“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

miércoles, 6 de febrero de 2008

¿Quién es ese chalao que está toreando?

Corría el año diecinueve, era un día de verano, hacía calor, ese calor abrasador que hace en esta tierra por la canícula, las piedras, las maderas y los hierros que conformaban mi estructura, quemaban; la arena que cubre el ruedo ardía bajo los pies de los toreros que practicaban toreo de salón. Ese día me viene a la memoria porque ocurrió una anécdota que no se me ha olvidado, además, con el paso tiempo y el desarrollo de los acontecimientos, cobró cuerpo y categoría. Ocurrió que entre los espectadores del entrenamiento, aquella mañana, se encontraba el representante de la empresa, don Nicanor Villa, que preguntó a los que le acompañaban, asombrado por lo que veían sus ojos: “¿Quién es ese chalao que está toreando? Le contestaron que era el hijo de su amigo Joaquín, al que, por el compromiso de la vieja amistad con su padre, había anunciado para la próxima novillada económica de “La Misericordia”. Impulsivo, como era don Nicanor Villa, exclamó con mucho enfado: “Pero qué he hecho yo al anunciarlo, si no sabe ni tener el capote. Ahora mismo voy a la imprenta para que lo quiten del cartel”. Lo pudieron convencer para que no hiciera tal cosa y, de esa forma, mantener su compromiso y no faltar a la palabra dada a su amigo.

Ese “chalao” que estaba toreando era Nicanor Villalta que, recién llegado de Cuba, acudía a entrenarse a mis dependencias en aquella mañanas veraniegas, con vistas a prepararse para su compromiso en la próxima novillada económica en la que compartía cartel con los “Charlot’s”, ese trío de toreo cómico-bufo compuesto por Llapisera, Charlot y el Botones, que hacían reír a la gente con sus payasadas delante de los novillos.

Era un buen tipo Nicanor, se le notaba a primera vista. En seguida se integró en el grupo de los que venían a practicar, Morenito de Zaragoza, Braulio Lausín, Manolo Navarro, Saulo Ballesteros, Robertito y algún que otro banderillero con los que mantuvo una gran amistad. Pero con el que trabó lazos más estrechos fue con don José Gracia -un apellido ligado por muchos años a mi historia y del que tiempo habrá para hablar-, conserje de la plaza, y con su señora doña Rosario, y no digamos con sus hijos, que le hacían de toro en sus entrenamientos y alegraban la monotonía de mis mañanas.

En los ratos muertos, en los descansos del entrenamiento contaba sus historias, eran historias distintas de las que narraban sus compañeros, hablaba de lejanas tierras, de México, a donde había emigrado con la familia en busca de una vida más desahoga, en el momento de ese viaje contaba once años de edad, allí se encontró en medio de la revolución que estalló en aquel país y que lo sumió durante una década en la confusión más absoluta. En medio de aquel caos se trasladaron a Cuba, a trabajar en la recogida de la zafra. También le escuche contar como se hizo torero, como empezó, en el matadero municipal de Distrito Federal, sin tener ni idea de lo que era eso, ni haber presenciado ninguna corrida. Recuerdo de manera especial la narración de la historia de su primera muleta, se la fabricó de tela rayada de colchón, teñida de rojo en la que, a pesar del tinte, se veían las rayas, cuando la vieron sus compañeros de andanzas en el Matadero fue motivo de burlas y risas, pero Nicanor se jactaba de haberles contestado: “Si, si, reíd, reíd lo que queráis que mis apuros y preocupaciones de adquirir el dinero para alquilar la muleta se acabaron”. Esa muleta la conocí porque Nicanor, por el buen resultado que le había dado y las batallas que había resistido sin romperse, le había cogido cariño y la conservaba todavía, la utilizaba para entrenarse en mis dependencias durante los primeros año de su aprendizaje, vi como se fue deshilachando, desgastada por el uso, hasta que quedó inservible.

Pero centrémonos, no perdamos el hilo, estábamos en su presentación como novillero en Zaragoza, que tuvo lugar, como ya he dicho anteriormente, en una de aquellas novilladas económicas que se programaron durante el verano del diecinueve. Pero, antes de ese día, aún ocurrió otra anécdota digna de reseñar y que sería decisiva para su nombre, pues en los carteles, por un error de imprenta, su apellido, que en realidad era “Vilalta”, se había transformado en “Villalta”, y así se quedó para siempre.

El día de la novillada Nicanor se presentó en el espacio de reunión de las cuadrillas, allí ya estaban Llapisera, vestido de frac y chistera, Charlot, con traje negro y un sombrero de hongo y el Botones, con pantalón corriente y chaquetilla blanca. Su llegada fue recibida con malévolas sonrisillas y comentarios en voz baja. La verdad es que tenía una pinta algo estrafalaria, la taleguilla y la casaquilla le quedaban cortas, y eso, sumado a físico -alto de estura, desgarbado y con un cuello demasiado largo-, que no era el más apropiado para la imagen que se tenía entonces de un torero, inducía a la risa. Lo mismo ocurrió durante el paseíllo, la gente no paraba de reír, más tarde le oí comentar a Villalta como vivió esta situación, decía: “Creí que reían al ver un perrito, que acompañaba a los Charlot’s, tirando de un carro y por lo exagerado y grotesco de sus andares. Queriendo y no queriendo miré hacia los tendidos y comprobé que a quien miraban era a mí y yo era la causa de su risa. Sentí un peso que me hacía andar con torpeza de la vergüenza que me daba”.

Después que los toreros bufos acabaran con sus cuatro novillos, le tocó el turno a Nicanor. Hacía mucho aire, como ocurre con asiduidad en esta ciudad, y toreó su primer novillo con el capote recogido, el público ni chilló ni aplaudió, con la muleta lo toreo de mala manera, con la espada le dio dos estocadas, una delantera y otra trasera. El respetable guardó silencio. En el segundo las cosas fueron un poco mejor, incluso sonaron algunas palmas de entre los espectadores al salir el novillo rodado de una estocada.

Así comenzó este torero, de forma tan atribulada, su historia, aunque mejor podríamos situar este festejo en la prehistoria, en mis dependencias, una historia que con el tiempo llegaría a ser gloriosa. En aquel momento Villalta contaba con veintidós años. Había nacido en Cretas, un pueblo del Bajo Aragón, provincia de Teruel, en 1987. Un año después, al regreso de otro viaje a Cuba en donde pasó el invierno recomponiendo, en la zafra, la maltrecha economía que le había dejado su anterior viaje para torear en España, volvió a ser anunciado en Zaragoza, esta vez en una novillada seria, importante, con ganado de Andrés Sánchez, de Coquilla, y con Saulo Ballesteros y Braulio Lausín de compañeros de cartel.

Ese día fue el 16 de mayo, fecha que pasaría a formar parte de la historia de la Tauromaquia porque se produjo la muerte de Joselito en Talavera. Triunfó, a pesar de que los toros de su lote, los dos, fueron devueltos a los corrales, pero en el primer sobrero, un morucho grandote, estuvo muy bien, y en el segundo, un señor toro que produjo una gran aclamación entre el público por su gran presencia, Villalta estuvo hecho un tío, no se amilanó y estuvo bien con el capote y bien en banderillas, y con la muleta, dada su particular forma de torear, se armó un gran alboroto, entre aplausos y aclamaciones, en los tendidos. Una estocada en todo lo alto hizo que el toro, el bravo y buen toro que había sido, saliera rodado sin puntilla. Oreja y salida a hombros. Más de veinte años duro esta relación profesional, hasta bien entrados los años cuarenta, cuando se despidió de los toros en este coso que les habla. Pero esa es otra historia y, no les quepa duda, encontrará su momento, la ocasión, para ser contada.

3 comentarios:

Cárdeno dijo...

¡Ole! Con los Toreros buenos y honraos…, y si son de Teruel, pues mejor.

Salud y suerte.

Anónimo dijo...

Nicanor Villalta, del que Hemingway,a pesar de sus inexactitudes, no puede dejar de admirar su valentía, debía de ser un tipo decidido y duro.Un self made man como tantos toreros célebres. Además, algo tendrá la tauromaquia cuando las limitaciones físicas de determinados toreros se transforman prodigiosamente en valor, orden y estética una vez metidos en la lidia (pienso no sólo en Villalta, sino también en Juan Belmonte).

Un saludo cordial y enhorabuena por su blog, ejemplo de buen estilo y erudición.

Gómez de Lesaca

Almudena Villalta Perea dijo...

Antes de nada dar las gracias al autor del blog por hacer un huequito en su espacio a mi abuelo.

Ha sido una sorpresa bucear por la red en busca de publicaciones sobre mi abuelo y darme cuenta que se le sigue recordando.

Me permito la licencia de poner el enlace de esta entrada en el blog que comienzo hoy "Recordando... a Nicanor Villalta", pues es una buena forma de dar la entrada a la vida y profesión de mi abuelo.

Lo dicho muchas gracias.

Almudena