“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

miércoles, 4 de marzo de 2009

LA MEDALLA

Para hacer arte con un toro lo primero que se necesita es un toro, pero un toro de verdad. Esa es la premisa primera y fundamental que, por desgracia, casi nunca se cumple. Lo que normalmente suele salir por los chiqueros de las plazas de toros, aunque tenga su apariencia, no es un toro.

Para hacer el arte del toreo se necesita un toro íntegro y con poder. Que dé miedo, que imponga respeto y que traiga la incertidumbre y la emoción a los tendidos con su simple presencia. Un toro con ese aspecto es la primera condición para que fragüen los cimientos de una posible obra de arte, y si cumple en los distintos tercios de la lidia como es debido, el basamento de esa obra que pueda crease tendrá más solidez. Pero si el toro, además, es bravo y embiste con rectitud, tendremos puestos los cimientos de la posible obra artística. Con un toro así el torero que lo intente puede estar bien o mal, pero seguro que tendrá el reconocimiento de la afición, pero si además de lidiador y conocedor de la técnica es artista y, por la gracia de su arte, se inspira en ese preciso momento, puede producirse el milagro de la maravillosa, aunque fugaz y efímera, obra de arte del toreo, esa obra que solo puede darse si confluyen, a la misma hora y en el mismo sitio, el toro idóneo y el torero adecuado.

Una de las caracteristicas que definen a un aficionado es la de ser un soñador, una persona que tiene un sueño, la visión de una faena perfecta en su mente, y la persigue, la busca incansablemente por los diferentes festejos taurinos a los que asiste. La esperanza de que ese sueño se convierta en realidad en la próxima corrida, en el próximo toro, o en el último de la tarde es lo que lo lleva a presenciar todos los festejos que estén a su alcance presenciar. Esa esperanza que nunca le abandona, al contrario, es ella la que le guía, la que le programa, la que le da fuerzas para seguir en la búsqueda interminable de ese arte efímero que sólo se puede producir si en una plaza de toros coinciden, un mismo día y a una misma hora, un toro con las condiciones adecuadas y un torero inspirado. Esa esperanza, tan maltratada por la tozuda realidad; ese sueño, tan difícil de que se convierta en realidad; esa anhelo de ver con tus propios ojos “ese dibujo en el aire”, como definía Pepe Luis Vázquez el arte del toreo; es lo justifica, para uno mismo, su condición de aficionado.

Vienen a cuento estas reflexiones, aunque no lo parezca, a raíz de la concesión de una de las medallas de las bellas artes, que cada año otorga el Ministerio de Cultura, a un torero que suele desparramar el “arte” que le ha hecho merecedor de la consabida “medallita” por plazas de segunda y tercera categoría y ante simulacros de toros sin fuerza, ni cuernos, ni nada de lo que debe tener un toro de lidia. En esas circunstancias, y teniendo en cuenta lo dicho anteriormente, es imposible que se pueda producir arte de ningún tipo. Y para abundar un poco más en los datos del agraciado, de este torero no se recuerda ninguna faena importante en ninguna plaza importante ni ante ningún toro importante. Con esta medalla flaco favor se le hace a la Fiesta, porque lo que se premia es un simulacro que nada, o poco, tiene que ver con el auténtico arte de lidiar toros. Al despojarla de los valores que la han mantenido vigente más de dos siglos, como son la diversidad, el peligro y la emoción, la llamada fiesta de los toros se convierte en un espectáculo de entretenimiento mentiroso, vulgar y chabacano que nada tiene que ver con los bellas artes.

De un Ministerio de Cultura que engloba a los toros dentro del apartado de la “antropología” y concede medallas, más que por méritos, por pedigrí, poco podemos esperar, ni los aficionados, ni la Fiesta de los Toros. Pero los profesionales, todos los que viven de esto, no se deberían descuidar porque los más perjudicados por decisiones y comportamientos como estos son ellos mismos. Ellos deberían ser los primeros en tomar cartas en un asunto que se les puede ir de las manos, porque la pantomima en que se esta convirtiendo esta fiesta, con su participación y aquiescencia, la está llevando a una situación limite y de posible no retorno. Premios como este devalúan todavía más la profesión y la convierten en un trabajo vulgar, más propio de comediantes y titiriteros de la “prensa rosa” que de auténticos héroes que, como los deportistas de élite, es a lo que deberían aspirar los toreros. Para recuperar ese prestigio, para que esta Fiesta retorne con fuerza a la autenticidad y la emoción cada vez más escasa -en un momento que entre los espectadores de cualquier tipo se aprecian, y se pagan, los deportes de riesgo y de élite- debe ser de verdad, con un toro con poder que imponga respeto y un torero al que se le reconozca el valor y el mérito de ponerse delante y que, en la medida de lo posible, intente dominarlo y así puedan darse las circunstancias para dibujar unos trazos efímeros en el aire.

Por eso es preocupante que, ante la tamaña tomadura de pelo de la "medallita", todos los profesionales -salvo uno, Morante de La Puebla- hayan mantenido la boca cerrada. Y aunque el de La Puebla no se distinga por torear muchos toros como los descritos, a veces, porque tiene la gracia del arte, y en algunas ocasiones, cuando se le enciende la llama de la inspiración, ha dejado pinceladas, detallitos... que han llegado a calar en los aficionados, y no es que quiera decir con esto que la medalla debería haber sido para Morante, ni muchos menos. Una distinción de esta categoría debería premiar lo excepcional y estar avalada por muchos más méritos, una trayectoria mucho más dilatada y el reconocimiento unánime de los aficionados y profesionales.

Seguramente muchos profesionales piensen de forma parecida, pero ninguno se ha atrevido a decirlo, ellos sabrán por qué, pero eso también es torería, esa condición tan olvidada hoy en día y tan escasa entre los profesionales actuales, decir las cosas por su nombre. Morante de la Puebla es el único que ha salido a los medios y ha ligado dos verónicas y una media como mandan los cánones en una frase que suscribo totalmente: «Que le den la medalla a cualquier mérito, porque todos los toreros lo tienen, pero las Bellas Artes son otra cosa. Claro que no todo el mundo puede percibir el toreo ni sentir el arte. Esta decisión es una vergüenza». Más claro no se puede decir.

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