“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

lunes, 3 de diciembre de 2007

¡Qué se cumpla el Reglamento!

A raíz de las algunas informaciones aparecidas en las últimas semanas; como la noticia del positivo por afeitado, de un toro de Jandilla, o de un sucedáneo -tanto monta monta tanto- en la pasada Feria de Logroño; o las denuncias y acciones emprendidas por el Alcalde de Rimac, distrito de la capital limeña en donde esta ubicada la, más que bicentenaria, plaza de toros de Acho, sobre la escandalosa presentación del ganando en la corrida que se celebró el pasado 25 de noviembre, en la que, casualmente, intervenían tres “astros” de la “tauromaquia” actual, como lo son Ponce, El Juli, y Castella; hacen que esta reflexión gire en torno al Reglamento.

Aunque mejor debería decir Reglamentos, porque desde que los asuntos taurinos han pasado a depender de las Comunidades Autónomas, en vez de un reglamento, tenemos… un montón, y eso que, teóricamente, debería de servir para ejercer un mayor control en el desarrollo de los festejos en cada comunidad, puede ser utilizado, si no hay unos principios comunes a todos los reglamentos, para crear mayor descontrol, y ya se sabe, a río revuelto, ganancia de pescadores. No creo que sea necesario especificar quienes son los pescadores en este caso.

Las Comunidades Autónomas tienen perfecto derecho para asumir todas las competencias en los asuntos taurinos relativos a su territorio, pero sería necesario que, en lo referente a la celebración de los festejos públicos, se rigiesen por un único reglamento, el mismo para todos los territorios, que reglase el discurrir de los espectáculos, los controles antes y después, los premios y las sanciones. De esa forma, con los criterios unificados, y el compromiso de estar vigilantes para el perfecto cumplimiento de las normas, cumplirían con su obligación, que no es otra que velar por el correcto discurrir de la función y así defenderían los derechos de los consumidores de los espectáculos taurinos.

Pero tengamos un reglamento o ciento, es posible intentar atajar el mal del afeitado -o cualquier otro tipo de fraude que podamos sospechar que se produce- si existe la voluntad de hacerlo. Existen los medios necesarios y la reglamentación apropiada para ello, solo es cuestión de voluntad y compromiso. Si, como en los casos de Lima o Logroño, se analizara en todas las partes lo sospechoso con rigor. ¿Con cuantos casos como estos no nos encontraríamos? ¿Cuántas son las veces que salimos de una plaza de toros con la mosca detrás de la oreja? ¿Acaso no sería bueno para la Fiesta la absoluta certeza de que todo lo que se lidia en la plaza cumple con lo reglamentado? Sin duda que sería bueno… ¿Y por qué no se hace?

Además los reglamentos no solo se ocupan del afeitado, en su articulado está claramente especificado el discurrir de la lidia y todo lo que debe acontecer antes y después de la misma. ¡Qué se cumpla! Pero que se cumpla con rigor, a rajatabla. Con que eso ocurriera, con que la autoridad competente en cada Comunidad tuviera la voluntad de hacerlo cumplir, habríamos dado un paso de gigante y, de una vez por todas, se podrían empezar a poner coto a la infinidad de triquiñuelas que, amparándose en los recovecos del reglamento y en la “vista gorda” de los que deben vigilar su cumplimiento, utilizan los taurinos.

Los aficionados y espectadores debemos de tenerlo claro, si compramos la entrada para presenciar una corrida de toros, tenemos el derecho de que se nos ofrezca en toda su integridad, y para que eso ocurra existen unas normas que están estipuladas y deben de ser cumplidas. El que no lo haga, el que las incumpla, por los motivos que sean, debe pagar por ello; para eso, junto a las normas, están las sanciones para quien las incumple. Ese es nuestro derecho y por ese derecho deben de velar quienes tengan la responsabilidad de hacerlo. Si ese control de calidad existe y se exige en todos los campos del comercio; si las leyes protegen a los usuarios de los posibles fraudes y estafas; si, como en el mundo del deporte, se persigue el fraude y se aplica el Reglamento... ¿Por qué no ocurre lo mismo en el mundo de los toros? ¿Por qué no se pone al toro en su sitio y se le defiende de posibles manipulaciones? ¿Por qué no se sanciona de forma ejemplar a los que son cogidos con las manos en la masa? ¿Por qué se ponen tantas dificultades? ¿Por qué...?

1 comentario:

cortinar dijo...

ME ACUERDO QUE EN LA TEMPORADA PASADA,HUBO UN AFAIR CON UN MATADOR DE TOROS QUE EN AQUEL MOMENTO ERA NOVILLERO,POR MAS SEÑAS DANIEL LUQUE.EL SUBSODICHO NOVILLERO EXIGIO EN UNA PLAZA DE SEGUNDA QUE SE LE AFEITARAN LOS NOVILLOS,EL GANADERO SE NEGO A ELLO Y LO DENUNCIO A BOMBO Y PLATILLO.¿NO CREIS QUE ES SUFICIENTE PRUEBA PARA QUE A ESE TORERO EL AFICIONADO LO CASTIGUE DE ALGUNA FORMA EJEMPLAR? PUES NADA,HA TOMADO LA ALTERNATIVA Y LO SACAMOS A HOMBROS POR LAS PUERTAS GRANDES.¿CREIS QUE SI LO HA INTENTADO UNA VEZ,NO LO HA VUELTO A INTENTAR MAS VECES?PUES AHI RADICA TODO EL PROBLEMA.LA CULPA DE TODO LO QUE PASA EN EL TORO ES DE LOS AFICIONADOS,LO MANTENGO Y LO MANTENDRE SIEMPRE.