“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

viernes, 6 de febrero de 2009

EL DIA QUE VILLALTA LE BRINDO UN TORO A FLETA

El invierno empieza a desperezarse y, a diferencia de otros años, todo esta más quieto que de costumbre por estas fechas en mis dependencias. Se comenta, entre los que vienen a practicar que, por no se que líos en los despachos, aún no se conoce el empresario que regirá mis destinos en las próximas temporadas. A estas alturas, cuando ya tendrían que estar los carteles en la calle y los aficionados haciendo cábalas y fabricando sueños, es un auténtico despropósito. Luego vendrán las prisas y las improvisaciones y ya se sabe, lo que mal empieza mal acaba. Pero doctores tiene la iglesia y espero que todo se solucione a la mayor brevedad y la temporada discurra por los cauces habituales y en las fechas previstas.

Ante este embrollo, y deseando que todo acabe pronto y bien, yo a lo mío. Durante este letargo invernal he tenido tiempo para recordar algunos de los días más apoteósicos de mi historia y, de forma especial, recuerdo uno que fue de los más grandes que se han podido vivir en mis dependencias, y porque además los protagonistas fueron dos paisanos. Estoy hablando de un acontecimiento que se produjo en el siglo pasado, hace ya muchos años, durante la Feria del Pilar de 1925. Fueron fechas gloriosas pues todos los días se colmo la plaza de espectadores, pero fue en la última corrida, la celebrada el 18 de octubre, en donde se lidiaron toros de Francisco Villar, en la que se desbordó el entusiasmo de los espectadores y acontecieron los sucesos que voy a referir.

Era la última corrida de la feria y ese día coincidieron en la plaza dos aragoneses que estaban en el punto culminante de su carrera: Nicanor Villalta y Miguel Fleta. El matador de Cretas, que estaba siendo el triunfador indiscutible del ciclo pilarista, pues en las tres corridas en las que intervino cosechó nueve orejas, cuatro rabos y una pata, le brindó su último toro al gran tenor con estas palabras que recuerdo tan claramente como si las estuviera escuchando ahora: “Le brindo la faena y muerte de este toro, y también le diré que quisiera ser tenor con su voz para exponer menos la vida”. Al terminar la faena, culminada con un estoconazo hasta los gavilanes, el gran tenor bajo al ruedo desde la barrera que ocupaba y se abrazo largamente con su paisano al que le susurro algunas palabras al oído en medio de una estruendosa salva de aplausos. Según me confesó Nicanor con posterioridad, lo que le dijo fue: “Este espectáculo es tan grandioso que no se parece a nada”.

Pero mejor que yo, que embargada por la emoción -porque las piedras también se emocionan ante monumentos como los esculpidos por Villalta en sus dos toros esa tarde- no sabría describir la grandeza de lo vivido, quiero ceder la palabra a un gran crítico, gran amigo por los años que ejerció su profesión desde mis tendidos, “Don Indalecio”, que era el seudónimo que utilizaba el Marqués de la Cadena para firmar sus crónicas de las corridas que tenían lugar en mis dependencias y que, antes de mandarla a la imprenta, tuvo la gentileza de leerme.

“Fue la segunda pata que consiguió. La primera le fue otorgada en Mérida el año 24. Ninguna de las crónicas hablan de las criadillas y la pata que el público me dio de propina ¿Cuándo y adonde me las dieron? Un triunfo clamoroso el de Villalta. Moralmente, Cretas, desde ayer, es más grande que París. Sensación de figura grande, siempre en su sitio, dominando todas las suertes del toreo. Ni un momento de duda, ni vacilación, verónicas ceñidas hasta lo imposible, quites variados, torerísimos hasta sin bautizar todavía. ¿Llamaremos el quite de las Nicanoras a ese que pasó el capote barriendo los lomos? Quites nuevos y antiguos. ¡Ahí queda!, para satisfacción de los clásicos, uno que hizo con larga cordobesa. Al primero lo tomó entablerado y con la derecha, pero lo hizo tan cerca y tan parado que el toro en cada pase parecía salirle de la barriga (entusiasmo y música); perfilado el toro se volvó sobre el morrillo Nicanor, y cuando aún salía limpio por el rabo, ya caía el toro muerto. La ovación fue imponente y justa la concesión de las dos orejas y el rabo. En el séptimo, lo inenarrable para visto y no para contarlo. Brindó a Fleta y solo ante el toro muleteó soberbiamente por naturales, con ambas manos. Ahora no se sacaba al toro de la barriga, lo sacaba del cuarto apellido. El público estaba asombrado de aquel derroche de valor y arte. La música ilustraba aquella página del toreo; y de nuevo volcadura sobre el morrillo y una estocada por las agujas. ¡Qué entusiasmo tan loco! El ruedo se lleno de sombreros, americanas, bastones. Uno lo obsequió con cerveza y nuevamente cortó orejas y rabo. Fleta se arrojó al ruedo y abrazó a Nicanor largo rato. El delirio. A nuestro lado nos lanza un amigo, que sabe administrar justicia, la siguiente copla:
Se han unido en un abrazo,
abrazo de corazón,
el tenor y el torero
que son honra de Aragón.
Copla inspirada que demuestra que ayer el arte del toreo nos inspiraba a todos. Villalta fue paseado a hombros por los mulilleros antes de la salida del último toro, y al terminar la corrida volvió a ser elevado por los capitalistas que así lo sacaron de la plaza. Tarde enorme la de ayer para Villalta que estuvo completo”.

Pasados muchos años de aquella apoteosis villaltina, una tarde otoñal que deambulaba parsimonioso por mis dependencias, fue el propio Nicanor quien me confesó como terminó aquel día glorioso.

“Al llegar a mi casa a hombros de la multitud abracé a mi padre y a mi tío que estaban muy emocionados y hasta me parece que algunas lágrimas se les habían escapado. Estando cenando recibí un sobre con unas entradas de un palco que me enviaba Miguel Fleta para la representación de esa noche, con unas líneas que decían ‘vale por una paella en la finca de mi pueblo’. Al verme entrar en el palco, la gente me dio una ovación que me sonó aún más fuerte que las que me habían dado en la plaza; seguro que fue porque era un local cerrado”.

Como les digo, fue un feria sensacional, pero el día que ha quedado grabado de forma indeleble en mi petrea memoria fue ese 18 de octubre, última corrida del ciclo taurino, en el que Nicanor Villalta le brindó un toro a Miguel Fleta, en esos momento dos aragoneses de pura cepa en lo más alto de su carrera profesional. Pero para acabar quiero hacerlo con una frase que el propio Nicanor me dijo esa tarde otoñal a la que antes me refería y que resume su estado de ánimo en esos días: “En estas ferias creí haber subido a la torre más alta del Pilar”.

1 comentario:

Cárdeno dijo...

Cada vez que leo algún comentario de tu historia, Plaza de las Misericordia, me hacen los ojos y el corazón “chirivitas” y me entra una envidia que “paqué”….

Y en los tiempos actuales perdemos horas y horas hablando de derecho, despachos, políticos, empresarios… y gente por el estilo.

Si llego a estar yo “ese” 18 de Octubre del 25, en la Plaza…, bueno no se que hubiera hecho, pero llorar de emoción…, seguro.

Salud y suerte.