otras cantantes, se trataba del conocido “Tengo miedo torero”, música original de Augusto Algueró, padre, y letra del austriaco Arthur Kaps. La última vez que actuó, ya muy mermada de facultades, en público fue en Barcelona, en el año 1961. Murió, aquejada de una afección cardíaca, en Barcelona el 26 de julio de 1962. Y ya vale…

El Relicario
José Padilla - Armando Oliveros - José Castellví

El día de San Eugenio
yendo hacia El Pardo lo conocí;
era el torero de más tronío
y el más castizo de ‘to’ Madrid.

Iba en calesa pidiendo guerra
y yo al mirarle me estremecí.

Él al notarlo saltó del coche
y muy garboso vino hacía mí,
tiró la capa con gesto altivo
y descubriéndose me dijo así:

Pisa morena, pisa con garbo,
que un relicario, que un relicario me voy hacer,
con el trocito de mi capote,
que haya pisado, que haya pisado tan lindo pie.

Un lunes abrileño
él toreaba y a verle fui,
nunca lo hiciera que aquella tarde,
de sentimientos creí morir.

Al dar un lance cayó en la arena,
se sintió herido miró hacia mí.

Y un relicario sacó del pecho
que yo enseguida reconocí,
cuando el torero caía inerte,
en su delirio decía así:

Pisa morena, pisa con garbo,
que un relicario, que un relicario me voy hacer,
con el trocito de mi capote,
que haya pisado, que haya pisado tan lindo pie.



Para completar la entrada y enriquecer la escucha, también incluyo el vídeo de la versión que Sara Montiel hizo de "El Relicario" en la película "El último culpé".


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece un articulo estupendo ¡Felicidades!

Anónimo dijo...

Espero que sigan publicando articulos como este, mi abuela era española, el me enseño esta cancion (y muchas otras sevillanas y zarzuelas) hace muchos años, me gusto escucharla hoy,gracias mil