“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

sábado, 18 de octubre de 2008

EL TORO INVENTADO

Esta entrada empezó a ser elaborada antes de la que le precede pero, porque las actividades durante las fiestas se amontonan, y por el interés de la corrida de "Miura", quedó aparcada a la espera de su conclusión. Pero mira por donde que, después de publicados los premios que las diferentes entidades otorgan a lo más destacado del ciclo pilarista, cobra de nuevo actualidad porque el destinado a la mejor faena de la Feria ha recaído, precisamente, en el torero, y en el toro, objeto de este artículo. Al día siguiente del festejo todas las crónicas coincidían en que Ponce se había inventado el toro. ¿Cuántas veces hemos escuchado las mismas o parecidas palabras refiriéndose a la labor de este diestro a lo largo de su dilatada y exitosa carrera? El mismo matador lo ha declarado en múltiples ocasiones después de sus faenas y, en sus más de quince años de máxima figura del toreo, muchos triunfos y muchos premios como este los ha conseguido de igual forma: inventándose el toro. Esa es la tauromaquia de Enrique Ponce, la tauromaquia de la apariencia, la tauromaquia sin toro.

El toro inventado es un animal con apariencia de toro bravo pero que ya no conserva casi ninguna de las características que lo hacen apto para la lidia. Dentro de su continente con apariencia de toro, imprescindible para poder llevar a cabo la simulación, ya no tienen cabida la bravura, ni la casta, ni el poder, ni la codicia, ni nada de lo que ha convertido al toro en el eje de esta Fiesta que lleva su nombre. Detrás de su fachada con apariencia de toro bravo se encierran una serie de características como la bobería, la nobleza y la docilidad que los convierte en material maleable, en obedientes marionetas que, en manos de diestros con el temple necesario para su manejo y la escenografía oportuna, parecen lo que no son: toros bravos.

Varios ejemplares de este tipo de toro amorfo salieron al ruedo de “La Misericordia” el pasado día 11 de octubre. Pertenecían a la ganadería de “El Torreón”: descastados, mansos o bravucones, nobles y colaboradores, con las fuerzas justas para simular una varita y un picotazo, con trapío y edad pero más que sospechosos de cuerna… vamos, como se dice en el moderno argot taurino, que servían. Aprovecharlos o no dependía de las capacidades artísticas o técnicas de sus matadores y, cosa cada vez más importante en el toreo moderno, de las ganas. De la terna actuante ese día sólo Ponce, porque sabe y quiso, lo consiguió. Sus dos acompañantes, Castella y Salvador Vega, lo intentaron y, en una u otra medida, y por una u otra razón, no lo consiguieron.

El diestro valenciano en su primero no quiso, vaya usted a saber porqué… Pero en el cuarto, un cinqueño con fachada pero demasiado flojo, cómodo, tan abrochado de cuerna que debería de haber sido desecho de tienta hace un par de años, noble, bobo y colaborador, Ponce desplegó su faena marca de la casa, la que lleva haciendo desde que está en esto… cuando quiere. La cosa consiste en no forzar al simulacro de toro bravo, que pase pero sin obligarle demasiado, no vaya a caerse, o a rajarse, como quiso hacer ese cuarto toro, y desentenderse de la simulación en la que está siendo utilizado antes de que suene el primer aviso, que en esta tauromaquia de la apariencia es como la señal para ir en busca del estoque. Hasta 7 avisos sonaron en el coso de “La Misericordia” esa tarde… ¡7 avisos!

En esta tauromaquia de la simulación el toro deja de estar en el centro de la Fiesta, no interesa el toro bravo y encastado porque puede crear problemas imprevistos, hace falta un animal que se deje… Si el toro no pone lo que tiene que poner no importa, ya se encargará de ponerlo el torero. Cada vez es más corriente que faenas vulgares y pases despegados se rebocen con la parafernalia y el boato de algo trascendente: no son nada, son baratijas a precio de oro. Durante las ferias -con una mayoría de público en los tendidos ignorante de las reglas del toreo y de las condiciones requeridas al toro- todo vale, y todavía más si los profesionales del periodismo taurino, que por dignidad profesional tendrían que enseñar y orientar con imparcialidad a los potenciales nuevos aficionados que se acercan a la Fiesta en estos periodos feriales, se dedican a pontificar y elevar a los altares esta nueva tauromaquia de la simulación con un toro inventado. Enrique Ponce, con una técnica depurada y efectiva que ha ido perfeccionando año tras año -y a los premios conseguidos a lo largo de su carrera me remito- es el más consumado maestro de esta tauromaquia del toro inventado.

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