“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

martes, 3 de junio de 2008

¡¡¡Vaya par de novillos!!!


Una máxima eterna de la tauromaquia volvió a cumplirse el pasado domingo, por desgracia, en la novillada de Zaragoza. “Cuando hay toros, no hay toreros”, sentencia el dicho y, una vez más, así fue. Saltaron al ruedo dos novillos, en 5º, Olivero, y 6º lugar, Caralegre, para emborracharse toreando, para olvidarse de la técnica y dar rienda suelta a la inspiración, dos novillos que, por su presencia, bravura y bondad, eran ideales para practicar el toreo puro, el que emociona y encoge los corazones, el que conecta con público y aficionados y los trasporta a ese estadio de belleza tan anhelado… No fue así porque ocurrió lo que casi siempre ocurre. Los aficionados, y el público en general, fueron impacientándose al observar como, una vez más, se iban al traste las ilusiones concebidas. La materia prima, de primera calidad, estaba en el ruedo, pero los encargados de moldear la obra no sabían trabajar con ese material.

La novillada de la Ganadería de Rehuelga estuvo correctamente presentada, y utilizo este adjetivo para reivindicar que la normalidad debería ser eso, novillos en tipo y astifinos. Los seis cumplieron con esta condición. En cuanto a presencia; unos fueron espectaculares, sobre todo el 5º, y en menor medida el 6º, como nos muestran las fotografías de Josemi; otros bonitos, como el 2º y el 3º; y correctos el 1º y el 4º. En conjunto, fue una novillada igualada y acorde con lo esperado que desarrolló un comportamiento variado y más que interesante. Baste decir, para subrayar este comentario, y no es poca cosa hoy en día, que la función se hizo corta, a mi me lo pareció y lo pude corroborar, a la salida, con la opinión de otros aficionados.

Quizás fuera una coincidencia, pero lo cierto es que los dos novillos de más trapío resultaron los de comportamiento más interesante. Ambos fueron bravos en el caballo. El 5º recibió una primera vara interminable, se enceló en el caballo y tardaron mucho en sacarlo del peto, acudió una segunda vez y cumplió. En la muleta fue superior, sobre todo por el pitón izquierdo, como había dejado adivinar en banderillas. Fernando Tendero, el novillero al que le había tocado en suerte, tardó en enterarse de esta condición, después de un par de tandas atribuladas con la derecha y unos cuantos enganchones, cambio a la mano izquierda y con ello también cambio el curso de la faena. ¿Para bien o para mal? Depende del color del cristal con que se mire. El novillo, al natural, metía la cara con clase y tenía varias series de las buenas, para torear de verdad, para dominar y obligar, para dejarle puesta la muleta y ligar los pases, cuatro, cinco, seis… los que fueran, los que el saber y el poder del aspirante hicieran posibles, porque el novillo tenía cuerda y, además, era tan clara la condición, tanta la bondad del novillo… que hasta el público se percató… y eso es lo malo en estos casos. Todo se quedó en una serie de tandas, más o menos ligadas que incluso, hacia el final de la faena, fueron musicadas. Una estocada baja acabó con Olivero, que en el arrastre fue ovacionado, y con la ilusión de los aficionados, pero aún quedaba uno y la esperanza, en los toros, es lo último que se pierde.

Y, por fortuna, así ocurrió. El 6º, medio punto por debajo en trapío que el anterior, quizás porque era seis meses más joven, ofreció un comportamiento mejor en el caballo, podríamos poner medio punto por encima, tomando una primera vara larga, metiendo la cara y empujando con los riñones, en la que sacó a caballo y jinete más allá de las líneas blancas, hasta el tercio, y sin dejar de empujar lo volvió a llevar hasta su sitio, entró a una segunda vara en la que cumplió con creces. En banderillas se vino arriba, y con él los de turno, sobre todo Bernardo del Valle "Vallito", que se cuadró, citó, dejo venir al novillo, lo cuarteó con elegancia, prendió en todo lo alto y salió del encuentro airoso y garbosamente. Se desmonteró, gustándose y cargando la suerte en el saludo, junto con Alfonso Carrasco que, aún por debajo de su compañero, también lo hizo bien. En la muleta el novillo aún fue mejor que el anterior, embistiendo con claridad y largura por los dos pitones, pero el novillero al que le cayó en suerte, o en desgracia, Diego Lleonart, le arruinó la tarde a él y a todos los presentes. Si Tendero había compuesto, más o menos, una faena que le valió algunas ovaciones, petición y una vuelta al ruedo; Lleonart no se enteró, o lo que es todavía peor, no supo. Dio pases y más pases sin sentido, despegado y fuera cacho, más obligado por las nobles embestidas del propio novillo que por su planteamiento de faena. El público veía como, por segunda vez en una misma tarde, el excelente novillo que cerraba la tarde se iba al desolladero sin torear. ¡Maldito toreo moderno! Con la espada pegó un mitin. Dio una vuelta al ruedo pegando sablazos, hasta cinco, y descabellos, hasta que el novillo, aburrido, fue a morir a los medios, y con la boca cerrada.

Este mismo diestro tuvo la suerte de cara, o de espaldas, según se mire, porque el primero de su lote, el 3º, salvo el defecto de embestir con la cara alta, fue noble hasta decir basta. Tampoco lo aprovechó. De haber estado a la altura de sus dos novillos podía haber conseguido un triunfo grande, lo tuvo en la mano. Lo que consiguió fue mostrar sus carencias y hacer realidad otra vieja máxima de la tauromaquia, “los buenos toros descubren a los malos toreros”, así fue, una vez más se cumplió el dicho.

El 2º, bonito, encastado, con nervio, creo más problemas que sus hermanos, aunque si hubiese recibido una lidia más ordenada podría haber sido distinto su comportamiento posterior. Desde que saltó al ruedo estuvo campando por sus respetos; no hubo forma de fijarlo, antes de la primera vara recibió un montón de mantazos, a cual peor; acudió por libre al montado de turno y tomó dos varas por su cuenta; en banderillas, más de lo mismo, carreras y descontrol. En total… llegó a la muleta enterándose y mirón, los apuros en los que puso a Tendero vinieron más por quedarse el novillero descubierto y descolocado después de cada pase que por la peligrosidad del novillo, necesitaba dominio y mando y se encontró con pases sueltos y deslavazados. ¡Maldito toreo moderno!

Alberto Lamelas tuvo peor suerte con su lote, el 1º fue el más complicado, miraba y cortaba el viaje por los dos lados, se despistaba con cualquier movimiento en el callejón, amenazaba con la cornada pero no la tiraba... quizás tuviera un problema en la vista. El novillero pudo equivocarse al comenzar la faena con un pase cambiado en el que el novillo lo vio y casi lo arrolla, se libró por los pelos, a partir de ese momento el utrero se descompuso del todo y el novillero también. El 4º, que de por sí era el de menor presencia del encierro y, además, dejó entrever algún atisbo de mansedumbre, fue masacrado en el caballo, y no es que el picador se ensañara con él, fue limpiamente, cuando el novillo acudía, con alegría, a su primera vara, recibió un lanzazo tremendo en el costado que lo derribó fulminantemente. El novillo se repuso de la agresión pero quedó inválido para la lidia. Lamelas se lució en un quite que fue aplaudido, dos verónicas y la media, en el de la jotica.

Al salir de la plaza, desencanto y alegría. Desencanto al comprobar que las máximas eternas de la tauromaquia se siguen cumpliendo y que la excepción que las confirma no hubiera tenido lugar, esa tarde, en Zaragoza. Que le vamos a hacer, otra vez será, pero no por eso no voy a dejar de maldecir el toreo moderno, el que obnubila las mentes de los toreros y les cierra los ojos ante los toros buenos. Es un cáncer, tanto o más grande, que la manipulación fraudulenta del ganado. Alegría de haber presenciado una novillada bien presentada, astifina, encastada, brava, que dio juego, ofreció posibilidades de triunfo y desenmascaró las carencias de los novilleros. Pero, sobre todo, porque me deja el recuerdo de dos novillos sensacionales, Olivero y Caralegre, de la Ganadería de Rehuelga, que se fueron sin torear. ¡¡¡Vaya par de novillos!!!

Nota: Para los que estén interesados, en la página Web de "La Cabaña Brava" están alojados los "Vídeos de los novillos Olivero y Caralegre", a los que se hace referencia en la presente entrada.

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