“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

domingo, 12 de agosto de 2007

La alternativa del “Papa Negro”

Cuando el Papa Negro tomó la alternativa mi aspecto exterior era el que muestra la fotografía de cabecera. Fue 14 de octubre de 1905, durante la Feria del Pilar y, ese día, se vivió una jornada inolvidable, de esas que no se borran de la historia, con un lleno hasta la bandera y una expectación desbordante.
La expectación tenía razón de ser por la memorable actuación que el 30 de abril de ese mismo año había tenido Manuel Mejías Rapela
Bienvenida III, que era el nombre del que luego sería conocido como Papa Negro, en mis dependencias. Se había anunciado, junto a Campitos, para dar muerte a cuatro novillos de Arribas con muchas arrobas y desarrollada cornamenta que resultaron mansos. Dejaron sobre la arena cinco caballos muertos de doce tumbos que dieron y tomaron veintiún picotazos. Bienvenida fue el héroe de la tarde, tuvo que matar tres, por resultar cogido su compañero, y obtuvo un gran triunfo. Los aficionados se quedaron gratamente satisfechos y, por mis alrededores, salían dando pases y pronunciándose, a voz en grito, sobre el triunfo presenciado.
A finales del verano empezó a circular el rumor de que Bienvenida podía doctorarse en mi ruedo, se decía que unas desavenencias con el empresario de Madrid le llevaban a plantearse esta decisión, la expectación entre la afición zaragozana era enorme, cuando se confirmó la noticia fue la locura.
El cartel de la alternativa estaba compuesto por
Algabeño, Lagartijo Chico y el toricantano Manuel Mejías Bienvenida, vestido de carmín y oro para tan señalada ocasión. El toro que le cedió Algabeño para su doctorado era de la ganadería de los Herederos de Benjumea y se llamaba Huidor, con el número 28, colorado, bragado, ojo de perdiz, cornicorto y muy gordo. Bienvenida hizo una lucidísima faena que empezó con un gran pase a muleta plegada, siguió con doces pases altos, seis ayudados con mucho mando y dos de pecho, remató su trabajo con un molinete y dos naturales. Ejecutó la suerte de matar con gran decisión y dejó una gran estocada en todo lo alto de la que salió el toro rodado, escuchó una estruendosa ovación y tras petición unánime se le concedió una oreja.
Fue un acontecimiento del que disfrutaron de lo lindo los exigentes aficionados zaragozanos y muchos otros que habían llegado, ex profeso, desde otras latitudes presenciar la corrida. Fue un gran día.
Pero antes de acaba
r esta historia, y para darle fin, quiero contar una conversación que escuché muchos años después, en boca del propio Papa Negro, en el patio de cuadrillas la tarde del 30 de junio de 1929, fecha en la que tomó la alternativa en mis dependencias su primogénito y continuador de la saga Manolito Bienvenida IV, acontecimiento del que hablaremos en otra ocasión más extensamente porque también marco un hito en el curso de mí historia y se merece un espacio propio. Como les decía, don Manuel les contaba a unos viejos aficionados que habían presenciado la corrida de su alternativa veinticuatro años antes el siguiente sucedido: “Mi padre viejo y achacoso, no pudo acompañarme a Zaragoza. Dos encargos me hizo: uno, que depositara mil pesetas al píe del camarín de la Virgen antes de empezar la corrida; otro, que al concluir aquella gastara otras tantas en un juego de azar, para que, propicia o adversa que fuera mi fortuna no volviera a pisar una casa de juego. Ya en la ciudad de los Sitios, cumplí los encargos. Puse a una carta la misma cantidad que había entregado en la santa capilla y gané. Repartí su importe entre mi cuadrilla y nunca más volví a una sala de juego”.
Muchas gracias, don M
anuel Mejías Rapela Bienvenida III, investido posteriormente como Papa Negro del toreo por Don Modesto, por escribir tan brillante página de mí historia.

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