“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

lunes, 1 de septiembre de 2008

ERAN OTROS TIEMPOS

Desde hace años, durante el mes de agosto, estoy condenada al olvido, no aparece nadie por mis dependencias: ni los que me cuidan, ni los que se ocupan de organizar los festejos de la temporada, ni los aficionados, ni siquiera los curiosos, ni los turistas, y eso que este año decían que se esperaba a muchos por esa cosa de la Exposición Internacional. Todo el mundo parte hacia diferentes destinos: unos marchan hacia la playa, ha conquistar pequeños espacios de arena y sol; otros encaminan sus pasos hacia las montañas, deseosos de encontrarse con horizontes abiertos y puros; muchos se embarcan en largos viajes hacia paraísos remotos prometidos por fotografías y folletos publicitarios de agencias de viajes; no son pocos los que vuelven a sus pueblos natales, de los que partieron a las ciudades en busca de mejores condiciones de vida en aquellas décadas de éxodo de mediados del siglo pasado... Lo cierto es que durante este mes vacacional quedo abandona y nadie se acuerda de mi, y no es que haya sido siempre así, han existido otros tiempos, otras épocas en que me convertía en centro de atención de la ciudad y en mi recinto se organizaban, además de funciones taurinas, espectáculos de todo tipo: boxeo, lucha libre, actuaciones musicales... eran otros tiempos.

Durante este mes de soledad y hastío he tenido tiempo para recordar algunos pasajes de mi historia relacionados con estas fechas vacacionales y mis recuerdos se han detenido en esos años en que, además de otros espectáculos, se organizaban una serie de novilladas económicas, como se llamaba entonces a los festejos sin picadores, que se distribuían a lo largo de todo el mes. Eran novilladas nocturnas, huyendo del sofocante calor que se desparrama por Zaragoza durante el día y aprovechando el frescor de las noches agosteñas. Entonces, que las vacaciones solo podían permitírselas las familias más acomodadas y todavía no se había generalizado la vuelta hacia los pueblos natales para pasar el verano, la gente acudía a mis tendidos con la ilusión de ver como se curtían en el ruedo, y ante erales más que serios, los futuros figuras del escalafón. Eran noches familiares, pues acudían a mis gradas padres e hijos, familias enteras, que normalmente no podían permitirse el lujo, por el precio de las entradas, de asistir a los festejos mayores. Venían con la cena en la fiambrera, la bota de vino y los refrescos hechos en casa. El griterío propio de los niños alegraban la noche con sus correrías y alborotos por mis dependencias... eran otros tiempos.


Pero también eran noches de ilusión para los aficionados que acudían a la plaza con la esperanza de descubrir a las nuevas promesas de la tauromaquia, analizando los detalles de torería que pudieran vislumbrar una futura figura, calibrando el valor y la reacción de los nuevos aspirantes a toreros ante las continuas volteretas y achuchones de los erales, valorando el juego del ganado y la situación de la ganadería de turno, generalmente aspirantes a lidiar su ganado en compromisos de mayor fuste. Y no era menos el interés y la ilusión que ponían los novilleros deseosos de aprovechar la oportunidad que se les brindaba y que, de ser satisfactoria su actuación, se vería recompensada con otra nueva oportunidad... eran otros tiempos.


Especialmente me viene a la memoria el año 1971, pues durante todos los fines de semana del mes de agosto se organizaron festejos de ese tipo. Pisaron mi ruedo chavales cargados de ilusión, de algunos aún recuerdo sus nombres: Manolo Montoya, Crisanto Burgos “El Santi”, que repitió y corto dos orejas, Jacinto Ramos y Gabriel Lalana, que volvieron a actuar al final del ciclo, José Antonio Campuzano, que cortó dos orejas el día de su presentación y volvió a ser anunciado para la siguiente novillada, con el tiempo llegaría a ser máxima figura del escalafón de matadores, Ángel González “El Taranto”, Enrique González “El Ballico”, un niño torero que presentaba la Peña Taurina de Tarazona y que posteriormente, cuando tomó la alternativa en mis dependencias, cambio su apodo por de “El Bayas” y obtuvo grandes triunfos, Eduardo Delgado que se apodaba “Juan Lucena”, Pepín Peña, Fernando Herrero y Emilio Vicente “El Elegante”, que escuchó los tres avisos y vio como su novillo era devuelto a los corrales. Como ustedes pueden adivinar... eran otros tiempos.


Se acabaron las vacaciones agosteñas y la actividad, poco a poco, vuelve a mis dependencias. Ya se habla de los carteles de la próxima Feria de El Pilar, y pronto, uno de estos días, se presentaran oficialmente en lo que antes era la enfermería y ahora se ha convertido en lo que pomposamente llaman “Aula Cultural de la Plaza de Toros”, vaya nombrecito que se han inventado. Los empleados encargados de mi limpieza y acondicionamiento empezaran a trabajar porque, como aperitivo a la feria, se anuncian un par de festejos sin picadores para mediados de este mes de septiembre y, como debe de ser, para los días grandes que se avecinan con la feria taurina, a primeros de octubre, debo estar en perfectas condiciones, ya que, además, se van a televisar todas las corridas y me van a poder ver en todo el mundo y yo, que soy coqueta por naturaleza, debo estar guapa y resplandeciente, vamos, como dice el refrán: “Limpia y recién planchá”.

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