“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

domingo, 16 de marzo de 2008

Pensamiento único

En el primer párrafo del prólogo del libro de Felipe Garrigues, “¿Suspiros de España? La Fiesta ante el siglo XXII”, escribe Luis Francisco Esplá:

“Con solo un reloj se sabe cierto la hora que es; con dos, uno ya no esta tan seguro. Esto ocurre también en los tendidos de las plazas de toros: no es raro ver al vecino de mi “coten” desbocándose en “olés”, mientras el del otro lado se deshace en murmuraciones acerca de la poca vergüenza del matador. Y si uno no anda sobrado de criterio, conocimiento y experiencia, lo normal es que al final tenga serias dudas en torno a lo visto.”

En este párrafo, concretamente en sus dos primeras frases, se encierra una de las premisas fundamentales del mundo de la información. Si tan solo existe una versión de los hechos esa, sin duda, será la verdad.


Los medios que se ocupan de los asuntos taurinos, desde siempre, han tenido y siguen teniendo muy clara esta idea, la historia de la tauromaquia esta llena de ejemplos que pueden corroborar esta afirmación, en este Blog alguna vez se ha tratado de ello y, con seguridad, se volverá a tratar en otras ocasiones. Pero no es objeto de esta entrada; ni detenernos en teorizar sobre el papel que juegan los medios que se ocupan del mundo de los toros; ni enredarnos en contar alguna de las historias que puedan ilustrar este comentario, seguro que por la cabeza de ustedes, estimados los lectores, ya ronda alguna. Prefiero extenderme en la segunda parte del párrafo y referirme a la influencia que, sobre los espectadores ocasionales de feria que acuden a las plazas, tienen las opiniones que se escuchan en los tendidos.


El pensamiento único que se esfuerzan en introducir los profesionales de la información y la propaganda taurina, en los citados espectadores ocasionales de feria, sobre los valores de la “nueva torería” y los “toros que sirven”, se puede derrumbar como un castillo de naipes ante las razones claras y contundentes que exponemos los aficionados desde nuestras localidades. De nada sirven los sesudos artículos y enjundiosos estudios sobre los toros y toreros actuales, ni las campañas publicitarias: cuando el toro se derrumba o presenta los pitones sangrantes; cuando el picador de turno masacra al toro en un primer puyazo salvaje e interminable, con el consentimiento de su jefe de cuadrilla, y lo inutiliza para la lidia; o cuando los toreros dan el petardo porque su disminuido enemigo se ha quedado más vivo de lo previsto. Tardes que se presentaban como gloriosas y en las que la plaza se ha llenado de espectadores dispuestos a ver la octava maravilla del mundo, se han convertido en una odisea para los taurinos ante las objeciones de algunos sectores de aficionados presentes en el festejo. Tan solo tenemos que recordar las continuas campañas de intoxicación dedicadas por la prensa taurina, por toda en general, al “7 de Madrid”, o a cualquier grupo de aficionados, en cualquier plaza, que con sus protestas les arruinan la que suponían gloriosa tarde. En algunos sitios, como en Zaragoza, desde donde escribo, han llegado a enviar provocadores y matones cerca de los grupos de aficionados más significativos que no han dudado en llegar a las manos.


¿Por qué esa saña y esa contundencia en combatir los reducidos sectores de aficionados que manifestamos nuestra opinión libremente en la plaza? ¿Tanta influencia podemos ejercer con nuestra limitada protesta? ¿Tan frágiles son sus razones? ¿Tanto esfuerzo explicativo, tanta inversión propagandística, tanta descalificación hacia los aficionados cabales, sirve para tan poco?


Si señores, porque una Fiesta que ha vivido de la controversia, del contraste de pareceres, de la opinión subjetiva que a cada uno nos produce lo que contemplamos en el ruedo, que es donde reside la grandeza y la fuerza de este espectáculo, no admite la uniformidad y el pensamiento único que pretender imponer los modernos teóricos de la ciencia de torear. Por eso los aficionados somos peligrosos, estorbamos, somos un obstáculo para sus planes y nos tratan, paradojas de la vida, a los que defendemos la Fiesta en su integridad, autenticidad y justicia, como enemigos, porque con nuestra simple y reducida critica en la plaza podemos estropear su trabajo de lavado de cerebro del nuevo espectador que acude a los toros y “no anda sobrado de criterio, conocimiento y experiencia” y podemos inducirlos a “que al final tenga serias dudas en torno a lo visto”.


Si en vez de hacer tanta propaganda y tratar de recoger tantos beneficios inmediatos se preocuparan en defender la pureza de la Fiesta y en educar a los espectadores ocasionales, en hacerles “entender” los fundamentos de la tauromaquia, en explicar su grandeza y los valores que encierra, quizás no recaudaran tanto, ni tan rápidamente, pero asegurarían su negocio por mucho más tiempo y, a la larga, acabarían ganando más. Entonces, los aficionados pasaríamos de ser sus más acérrimos enemigos a clientes preferenciales y, con mucho gusto, colaboraríamos, con nuestros conocimientos y disposición, en la difusión y engrandecimiento de esta Fiesta que es parte de nuestra cultura y de nuestra vida.

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