“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

jueves, 19 de mayo de 2011

JIMÉNEZ FORTES Y VÍCTOR BARRIO: NO CAMBIÉIS

Lo que con más nitidez recuerdo de cuando, siendo niño, mi padre me llevaba a las novilladas que se daban en la Plaza de “La Misericordia”, es la imagen de los novilleros cuando terminaba el festejo -si no acababan antes en la enfermería- con el traje destrozado y manchado de sangre. Esa imagen está en los cimientos de mi afición a los toros, sin tener una idea clara de los que era esta Fiesta en aquellos momentos, quedaba grabada a fuego en mi memoria, la entrega, las ganas, la desesperación, la heroicidad… de aquellos muchachos por forjarse un nombre de torero. Es algo que, arrinconado por el montón de banalidades en la que se ha convertido la Fiesta de los Toros en la actualidad, casi tenía olvidado. La ceguera producida por el espejismo mentiroso de la tauromaquia, vacía, falsa y aburrida del momento, casi había conseguido que olvidara aquellas imágenes legendarias de novilleros con el traje echo harapos, magullados y ensangrentados. Por sorpresa, esa imagen la volví a recuperar hace un par de días viendo a dos aspirantes a ser toreros, Jiménez Fortes y Víctor Barrio, que salieron a la plaza de Madrid como deben salir los novilleros, a jugarse la vida para conseguir un triunfo y que su nombre suene.

Es un soplo de esperanza. Viendo como esta el actual escalafón de toreros, instalados en la comodidad del toro moderno, ver novilleros que vienen empujando y jugándose el tipo, sabiendo que para llegar de verdad a los tendidos hay que generar emoción y, para que ello ocurra, es preciso un toro que embista, mejor o peor, pero que embista con algo de codicia y poder, no como el semoviente que se lidia en la gran mayoría de las corridas que, más que miedo, da pena. Para llegar al tendido, es preciso que el espectador advierta el riesgo de ponerse delante de un toro de verdad y tratar de torearlo, ese es el ingrediente fundamental de la emoción. Que el espectador sienta miedo de ver al diestro enfrentarse a un enemigo poderoso, con sus peculiaridades y características determinadas, y se juegue la vida para conseguir dominarlo y torearlo. Eso es la emoción. Y de este ingrediente, imprescindible y fundamental para fijar la atención del público, es de los que anda más que escasa la “nueva tauromaquia”. El tipo de toro requerido para este tipo de fiesta es el contrario del que puede ofrecerla. La emoción tiene que ver con la casta y el poder, cosa de la que huyen, como de la peste, los toreros actuales. En lo que llevamos de temporada, es mínimo el bagaje de lo ensalzable, demasiado escaso para las exigencias e imposiciones de los “profesionales del toro”, lo abultado del precio de las entradas y la escasa rentabilidad que saca el público que acude a la plaza de toros.

Es por lo que titulo este artículo con una petición, porque el soplo de aire fresco para mi afición que significó ver a Jiménez Fortes y Víctor Barrio jugarse el tipo a cara o cruz, el pasado 16 de mayo en Madrid -91 años después de la muerte de “Joselito”, por el que, siguiendo la tradición, se guardó un minuto de silencio al comienzo de la novillada-, ante una difícil y exigente novillada santacolemeña de “Flor de Jara”, además de hacerme recuperar imágenes y sensaciones casi olvidadas, significó un soplo de esperanza de cara al futuro. La emoción la debe poner el toro, pero el torero también debe poner de su parte, en el actual escalafón de figuras, acomodado al toro colaborador, es algo olvidado… el simulacro es demasiado flagrante, las excusas demasiadas y demasiadas las facilidades… les da lo mismo porque tienen la temporada repleta de fechas desde antes de empezar. Pero el público se aburre una y otra tarde, y eso es mala cosa, lo peor que le puede ocurrir a quien va a los toros. Por eso pido a Jiménez Fortes y Víctor Barrio que no cambien, que se olviden de los cantos de sirena de los apologistas del toreo moderno, que sin duda alcanzaran sus oídos, y que sigan por el camino que se trazaron en el coso venteño en su actuación del pasado 16 de mayo del 2011, donde nadie se aburrió, porque ese es, no sólo el camino de su éxito personal, si no el que debe de seguir la Fiesta de los Toros para recuperar el favor y la atención del público y de los aficionados.

Aunque el gesto de este par de novilleros haya quedado sepultado por el triunfalismo de los días posteriores con la aparición de los "figuras" y "sus toros", quiero volver a recordarlo pues, ver su actuación, significó una vuelta a los orígenes de mi afición taurina, cuando desde la andanada de "La Misericordia" contemplaba a esos novilleros de entonces volver una y otra vez ante la cara del novillo, sin preocuparse de su integridad física ni mirarse el traje una sola vez, con la única obsesión de conseguir el triunfo al precio que fuese.

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