“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

miércoles, 21 de enero de 2009

ENTENDIMIENTO O DIVERTIMENTO

En la Fiesta de los Toros, a diferencia de todos los demás espectáculos, el público es soberano y los resultados del festejo dependen de su pronunciamiento y, por eso mismo, a la vez que su mayor grandeza, pues es el espectáculo más democrático del mundo en el que cada uno de los asistentes somos jueces, es también su mayor problema. Si lo que buscan los aficionados que asisten a la corrida es entender el comportamiento del toro y el tratamiento que le da el diestro de turno para conseguir su dominio; el espectador corriente va a divertirse, como un acto más del programa festivo de su pueblo o ciudad, y sólo le interesan los resultados, en otras palabras, los trofeos que consiguen los toreros. Aquí está el quid de la cuestión, el mayor problema al que se enfrenta la Fiesta en la actualidad: la diferente intención con la que van público y aficionados a los festejos.

Los grandes problemas que aquejan a la Fiesta, tal y como la entendemos los aficionados, tendrían solución si el respetable exigiese que las cosas fueran de otra forma, si los que son mayoría, el público de feria, no asistiese complacido al infame espectáculo al que nos están arrastrando los taurinos profesionales. ¿Para qué van a cambiar si el espectáculo descafeinado que ofrecen es del agrado de la mayoría de los que ocupan las localidades? ¿Por qué hacer caso a esa escasa minoría de aficionados que todavía resisten en las plazas de toros y a los que abuchean los propios compañeros de localidad? ¿Qué sentido tiene, desde el punto de vista de los profesionales, arriesgarse ante ganado íntegro si a la mayoría del público le da lo mismo y sólo le importan los trofeos conseguidos? La lógica del negocio taurino conduce irremisiblemente a esta situación que para unos, los aficionados, es un fraude, y para la gran mayoría la máxima expresión del arte de Cúchares.

Mientras que para unos, los espectadores, acudir a una corrida es una forma de pasar el rato, un acto social más; para otros, los aficionados, es un ejercicio de entendimiento, análisis y comprensión de las características y condiciones del toro y de los recursos que utiliza su matador para conseguir su dominio y, por ende, el triunfo. Los primeros se aburren, consideran que la corrida es un fracaso, si no hay triunfos, mientras que los segundos, antes que con las orejas cortadas, se entretienen analizando las dificultades que presentan los toros y la técnica que emplean los diestros para sortearlas. La diferencia es grande, mientras unos van a divertirse, los otros acuden a tratar de entender el porqué de las cosas que suceden sobre el ruedo. Dos formas de ver las cosas y hoy en día, por desgracia para los aficionados, son mayoría los primeros. Esto nos lleva, irremediablemente, a la situación actual la cual, es posible, que ya sea irreversible.

Antiguamente la opinión de los aficionados, que aunque eran un grupo más numeroso que los que actualmente acudimos a las plazas no eran, ni mucho menos, la mayoría de los espectadores, era respetada y valorada por la masa que trataba de aprender de lo que decían los entendidos, porque entender lo que sucede en el ruedo entre un toro y un torero no es un ejercicio fácil, requiere conocimientos y muchas corridas vistas, por eso era mucho más respetada la opinión de los aficionados más veteranos. Esa influencia que ejercían en los tendidos hacía que se mantuviera el listón de las exigencias más alto. Hoy en día, en esta sociedad de lo banal, ocurre todo lo contrario, esa opinión forjada a base de estudio y experiencia es tomada a chufla… y así nos va.

La mayor pena, lo más triste de esta situación es que nos conduce hacia un espectáculo que poco tiene que ver con la auténtica Fiesta de los Toros, un espectáculo grandioso y único que se esta convirtiendo en una mojiganga. Es una lástima que esto ocurra pero, en un juego tan democrático como la Fiesta de los Toros en la que el público es soberano, tenemos lo que nos merecemos... lo que quiere la mayoría.

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