“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

lunes, 23 de enero de 2012

ENRIQUE ASÍN CORMÁN

Se ha muerto Enrique Asín. Se ha muerto un gran aficionado. Otro más. Un aficionado de los imprescindibles. Hacía tiempo, años, que ya no iba a los toros. Él, que había hecho de esta fiesta su pasión dentro y fuera de la plaza, con todo el dolor del mundo, dejó de renovar su abono en el Tendido 1 de “La Misericordia”, una localidad que había heredado de sus antepasados, por aburrimiento. Porque esta fiesta no era la que él quería, por la que él sentía pasión y a la que le dedicaba su tiempo y su dinero. Muchas veces le oí decir que aquí, en esta Fiesta nuestra, en estos tiempos, “lo que hace falta son cornadas”. Y no le faltaba razón al dictar esta metafórica sentencia porque, como cualquier aficionado cabal, no es que asistiera a la plaza para ver coger a los toreros pero, hace falta que en el ruedo haya peligro, miedo, y que eso, el peligro y el miedo, se sienta desde el tendido, que la emoción que ello produce te mantenga en vilo, pendiente en todo momento del juego del toro y del lidiador porque, esta Fiesta, sin peligro, sin poder en los toros para dar cornadas, no es la Fiesta grande que  se ha mantenido en candelero, contra viento y marea, desde hace siglos. El arte, lo bello, lo te te conmueve, te pone los pelos de punta y te hace amar esta Fiesta por encima de todas se da si surge del peligro, de la tempestad del toro bravo y con poder. El toreo es grande y sublime cuando, como decía Domingo Ortega, el torero es capaz de convertir esa tempestad en brisa suave y acariciadora. Pero la Fiesta actual no es la que Enrique soñaba. Por eso se fue. Se refugió en su museo, en sus libros, en sus dibujos, en sus recuerdos, hasta que la vida, primero, le volvió la espalda, y luego se le empezó a marchar como si una cornada en la ingle le hubiera abierto un boquete imposible de cerrar.

Lo conocí en su “Museo Taurino”. Su afición era tanta que se dedicó ha invertir en cuantos objetos relacionados con los toros pudiera adquirir: trajes, carteles, utensilios de la lidia, libros, cabezas de toros, documentos, música, películas, revistas… Allí pasaba, como vulgarmente se dice, las horas muertas. Cada viernes al anochecer se reunía una tertulia de viejos y jóvenes aficionados, los unos ensañaban y los otros aprendíamos. Alguna vez acudía algún aficionado de renombre de la ciudad, de los que no eran habituales, o alguno que, por el motivo que fuese, pasaba por Zaragoza. Allí se hablaba de toros, se comía y se bebía hasta altas horas de la madrugada. Para los nuevos, era un escuela de lujo para conocer la grandeza de esta Fiesta y aficionarse a ella con sólidos fundamentos. En aquellos años de mitad de la década de los noventa, cuando junto con unos amigos empezamos a frecuentar la tertulia, Enrique, junto con otros aficionados, acaban de crear la “Unión de Abonados de Zaragoza”, que fue uno de los primero movimientos de los aficionados en defensa de la Fiesta de los Toros y los derechos de los aficionados. Entre otras actividades, publicaban una cuidada revista taurina de nombre “Kikiriki”. Allí se miraba con lupa lo que acontecía en la Fiesta y sus alrededores y, sobre todo, en nuestra plaza de “La Misericordia”. Fue un ejemplo a seguir y, de allí y entonces, surgimos un grupo de aficionados -lo que luego sería la A.C. “La Cabaña Brava”- dispuestos a seguir luchando para que esta Fiesta, la que nos enseñaron Enrique y demás tertulianos habituales, siguiera manteniéndose con toda su integridad y autenticidad. 

Hoy, 23 de enero de 2012, cuando tan solo contaba 64 años de edad, ha muerto Enrique Asín Cormán. Demasiado joven para lo que todavía podía y tenía que vivir y enseñar. De lo veteranos aficionados que eran habituales en la tertulia de los viernes en su Museo Taurino, ya son varios los que nos han dejado. Así, a bote pronto, recuerdo a Anselmo, o a los que aparecen en esta fotografía, tomada en plena tertulia del Museo un viernes cualquiera, que son, de izquierda a derecha: José Manuel de la Cruz, Paco Civera y Javier Sarría, descendiente de la legendaria ganadería navarra de Zalduendo. Todos ellos aficionados cabales, íntegros e insustituibles, de los que nos harían falta en estos momentos de zozobra de la Fiesta. Los que aquí seguimos, aún a pesar del aburrimiento al que nos condena el lamentable estado del actual espectáculo taurino que -como a Enrique en su día- nos invita a marcharnos definitivamente de esta farsa, trataremos, en su memoria, de seguir la lucha por la recuperación de la Fiesta de los Toros que ellos nos enseñaron. Descanse en paz Enrique y que, allá donde sea, siga la Fiesta y la Tertulia con los que se marcharon antes.

3 comentarios:

mentolado dijo...

Amén, Mariano

Cárdeno dijo...

Que recuerdos..., lo que aprendimos en su Museo, que personas mas cabales....
Descansa en Paz Enrique.

Fernando Manogué dijo...

Que pena me da ver como se nos van marchando los buenos y grandes aficionados.Los doctores José Manuel de la Cruz y Francisco Civera y ahora el querido y admirado Enrique Asin, con los que aprendí a amar la fiesta de los toros, pero sobre todo a amar al toro bravo,al toro integro, sin manipulaciones, cuanto aprendí de estos excelentes aficionados.Descansen en paz todos ellos.