“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

jueves, 10 de abril de 2008

Miguel de Molina - Sevillanas del Espartero

Quizás este sea uno de los días más apropiados para recordar a Miguel de Molina porque, tal día como hoy, pero de hace 100 años, nació en Málaga, el 10 de abril de 1908, Miguel Frías de Molina. Con el tiempo llegó a ser una primera figura de la copla y rivalizó, en la época de oro de este género, con los dos nombres de mayor peso y enjundia que ha dado la canción española, Conchita Piquer y Juanita Reina. La rivalidad con la primera traspasó los límites de los escenarios y se alargó en el tiempo, porque Miguel pensaba que la “Piquer”, celosa de sus éxitos, había instigado “para que lo echaran de España”. Pasó mucho tiempo hasta que se convenció de la falsedad de los rumores que, con evidente mala fe, alguien había propalado. En los últimos años de su vida reconoció públicamente, en una entrevista emitida en Canal Sur, su error y eximía a la valenciana de aquellas maledicencias. La artista valenciana, cuando escuchó tales declaraciones, dicen que comentó: “¡A buenas horas, mangas verdes, cuando ya tenemos los dos permiso del sepulturero…!”.

Miguel tuvo una infancia alborotada y creció sin disciplina paterna, pues su padre, zapatero de profesión, adolecía de epilepsia y pasaba largo tiempo convaleciente. Fue expulsado de varios colegios, pasó por el reformatorio, se escapó de casa con trece años, se ganaba la vida haciendo los recados de “la madame” de una casa de citas y, desde hacia ya tiempo, había aflorado su homosexualidad. Vivió en Sevilla los últimos años de los veinte y llegó a Madrid en 1930.

Trabajó de camarero en el colmado “Los Claveles”, en la zona de Sol, y de madrugada frecuentaba el “Villa Rosa”, donde se reunían toreros, “cantaores” y gentes del espectáculo. La gracia y la espontaneidad que lo acompañaban, junto con su afición al baile y al cante, le hacían granjearse la simpatía de la concurrencia en aquellas fiestas en la que Miguel bailaba, cantaba, era gracioso, divertido y descarado cuando respondía a las burlas que provocaba su afeminamiento. Cuando desde el público le gritaban: “¡Marica…!”. Él, desafiante desde el centro del escenario, solía contestar: “¡Mejor maricón, que suena a bóveda”. Miguel de Molina nace para el mundo artístico en 1931. Formó pareja con Soledad Miralles, “bailaora” que había abandonado los escenarios tras su boda con Bernardo Ruiz Carnicerito de Málaga, y a los que volvió tras separarse de éste. Formaron pareja de cante y baile y debutaron en el Romea, pasando después al Coliseum. En el Liceo barcelonés fue el “Carmelo” de “El amor brujo” en unas cuantas representaciones. En sus comienzos compartió pareja y cartel con otras artistas como Adelita Durán, Pilar Calvo o Amalia de Isaura y, a partir de ahí, su carrera empezó a tomar vuelo, y su historia a convertirse en leyenda… Pero eso es harina de otro costal y en otro momento le meteremos mano, ahora, para que no se haga interminable esta entrada, centrémonos en un par de aspectos concretos.

Las “Sevillanas del Espartero” fueron incluidas en la película “Pepe Conde”, rodada en 1941, y se convirtió en uno de los mayores éxitos de su repertorio. Miguel de Molina hizo una creación inmejorable, pues salía a escena vestido como un torero, aunque de guardarropía, y adornaba su interpretación con cimbreantes pasos de baile y barrocos pases toreros. La canción, como tantas otras de esa época, es original de esa maravillosa cuadrilla de compositores de copla que fueron Valverde, León y Quiroga.

Manuel García Cuesta El Espartero, nacido en Sevilla el 18 de enero de 1865, fue uno de los toreros con más presencia en el repertorio coplero y, además, fue un ídolo entre las mujeres. Maoliyo, como familiarmente lo llamaba la gente, dejó para la historia del anecdotario taurino, en respuesta a la pregunta de porque se dedicaba a una profesión de riesgo como los toros, la celebre frase: “Más cornás da el hambre”. Tomó la alternativa el 13 de septiembre de 1885, de manos de Antonio Carmona El Gordito, y alternó con los más grandes toreros de su época. El 27 de mayo de 1894, cuando iba camino de la plaza de toros de Madrid para tomar parte en la corrida en la que estaba anunciado, se cruzó con una comitiva fúnebre. Tocó madera y miró de soslayo a su cuadrilla. En el coso de la calle de Alcalá le esperaba el toro Perdigón, de la ganadería de Miura que, ya herido de muerte, lo empitonó por el vientre. Veinte minutos después, en la enfermería de la plaza, El Espartero expiraba. Eran las cinco y cinco minutos de la tarde.

En memoria del intérprete, Miguel de Molina, en el centenario de su nacimiento; en mitad de esta semana de farolillos de la Feria de Abril, en donde las sevillanas reinan, y en recuerdo del protagonista de la canción, El Espartero, uno de los héroes legendarios de la historia de la Tauromaquia, vayan estas:

Sevillanas del Espartero
(Valverde - León - Quiroga)

Las mujeres de Sevilla
merece que se compongan.

Merece que se compongan
las mujeres de Sevilla,
ole, ole, ole, ole,
las mujeres de Sevilla
merece que se compongan.

Merece que se compongan
que se ha muerto El Espartero,
ay, ay, ay, ay,
que se ha muerto El Espartero
para que la quiera ella más.

Vaya una pena que ha muerto
el rey de los toreros de luz,
toca Sevilla entera y se han
teñido los pañuelos de negro
todas las cigarreras.

Al hijo de El Espartero
lo quieren meter a fraile.

Lo quieren meter a fraile
al hijo de El Espartero,
ole, ole, ole, ole,
al hijo de El Espartero
lo quieren meter a fraile.

Lo quieren meter a fraile
y la cuadrilla le dice,
ole, ole, ole y ole,
y la cuadrilla le dice
torero como su padre.

La Maestranza ya ha puesto
luto en sus balcones
y las banderas a media asta
y hasta mandó poner crespones
en los chiqueros de la plaza.

Los toritos de Miura
ya no tienen miedo a nada.

Ya no tienen miedo a nada
los toritos de Miura,
ole, ole, ole, ole
los toritos de Miura
ya no tienen miedo a nada.

Ya no tienen miedo a nada
que se ha muerto El Espartero,
ay, ay, ay, ay,
que se ha muerto El Espartero
y el mejor que los mataba.

Y arsa la guasa que te
metiste en la cocina que te
llenaste telarañas que te
pusiste unos botines que con
los tacones de caña.

1 comentario:

Inés dijo...

La verdad es que no se cómo he llegado hasta su blog, pero la cuestión es que yo también tengo uno.
El objetivo de ambos no es el mismo, ya que yo lo he creado como un trabajo de investigación, el tema del cual es las canciones de posguerra, su análisis y la historia de ésta.
He visto que tiene algunas entradas que me podrían ayudar en mi búsqueda, así que agradecería que me contestara el comentario para poder mantener cierto contacto con usted.
Gracias!