“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

sábado, 24 de noviembre de 2007

Los maletillas en Brea de Aragón

(El relato que viene a continuación forma parte de los recuerdos de don Antonio, aficionado natural de la población zaragozana de Brea de Aragón, de esta forma se inaugura una nueva sección en este Blog que llevará su nombre y en la que esperamos reflejar, además de sus recuerdos, sus opiniones.)

Al comienzo de las fiestas aparecían, venían de algún lugar donde había habido toros, y aquí llegaban por lo mismo. En el ato, una camisa y un pantalón, muleta, estaquillador y capote, en el bolsillo nada, en el estómago lo justo… su afición no cabía en ningún sitio. Eran los maletillas. Flacos, muy jóvenes, andaluces, salmantinos, madrileños y bastantes de por aquí, algunos hacía semanas que habían dejado sus casas, otros, meses. Sólo les importaba torear, robar un pase aquí y otro allá. El precio era muy alto, pues además del riesgo, simplemente, malvivían. Dos frases les acompañaban siempre en sus andanzas: “por favor” y “muchas gracias”.

Mis primeros recuerdos son del año sesenta. Era lunes, me senté debajo del carro de “Carranchín”, mientras los maletillas toreaban toros que no existían, verónicas y naturales sin toro, la Reina y su corte -que mayores me parecían entonces- se acomodaban en el balcón del Ayuntamiento, y los músicos, valencianos -eran tantos que no cabían en su “tablao”- hacían lo mismo .

Eran la cinco de la tarde, todo estaba en su sitio: la gente en sus “tablaos”; el toro -el mayor de los tres que iban a ser sacrificados durante las fiestas- esperando su salida; los maletillas, tensos junto al carro de “Clemente”; y yo, debajo.

El toreo pausado y perfecto -de salón- cambiaba totalmente cuando el animal, pasado de kilos y fecha, pisaba el ruedo; comenzaba lo real, con el toro, avisado y desarrollando sentido, el peligro se palpaba. Pero allí estaban ellos intentando hacer fácil lo imposible. Todo sobre los pies, parar, templar y mandar un sueño. Un derechazo, al que una colada transformaba en un ayudado por alto, otro de pecho; el de al lado, una media y un desarme, carreras y una voltereta; el siguiente, dos mantazos y al olivo. Unos tiritaban de calor, otros sudaban de frío. ¡Qué bromas gasta el miedo!

Mientras los músicos de Cuartel tocaban “España Cañi”, el respetable, mitad en broma, mitad en serio, jaleaba y aplaudía las faenas.

El martes más de lo mismo, torear de fuera adentro y de arriba abajo no podía ser, ellos lo intentaban una y otra vez, eso sí, jugándosela. Oí decir que en el cincuenta y siete, un maletilla y el alcalde de Pomer estuvieron a punto de irse con San Pedro por culpa del astado de turno, y en el sesenta yo vi mandar al hule a “Benito” y a otro torerillo. Con aquel bicho no pudieron, lo mató la Guardia Civil.

El miércoles, mientras el incombustible “Requena” fijaba al último de la feria, los maletillas, con un capote extendido, pasaban el guante: “A ver señores, la voluntad, una peseta al año no hace daño. Gracias, muchas gracias”.

Era el momento de la merienda; calor, tripas y cabezas de sardinas rancias en el ruedo, sol y moscas. Olía a güeña, a churros y a pólvora. Ensogado y apuntillado el último toro, la plaza se desmontaba en tan sólo unos minutos. Entonces, año tras año, yo me daba el berrinche más grande del mundo.

Esa noche los músicos daban la última vuelta al pueblo, la gente cantaba el “Cheli te quiero” y a una “Dorotea” que se iba a casar; los oía desde la cama, ya era tarde.

El jueves, al mediodía, los tres maletillas que aún quedaban en el pueblo se despidieron de “Mariano el de las vacas”, llevaban años durmiendo en su pajar y comiendo, muchos días, en su mesa. Le prometieron volver y éste se comprometió a guardarles el “hotel”. Fui con ellos hasta el puente, les oí decir que iban a un pueblo de Madrid en el que había fiestas y tenían toros, quizás allí hubiera alguien “importante” que les contratara y les hiciera debutar de luces.

Volví a la plaza, tres manchas de sangre seca y una de ceniza -de la mayor hoguera del mundo- era lo que quedaba de las fiestas. ¡Qué lento iba el tiempo entonces! Había que esperar un año para empezar de nuevo, pero una y otra vez llegaban.

El desorden de la capea pura y dura -donde se hicieron muchos de los grandes- se quedó grabado para siempre en mi memoria. Por entonces sus días se estaban acabando, capeas y maletillas tendrían que competir con las Escuelas Taurinas y con muchos de los “pegapases” que estas facturan, “figuras” -una mayoría- de paso atrás y pico delante.

Cada año llegaban menos maletillas, hasta que un año no lo hizo ninguno. Yo los esperé… y ya no han vuelto.

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