“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

martes, 27 de mayo de 2008

¡¡¡Vaya tostón!!!

Cuando llegué a la plaza, una vez más con el tiempo justo, la primera noticia no es nada halagüeña.

- “Han cambiado la novillada de Martín Peñato”, me dice David.
- ¿Por…?
- “Eran muy chicos, impresentables…”, me contesta.
- ¿Y…?
- “Nos han traído una ‘juanpedrada’ de Pio Tabernero de Vilvis”, me informa algo mosqueado.
- ¡Vaya por Dios!

Al llegar a nuestro sitio habitual ya está allí Dani con la familia al completo. En el ruedo no se como discurrirán las cosas, siempre queda el factor sorpresa, pero, al menos, en la Andanada vamos a tener movimiento.

En la novillada debutaba con picadores un torero de la tierra, de dinastía, Alejandro Lalana. A su padre lo pude ver en los primeros años setenta, cuando era novillero, apuntaba pero no llegó, luego pasó a ejercer como subalterno y, durante muchos años, lo vi trabajar en La Misericordia. A su abuelo también lo conocí cuando era el presidente del “Club Taurino de Jubilados de Las Fuentes”, ejerció de anfitrión en un par de coloquios organizados en el Club a los que fuimos invitados La Cabaña Brava, era un buen aficionado.

El primer novillo, zancudo, alto, feo y… (¡Ha rematado en el burladero y le han faltado dos dedos para tocar la madera!”, oigo que dice alguien de los que me rodean)… afeitado. Va al caballo y derriba, toma dos varas empujando, incluso se viene un poquito arriba en banderillas… pero, como una gaseosa cuando se le quita el tapón, pierde el gas en un suspiro y se para.

El segundo esta más en el tipo, incluso mete la cara con cierta claridad, pero… es tan soso, embiste tan complacientemente, con tal docilidad… que aburre. Es el toro apropiado para inventarse la faena, como dicen algunos de los figuras del escalafón, el “toro artista”, apostillan algunos ganaderos de postín, el que colabora, el que no molesta, el que se deja hacer, el que permite que los “artistas del toreo” desarrollen su personalidad artística con el mínimo riesgo. ¡Qué aberración!... el toreo moderno.

El tercero era destartalado, largo, feo, colorado… como si fuera de otra familia, como si una vaca despendolada, en una noche de juerga y desenfreno bovino, se hubiera equivocado de cercado y, aprovechando la ocasión, el semental de turno… A la postre, resultó el más entretenido de la tarde, el debutante Lalana demostró que está verde, como es lógico en un debutante, pero dejó pinceladas sueltas interesantes, aunque no llegó a cuajar ninguna tanda porque tiene que corregir defectos de colocación, lógico en un debutante, pero si tiene oportunidades, cosa difícil, y las aprovecha, puede llegar a ser un buen torero.

El cuarto se derrumbó estrepitosamente y fue cambiado por un novillo, bien presentado, de “El Cortijillo”. Creo complicaciones en la lidia, manseo y, ante la incapacidad de Pedro Carrero para sacarle partido, se murió.

El quinto, como todos los novillos titulares, salvo el tercero, fue noble, obediente, soso e incapaz de tirar una cornada, de eso puede dar fe el vestido de torear de “Josete”, el tercer novillero en discordia, que se pegó un arrimón a la mole inmóvil que era este novillo, y en el que, por lo menos nueve o diez veces, se le quedó parado a la altura de la taleguilla, quieto como una estatua, incluso le embestía el torero, con empujones y golpes en el lomo... ni por esas, en ningún momento se le vio intención de tirar una cornadita.

En el sexto más de lo mismo, aunque este novillo mostró una mayor predisposición a embestir. Lalana se lució en un par de verónicas y una media belmontina al recibirlo. En el caballo le dieron de lo lindo y mal. Llegó a la muleta con algo de recorrido, pero el debutante no le encontró la distancia, se colocó fuera de cacho y dudo más de la cuenta, algún pase suelto, pero ninguna serie rematada. Lo mejor de su actuación, y no es poco para un debutante, la estocada con la que cerró el festejo.

Una cosa a destacar, las cuadrillas bien, tanto los banderilleros, de los que tres saludaron desde el tercio, (no recuerdo sus nombres, pero de esto y de alguna otra cosa más pueden enterarse leyendo la crónica que David, bajo el titular “Otra de tantas”, ha publicado en la web de “La Cabaña Brava) como los picadores estuvieron correctos, aunque siempre surge la excepción, como el tercio de varas del sexto, a cargo de Rafael Sauco, barrenando, haciendo la carioca y masacrando al novillo arrinconado contra las tablas. Lo que me llama poderosamente la atención es la diferencia entre la desastrosa lidia que tuvimos que soportar el pasado domingo, con novillos de procedencia “núñez”, y la más que correcta que hemos visto hoy, con novillos de origen “juanpedro”. Aunque quizás ahí este la explicación y la diferencia sea precisamente esa, la procedencia del ganado; a unos, los “juanpedros” los lidiadores, les tienen tomado el pulso, principalmente porque están seleccionados para ser obedientes y solícitos; a los otros, los “núñez”, que en estos tiempos han perdido el favor de los profesionales, no saben como meterles mano y con su presencia todo se desordena. ¡Ah!... y otra diferencia no menos importante, los del domingo pasado no estaban afeitados.

En resumidas cuentas, ¡¡¡un tostón!!! Aunque en la Andanada tuvimos movimiento y colorido. Prueba de ello es la fotografía que acompaña esta entrada, pues cuando el aburrimiento empezaba a hacer mella en todos nosotros, Gregorio ya había merendado, y los niños de Dani ya no sabían donde meterse, Julián abrió su maleta sin fondo, extrajo el hinchador junto con unos cuantos globos y nos llenó el entorno de formas de colores de diferentes objetos, una flor, un collar, una espada, un gorro… a los niños se abrieron los ojos como platos y se desentendieron del aburrimiento, a los mayores nos alivió el final de una plúmbea tarde.

Llegamos a lugar de la tradicional tertulia posterior al festejo y, ¡mala cosa!… todos estábamos de acuerdo. Como siempre, cuando todos estamos de acuerdo a la salida de un festejo... ¡Mala cosa!

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