“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

miércoles, 8 de agosto de 2007

Los maletillas

- Hola don Pepe.
- Hola don José.
- ¿Cuánto tiempo hace que no lo veía?
- A usted es al que no le he visto el pelo desde hace un montón de días. ¿Dónde se ha metido?
- Vengo de la playa, hemos pasado unos días con la familia…
- ¡Toma ya!… Ustedes los ricos a lo grande.
- No se cachondee, don Pepe… que no es para tanto. Todos los años pasamos un par de semanitas en el apartamento con los chicos y los nietos, ellos se quedan todo el mes y nosotros, mi santa y yo, nos vamos al balneario…
- No le decía yo…
- Nos va bien cambiar de aguas… Y usted, ¿se ha ido a algún sitio este verano?
- Al pueblo… Como siempre… Hemos bajado para hacer unos recados y dentro de un par de días nos volvemos hasta que pasen las fiestas.
- ¿Y cuándo son las fiestas de su pueblo?
- Ahora… para la Virgen y San Roque.
- Supongo que tendrán algún festejo taurino en la programación.
- Vacas… Vacas y más vacas. En la calle por la mañana, sesión en la plaza por la tarde y, por si le parece poco, más vacas por la noche… Vacas a todas horas.
- No se quejará usted… estará es su salsa.
- No crea, don José… tanta cantidad cansa, además la gente no sale… los mismos de siempre… No es como antes cuando venían los maletillas y trataban de dar algunos pases, y había, por cierto, algunos que lo hacían bien… Por aquella época incluso traían un novillo que, una vez toreado por estos aspirantes a toreros, se mataba, se subastaban sus despojos públicamente y se distribuía su carne entre todos los vecinos.
- Pero eso es cosa de otra época… eso ya no se estila en estos tiempos…
- ¿Cómo qué no? Ahora se hace lo mismo que antes, pero en vez de un novillo se mata una vaca y su carne la guisa un grupo de voluntarios organizado por la Comisión de Fiestas y se distribuye igualmente entre todos los vecinos.
- No me refería a eso, don Pepe… Yo hacia alusión a lo de los maletillas…
- ¡Y así nos va!... Ahora con las malditas escuelas taurinas a todos les enseñan lo mismo, son cómo autómatas…
- ¿No me querrá decir usted que no le parecen bien las escuelas taurinas?
- ¡Pues sí! Eso mismo le quiero decir… lo ha entendido perfectamente.
- Pues tendrá que reconocer usted que han salido grandes toreros de esas escuelas.
- No le digo que no, pero todos están cortados con el mismo patrón, y en el momento que un toro presenta dificultades, esos que llama usted “grandes toreros”, van a la deriva, no saben lo que hacer y naufragan…
- ¡Ya se ha pasado usted otra vez, don Pepe…!
- Es la pura verdad, y si no… ¿Por qué exigen torear tan sólo el ganado que ellos y sus veedores eligen en el campo? Si son tan “grandes toreros” como usted dice… ¿No deberían de ser capaces de resolver los problemas que les presente cualquier tipo de ganado? Y si quieren ocupar los puestos de privilegio que pretenden como “grandes toreros” que usted dice que son ¿No sería conveniente que sobre los toros que les tocasen en suerte no recayese ninguna sospecha de afeitado ni cualquier otra forma de manipulación?
- Pero es que las cosas no son…
- Así son las cosas, don José… En las escuelas taurinas les enseñan a dar pases, a componer la figura y poco más, para eso necesitan un toro que colabore, que sea como el carretón con el que han aprendido la técnica que les han enseñado, si les sale ese toro, depende de la gracia y la soltura con la que se desenvuelva el matador para conseguir el triunfo. En los pueblos no había carretón, el toro era de verdad, y la técnica y los recursos se aprendía pagando con sangre las equivocaciones, y además, delante de un público exigente y muchas veces cruel. Los maletillas se la jugaban todos los días y no sólo en las plazas de carros, muchas veces la vida era más dura con ellos que los marrajos a los que se tenían que intentar dar algún pase para conseguir un poco de dinero pasando la capa. Eso si que era una escuela de tauromaquia y de la vida.

1 comentario:

Cárdeno dijo...

Esta pareja me han hecho recordar grata y añoradamente lo que veía de pequeño en mi pueblo, aun tengo las imágenes de estar sentado en el balcón esperando a que pasaran los Novillos y Vacas, acompañados del mayoral y los bueyes, que se iban a lidiar en los próximos días.

El maletilla que mas recuerdo era “El Dólar”,… hoy vendedor ambulante en los mismos pueblos en los que actuaba,… y en los alrededores de La Misericordia de Zaragoza, los días de Festejo.

Salud y suerte.

Cárdeno.