“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

sábado, 13 de septiembre de 2008

SIN PÚBLICO NO HAY FIESTA

En los últimos días, y a plazos, por mor de las obligaciones, he estado viendo las grabaciones de un par de corridas de toros ofrecidas por la Televisión Aragonesa, en Calatayud y Barbastro respectivamente, dos de las poblaciones más importantes de Aragón. Además de la profunda tristeza que me ha producido ver la pantomima en la que se ha convertido la Fiesta de los Toros en los pueblos y ciudades en fiestas, he podido entender más claramente porque esta Fiesta esta tocada de muerte, abocada a su desaparición, pero no por la acción de agentes externos contrarios a ella, sino, y eso es lo más grave, por los que viven de ella: toreros, picadores, subalternos, mozos de espadas, apoderados, empresarios, ganaderos, periodistas, comentaristas y vividores en general… toda esa prole que se beneficia de este espectáculo, que viven de él y que podemos englobar bajo un mismos nombre: taurinos.


Una tristeza infinita me produjo ver la plaza de toros de Calatayud semivacía en el día grande de sus fiestas. En primer lugar por la escasez de público que acudió, por ver la desnudez de unos tendidos que en otros tiempos no muy lejanos se llenaban no sólo de bilbilitanos, sino de los visitantes de los pueblos de alrededor que acudían a la Feria y, sobre todo, a los Toros. Esa afición se ha perdido, y ese es el verdadero problema de la Fiesta. En segundo lugar por las referencias que tengo de esta plaza que, por la cercanía con mi lugar de nacimiento, ha sido la de mis antepasados: mi abuelo Bernardino, “bombista” hasta la médula, que era de los que vendían el colchón si hacía falta… y tenía seis hijos… pero no se perdía ni una; o mi padre, Justo, que estuvo unas cuantas veces, aunque la plaza en la que más toros vio fue la de Zaragoza; o de los amigos y aficionados del pueblo, muchos de los cuales vieron su primera corrida en esta plaza y que todavía siguen discutiendo sobre alguna faena presenciada en ella; o incluso yo mismo que, por San Roque, he asistido a varios festejos.


Pero al margen de esta pequeña inclusión en lo personal, lógica por la cercanía y la nostalgia, querría centrar el objeto de esta entrada en los síntomas de pudrición que se pueden apreciar en la Fiesta, sobre todo en las corridas de toros que se celebran en plazas de segunda y tercera categoría y que tienen varias características coincidentes: Son festejos subvencionados por los ayuntamientos, son televisados por las cadenas autonómicas y el precio de las entradas es excesivamente caro. Como contrapartida se ofrece un espectáculo que también tiene varias características comunes: Una terna barata con un “mediático” o “figurilla” en el medio; toros de saldo, podridos y afeitados hasta la medula; y todo tipo de irregularidades y ventajismos, consentidos por la autoridad, en la lidia del ganado por parte de los subalternos. En definitiva: un menú de mierda a precio de jamón de jabugo.


Pero la gente no es tonta, porque una estafa tan descarada no es decente y, además, se nota demasiado. Por eso se ve cada vez más cemento en los tendidos y ese, la falta de público, es el mayor problema con el que se enfrenta esta vieja Fiesta de los Toros de cara al futuro. No se puede concebir el quehacer de los toreros con la plaza vacía, solos ante las cámaras de la televisión, por más dinero que paguen las cadenas y más audiencia que tengan, hace falta el calor del público, el aplauso, el reconocimiento, la bronca. Pues ahora, en estos momentos, estamos a mitad de camino de que eso ocurra, fíjense si no en todas las retrasmisiones de corridas de toros de esas características, todas las plazas, como mucho, siendo generosos, están a medias.


Hay dos factores que puede hacer retraerse de pasar por taquilla a los espectadores potenciales de las corridas de toros. Por un lado, el excesivo precio de las entradas. Por otro, el bochornoso espectáculo que se ofrece y el descaro con el que actúan los profesionales: con toros a los que les sangran los pitones o se adornan con brochas sus cuernos en el primer roce con las tablas; con toreros incapaces, como Javier Conde, admitiendo ante las cámaras de televisión que él no sabía que hacer con esos toros, que lo suyo es el arte; o con profesionales de la información pidiendo el rabo para el campeón del slalom gigante de la temporada desde el callejón; como ocurrió en la corrida de Barbastro, en donde tuvieron que sufrir un saldo de toros de una ganadería de moda, “El Ventorrillo”, que nunca tenían que haber llegado a la edad de cuatreños. Un fiasco. No muy diferente fue el resultado de la corrida de Calatayud, esta vez, además del afeitado de rigor, se trató de una mansada infame e inválida de una ganadería venida a menos, Atanasio Fernández, que en su día estuvo de moda y, quizá por eso, ahora debería ser carne de matadero. Una vergüenza de corrida que, además, llegó por sorpresa pues la anunciada, hasta el mismo día del festejo, era la de “Cebada Gago”. Otro fiasco. ¡Y a 60 euros la sombra y 45 el sol como poco! Y todo, para más inri, televisado por el canal autonómico, pero este tema merece capítulo aparte… y en su momento lo tendrá.


La solución de estos dos problemas no es difícil, el primero, el excesivo precio de las localidades es de lógica. Si a la subvención del ayuntamiento se suman los ingresos de la televisión, se aseguran los gastos, de esa forma se puede ajustar el precio de las entradas para que sean asequibles a todos los bolsillos. Es posible que de esa forma los tendidos vuelvan a poblarse de público, y de esa forma la Fiesta recobre un poco de aliento, porque no debemos olvidar que el público es el porqué del torero en la plaza. Sin público en la plaza no hay Fiesta posible. Para el empresario debería ser preferible llenar la plaza a precios más baratos, aunque gane menos, cosa que estaría por ver, a contemplar los tendidos despoblados, aunque gane más. Si trabaja con visión de futuro, si no pretende salir corriendo con el dinero, que por sus actos es la impresión que dan, no debería de pensar de forma muy diferente a la expuesta.


La solución del segundo problema, la dignificación de la Fiesta a todos los niveles y en todas las plazas, sean de la categoría que sean, es un asunto más peliagudo y que debe de contar con la colaboración de los profesionales, cosa que, me temo, no están dispuesto a hacer, y con la decisión de hacer cumplir las reglas por parte de las autoridades competentes, que además es su obligación, cosa por la que tampoco demuestran mucho interés. Como mínimo debemos exigir, porque la ley del consumidor así lo demanda, que el espectáculo sea íntegro y acorde con la categoría de la plaza. Pero de los Ayuntamientos y de las Televisiones, que se sufragan con dinero público, y que subvencionan de una forma u otra estos festejos, si que se debe esperar que, cada uno en su terreno, velen por los intereses de sus conciudadanos, a los que les deben el servicio y que, por mor de sus cargos y profesionalidad, no se presten a los montajes y chanchullos de los taurinos, ni los unos, por respeto al cargo, ni los otros, por integridad profesional.


Sin público la Fiesta se muere. Es necesario cortar esa hemorragia cuanto antes, es preciso que el público y los aficionados vuelvan a los tendidos y para que eso ocurra hay que emplearse primero, y de forma radical, en dos cuestiones concretas: en rebajar el abusivo precio de las entradas y en la garantía de acudir a un espectáculo íntegro, auténtico y justo.


Nota: Sobre el bochornoso espectáculo vivido, durante la lidia del sexto toro, el pasado 7 de septiembre en la plaza de Calatayud, con dos toros en el ruedo y tres cabestros sin ninguna intención de hacer nada, un sin sentido que se alargó durante demasiado tiempo, y sin entrar en las descabelladas intenciones de los taurinos, ni opinar sobre el por qué de lo ocurrido, que por si mismo se descalifica, quisiera conducirles a un episodio semejante ocurrido en la plaza de Tolosa el 25 de junio de 1866 y que se resolvió de una forma muy distinta. Es una entrada que publiqué en este mismo Blog el pasado 19 de junio de 2007 con el título de "Toros en Tolosa". En ella se recoge la crónica de este episodio escrita por un jovencísimo Peña y Goñi, que fue testigo directo del evento; el torero que hizo frente al problema que fue, nada más y nada menos, Frascuelo; los toros, mucho más astifinos y con poder, eran de la ganadería de don Raimundo Díaz y la única diferencia con el caso de Calatayud es que en Tolosa el suceso ocurrió en el 5º toro. Un dibujo, que J. Chaves hizo para la revista "La Lidia", ilustra la hazaña de Frascuelo.

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