“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala

miércoles, 30 de abril de 2008

El peligro de la comparación

En la “Corrida Concurso de Zaragoza” se pudo comprobar que la suerte de varas bien realizada es posible, que tan sólo hace falta que los profesionales encargados de ello la realicen según debe ser. También se puso en evidencia que, cuando esto sucede, el público en general, no sólo los aficionados, se emocionan con su ejecución y los aplausos, como impulsados por un resorte, surgen de sus manos como un torrente incontenible. Igualmente podemos afirmar que lo que en la mayoría de las veces es un tercio sanguinario reprobado por la mayoría de los asistentes a los festejos, conlleva en sí mismo una gran belleza plástica que produce sensaciones difíciles de olvidar por el afortunado que lo contempla cuando se hace según mandan los cánones de la suerte de picar toros.

También podemos deducir que tan bello espectáculo, como es el tercio de varas, no sea del agrado de los profesionales del taurinismo, porque si se le da la importancia que por si mismo tiene al auténtico protagonista del espectáculo, que no es otro que el toro y, en vez de masacrar al animal para destruir su poder y evitar o minimizar posibles riesgos, se mide el castigo, se le pica en el sitio recomendado, se le ahorma y predispone para el resto de los tercios, muchos de los profesionales que hoy por hoy se llevan la mayor parte de los beneficios no estarían en este negocio pues, ni por condiciones, ni conocimientos tendrían la capacidad de ejercer la profesión que ejercen.

Pero el mayor riesgo que conlleva para los taurinos un espectáculo como el vivido el pasado día 26 en el coso de “La Misericordia” de Zaragoza, es la posibilidad de poder compararlo con lo que viene siendo habitual en la práctica totalidad de las plazas de toros y, siguiendo esta lógica, que el público y los aficionados exijan esa otra forma de hacer las cosas, porque según lo visto el pasado sábado, es posible si así lo quieren los profesionales. La fiesta adulterada que nos ofrecen en la actualidad no resiste la comparación con la Fiesta íntegra y auténtica que reclamamos los aficionados, de la misma forma que el aburrimiento habitual de la mayoría de los festejos que se programan en la actualidad no la resisten con la emoción y la belleza de la Fiesta en su plena manifestación.

Quizá por eso no sea tan extraño que los periodistas ligados, por las razones y los intereses que sean, al negocio taurino y que en la actualidad son la mayoría de los que se ocupan de hacer las crónicas de los festejos, no tengan el decoro de hacer honor a su profesión e informar con la máxima veracidad de lo que realmente sucede en el ruedo. Esto es lo que ocurre en casi todos los medios de comunicación que se dedican a informar de toros y, por desgracia, también es lo que ha ocurrido con la información de la “Corrida Concurso de Zaragoza” que han ofrecido los medios locales, y no entro en la opinión subjetiva que el espectáculo taurino produce en cada uno -público, aficionados y periodistas-, sino en faltar a la verdad, falsear los datos y escribir pensando en la defensa de unos intereses que nada tienen que ver con los de los consumidores del espectáculo de los toros.

Pero de este tema, por su cercanía y gravedad, me ocuparé con más amplitud en otra ocasión, tiempo habrá para ello, por ejemplo, el día en que se magnifiquen positivamente acontecimientos que estén en el límite de lo permitido o rayen en el fraude y, tengan ustedes por seguro, que no tardarán mucho en producirse. Ahora, y para dar por finalizada esta entrada, querría apuntar con rotundidad que las falsificaciones que pretender vendernos como auténticas los voceros mediáticos de los taurinos no resisten ni un momento la comparación con la Fiesta Íntegra, Auténtica y Justa que exigimos los aficionados.

domingo, 27 de abril de 2008

Un soplo de esperanza

Ver como la inmensa mayoría de los asistentes -casi media plaza- se rompen las manos de aplaudir a un toro que se arranca al caballo por tercera, por cuarta, por quinta, por sexta vez, acudiendo al cite desde una distancia cada vez mayor, yendo a más y creciéndose al castigo, es un soplo de esperanza que aviva la mortecina llama de la Fiesta. Eso ocurrió en la Corrida Concurso de Zaragoza que tuvo lugar en el día de ayer, 26 de abril de 2008, y sucedió al menos en dos toros, uno de Prieto de la Cal que tomó 6 puyazos, y otro de Fuente Ymbro que recibió 5.

Cansado de asistir a corridas de toros, en plazas de primera, en la que es práctica habitual, ante la indiferencia general del público, un primer puyazo demoledor y un segundo de compromiso, había llegado a pensar que esto era una situación irreversible y que la suerte de varas no interesaba para nada a la concurrencia, que una suerte tan espectacular y emocionante, si se realiza en regla, estaba en fase de extinción y con ella el futuro mismo de la Fiesta.

Ayer pude comprobar que esto no es así, que puede ser una situación reversible, que si el interés del público lo reclama, si exige que picadores y toreros la realicen como debe ser y, de esa forma, esta suerte recupere el protagonismo que nunca debió perder, es posible que vuelva a cumplir la función para la que fue creada y con ello aporte la emoción y la belleza que conlleva.

Del desarrollo de la corrida y los matices destacables de la misma otros escribirán con más detalle y sabiduría, incluso es posible que yo mismo, cuando se posen las sensaciones y las emociones, me atreva a escribir algunas líneas. Lo que quiero reflejar en esta reflexión precipitada es que la actitud del respetable -casi media plaza- rompiéndose las manos de aplaudir a un toro que se arranca al caballo por tercera, por cuarta, por quinta, por sexta vez, acudiendo al cite desde una distancia cada vez mayor, yendo a más y creciéndose al castigo, es un soplo de esperanza que aviva la mortecina llama de la Fiesta.

jueves, 24 de abril de 2008

II Encuentro de Aficionados

- Hola don Pepe.
- Hola don José.
- ¿Cómo usted tan pronto por aquí?

- Pues mire, voy a la reunión que han convocado los del “Manifiesto de Aficionados” en el Aula Cultural de la Plaza de Toros.
- Importante debe ser esa reunión para que madrugue usted tanto, nunca antes lo había visto a tan tempranas horas por estos andurriales, pues jamás viene usted al sorteo ni a ver lo que se cuece en los corrillos de los taurinos. ¿Y de qué va ese acto que tanto le interesa?

- Sobre la suerte de picar, pues el lema bajo el que se convoca así lo dice: “La suerte de varas es el eje de la lidia”.
- Bonita frase, don Pepe, bonita frase… pero en los tiempos que corren esa suerte no tiene mucha importancia que digamos, es más, incluso me atrevería a afirmar que a los espectadores de los festejos taurinos no les interesa mucho esa fase tan violenta de la corrida. Ya sabe, los gustos cambian y…

- ¡Pero que me dice usted, don José! Si, además de ser uno de los momentos más emocionantes y espectaculares de la lidia, ha sido, desde siempre, la forma de medir la bravura de los toros y la piedra de toque en la que se han basado los ganaderos para la selección de su ganado. Lo que pasa es que, en estos tiempos, ha degenerado tanto y se realiza de forma tan calamitosa que da lástima y pena contemplar su ejecución…
- En estos tiempos, con los adelantos de la ciencia y la genética, la selección se hace de otra forma, con otros métodos y, antes que la bravura, se buscan otras cualidades en los toros; nobleza, toreabilidad, colaboracionismo con los artistas que se visten de luces… ya me entiende usted…

- Claro que lo entiendo, don José, demasiado bien lo entiendo… Ahora me dirá usted lo del toro artista, ese tipo de animal inválido, aborregado y obediente que se han inventado los ganaderos y que, más que toro, parece una babosa…
- No se pase de frenada, don Pepe, que todos los toros tienen su peligro…

- … Y con la ruina de toros que saltan al ruedo en la actualidad, la suerte de varas, salvo para machacar inmisericordemente a los pocos que, por casualidad, todavía conservan una pizca de fuerza, no sirve para nada, es un mero simulacro y, como sigan las cosas por ese camino, muy pronto se planteara la conveniencia de su desaparición pues, además de la violencia y la presencia de la sangre que lleva implícita, tampoco cumple con otro de los requisitos que avalaban su existencia, como es el de ahormar el toro para los sucesivos tercios de la lidia, pues el toro ya sale convenientemente ahormado de los chiqueros y…
- No sea usted bruto y mal pensado, don Pepe, que las cosas no son como usted las pinta, además estará de acuerdo conmigo en que el público que ahora asiste a las corridas tiene otra mentalidad y una sensibilidad...

- ¡Buenoooo! Ya estamos con la sensibilidad… Por ahí se abre la puerta que nos conduce hacia su abolición, luego vendrán las razones consiguientes; que si el público de ahora no esta acostumbrado a presenciar semejantes dosis de violencia; que si es una práctica salvaje que resta belleza al conjunto del espectáculo; que si los antitaurinos; que si los niños...
- Pero no me dirá usted que…

- Lo que le quiero decir es que la fiesta de los toros es así, con sangre, con violencia… vamos… como la vida misma, y no podemos cerrar los ojos ante esa realidad. Si le quitamos esos ingredientes se queda en nada, se convierte en una pantomima, en una función de ballet con un toro amaestrado y solícito que nada tiene que ver con lo que ha sido este espectáculo desde sus inicios y que lo ha mantenido vigente desde hace siglos…
- Ya veo que ustedes, lo que apoyan ese “Manifiesto” del que me habla, están anclados en un pasado que poca relación tiene con las inquietudes de la sociedad de este siglo recién estrenado, son unos intransigentes, unos retrógrados que viven en otra época que nada, o poco, tiene que ver con la realidad, esa fiesta de la que me habla esta caduca, en estos tiempos se valoran otras cosas como son el arte y la torería que destilan…

- ¿De qué arte y torería me habla, don José? ¿Acaso se emociona usted con las interminables series de pases y capotazos, ante toros inválidos, afeitados y disminuidos, de los figuras que copan el escalafón? No me extraña que, siguiendo esa lógica, quieran acabar ustedes con la suerte de varas, con el tercio de banderillas y con la muerte de los toros en la plaza. Díganlo claramente, planteen su alternativa que no andará muy lejos de abolir la suerte de varas, sustituir los arpones de las banderillas por ventosas y la espada por un artilugio que, en vez de herir, se retraiga sobre si mismo cuando toque la piel del toro…
- Es que usted, don Pepe, no tiene término medio…

- Ni término medio ni entero, don José. El toro es el toro, no la falsificación que pretenden colarnos los taurinos y que de toro no tiene más que el nombre. El toro debe tener poder y cuernos íntegros, debe asustar, dar miedo al espectador, porque ahí se genera la emoción que supone su lidia y si, una vez dominado, se consigue torearlo con arte y darle muerte de una estocada hasta la bola por el hoyo de la agujas, este espectáculo se convierte en el más grande del mundo. Por eso la suerte de varas tiene importancia y, como reza el eslogan de este “Encuentro de Aficionados”, es el eje de la lidia, porque además de servir para la selección de la materia prima, el toro bravo, que le de continuidad a esta fiesta, debe servir para corregir los defectos del toro y ahormar su embestida, solo así se puede llegar a ese estadio del arte, y no a su falsificación, con el que ustedes se llenan la boca. Para que eso ocurra, no le quepa duda, lo primero que hace falta es un toro con toda la barba y una suerte de varas realizada como mandan los cánones.
- Amén.

- ¡Ah! Y no se olvide usted, don José, de lo que dice esa famosa chapa que circula por ahí: “Sin toro nada tiene importancia”.

sábado, 19 de abril de 2008

Palabra de picador

"La mayoría de los picadores de hoy se figuran que picar es barrenar. Y que para dar castigo a un toro se precisa hacerle la “carioca”. Y no es así. Picando por derecho se les puede hacer a los toros cuanto daño se quiera. Lo que hace falta es saber “agarrarse” en los altos y picar como las reglas mandan. Yo tuve a mi lado muchos que así lo hicieron: “Agujetas”, “Badila”, “Zurito”…"

De esta forma, tan clara y concisa, se explicaba el picador Rafael Márquez “Mazzantini” ante la pregunta que le formulaba el periodista José Luis de Córdoba sobre la forma en que se realizaba la suerte de varas en la época en que lo entrevistó, allá por el año 1956. Más de cincuenta años después la respuesta tiene la misma, o incluso más, vigencia que entonces, porque los problemas de la suerte de varas, la forma en que los picadores la realizan -con el consentimiento de sus jefes de cuadrilla- no solo no se ha rectificado, sino que se han agravado todavía más con la práctica del monopuyazo destructor que deja a la mayoría de los toros para el arrastre.

En el momento de la entrevista referida Rafael Márquez “Mazzantini” contaba casi 90 años, pues había nacido en Córdoba, el 21 de febrero de 1867. Con quince años, en 1882, entró al servicio de la ganadería de Rafael Molina “Lagartijo”, en calidad de vaquero. Recuerda que el primer califa cordobés “fue padrino de mi boda, celebrada en la parroquial de Santa Marina el 28 de mayo de 1888. Aquello se festejó a lo grande, porque ya sabe usted lo que era el maestro de rumboso… Después de hacer frente a todos los gastos, me regaló un billete de quinientas pesetas”.


Estuvo en la ganadería de “Lagartijo” hasta 1894, año en el que pasó a la ganadería del Marqués de los Castellones como ayuda de conocedor, poco tiempo después ascendió a mayoral. En esos momentos no tenía pensado ser picador, pero no se le daba mal cuando lo hacía en los tentaderos. Eso hizo que algunos aficionados se fijaran en él. Uno de ellos, el empresario de Córdoba Pepe Guerra, le ofreció la posibilidad de probarse en las corridas de la Feria de Mayo de 1885. Aceptó y salió en calidad de reserva. Durante un tiempo alternó su trabajo de mayoral con el de picador. En el invierno de 1906, con motivo de un viaje a México enrolado en la cuadrilla de Fermín Muñoz “Corchaito”, se despidió de la ganadería y se dedicó profesionalmente a picar toros.


La trayectoria de sus 33 años como picador profesional nos la resume el propio “Mazzantini”: “Con “Manolete”, padre, naturalmente, fui colocado tres temporadas. Mi compañero era esa tontería de picador que se llamó el señor Manuel de la Haba “Zurito”. También he actuado con Francisco Posadas, Manuel Torres “Bombita”, “Machaquito”, “Algabeño”, Paco Madrid, Isidro Marti Flores, Curro Martín Vázquez, Rafael “El Gallo”, Juan Belmonte… Y de éste para acá, ¿a qué citar nombres? Ponga usted muchos, los principales, hasta 1939, en que me retiré, cuando contaba la edad de 72 años”. En esa última temporada de actividad profesional formó parte de la cuadrilla de Florentino Ballesteros (hijo).

Ojalá que la sabias palabras pronunciadas por Rafael Márquez "Mazzantini" sirvieran de ejemplo y acicate a los picadores de nos ha trocado sufrir en esta época. Dudo que así sea, pero no debemos olvidar que la obligación de los varilargueros modernos, como las de todos sus predecesores, es y ha sido "picar como las reglas mandan" y si así no lo hacen, o están actuando fraudulentamente, o no están capacitados para desempeñar esta profesión.

lunes, 14 de abril de 2008

La suerte de varas y los ganaderos

Los más perjudicados por la forma en que se practica la suerte de varas en la actualidad, junto a espectadores y aficionados, son los ganaderos, porque las desastrosas consecuencias que produce en los toros su práctica, arruinan sus expectativas, son irreversibles y condicionar el posterior desarrollo de la lidia.

Aunque muchos de los toros que saltan actualmente al ruedo ya salen disminuidos, tanto en trapío como en poder, de los chiqueros, los pocos que conservan cierta pujanza son aniquilados inmisericordemente por esa mole que forman caballo percherón y caballero armado, saliendo de la suerte inválidos e inservibles para el momento cumbre de la tauromaquia moderna que, por desgracia, se limita a la faena de muleta.


Los aficionados, los espectadores y los ganaderos somos los damnificados de esta práctica habitual. Los unos porque nos vemos privados del espectáculo por el que hemos pagado, y los otros, porque ven esfumarse sus ilusiones en esa muralla infranqueable en la que se estrellan sus toros.


Los ganaderos, como lo estamos los aficionados, deberían estar preocupados por el problema que supone la suerte de varas y tendrían que plantearse seriamente el problema para tratar de buscar una solución, en ello, si responden al patrón clásico de su profesión y les guía el amor por la Fiesta, les debería ir su reputación y la de su ganadería. Y aun más, si observan este problema desde el punto de vista del negocio taurino, todavía deberían de estar más preocupados, porque los derroteros por los que circula la Fiesta los sitúan como meros comparsas cuya labor, en la actualidad, consiste en suministrar toros colaboradores y amorfos que se presten a el lucimiento de los figuras de turno.


Si quieren recuperar la importancia que tuvieron en otro tiempo y ganarse el respeto de los aficionados; si apuestan por la variedad de encastes como condimento que enriquece hasta el infinito los matices de la Fiesta y asegure la continuidad de su ganadería; si desean dejar de ser mera comparsa en el negocio taurino y ganar el dinero, y el prestigio, que se merecen por aportar al protagonista principal de espectáculo; tendrían que plantearse, en primer lugar, recuperar la personalidad de su ganadería y, para ello, exigir que la suerte de varas se realice de acuerdo con los cánones, de esa forma se podría recuperar la mejor prueba de selección que se ha inventado, hasta el momento, para calibrar la bravura de sus toros.


Por todo ello no pueden permanecer callados, deben de dar un paso al frente y coger el toro por los cuernos, si no lo hacen, si siguen callando, deberemos de pensar que su silencio encierra la conformidad con la situación actual en la que son un mero juguete en manos de otros estamentos profesionales que los han relegado a un segundo plano y controlan el negocio a su antojo. En esa camino los ganaderos no estarían solos, por confluencia de intereses, se encontrarían en compañía y con el apoyo de los aficionados, porque en ese cometido, en de la recuperación del toro y la plenitud de la lidia, deberíamos estar en el mismo frente; los unos, en defensa de sus legítimos intereses; y los otros, en la de nuestro espectáculo favorito, de esa forma, ambos, trabajaríamos por la defensa y proyección futura de la Fiesta.


Los aficionados, los que nos agrupamos en torno al “Manifiesto”, los estamos intentando. Si el año pasado presentamos esta iniciativa con el objetivo de recuperar la integridad, autenticidad y justicia en la Fiesta de los Toros, este año, en el “II Encuentro” que tendrá lugar en Zaragoza los próximos 26 y 27 de abril, profundizaremos sobre el cáncer que supone la suerte de varas en la tauromaquia moderna y plantearemos un decálogo de medidas que podrían ayudar en su regeneración. Los ganaderos, con más razones y autoridad que nosotros, deberían pronunciarse sobre este tema y ser la punta de lanza de este movimiento pues, no debemos olvidar, que ambos, ganaderos y aficionados, somos los más perjudicados por el actual deterioro de la suerte de varas. Si esto ocurriese ambos saldríamos ganando, pero no debemos de olvidar que, al margen de intereses particulares, la más beneficiada seria la propia Fiesta de los Toros.

jueves, 10 de abril de 2008

Miguel de Molina - Sevillanas del Espartero

Quizás este sea uno de los días más apropiados para recordar a Miguel de Molina porque, tal día como hoy, pero de hace 100 años, nació en Málaga, el 10 de abril de 1908, Miguel Frías de Molina. Con el tiempo llegó a ser una primera figura de la copla y rivalizó, en la época de oro de este género, con los dos nombres de mayor peso y enjundia que ha dado la canción española, Conchita Piquer y Juanita Reina. La rivalidad con la primera traspasó los límites de los escenarios y se alargó en el tiempo, porque Miguel pensaba que la “Piquer”, celosa de sus éxitos, había instigado “para que lo echaran de España”. Pasó mucho tiempo hasta que se convenció de la falsedad de los rumores que, con evidente mala fe, alguien había propalado. En los últimos años de su vida reconoció públicamente, en una entrevista emitida en Canal Sur, su error y eximía a la valenciana de aquellas maledicencias. La artista valenciana, cuando escuchó tales declaraciones, dicen que comentó: “¡A buenas horas, mangas verdes, cuando ya tenemos los dos permiso del sepulturero…!”.

Miguel tuvo una infancia alborotada y creció sin disciplina paterna, pues su padre, zapatero de profesión, adolecía de epilepsia y pasaba largo tiempo convaleciente. Fue expulsado de varios colegios, pasó por el reformatorio, se escapó de casa con trece años, se ganaba la vida haciendo los recados de “la madame” de una casa de citas y, desde hacia ya tiempo, había aflorado su homosexualidad. Vivió en Sevilla los últimos años de los veinte y llegó a Madrid en 1930.

Trabajó de camarero en el colmado “Los Claveles”, en la zona de Sol, y de madrugada frecuentaba el “Villa Rosa”, donde se reunían toreros, “cantaores” y gentes del espectáculo. La gracia y la espontaneidad que lo acompañaban, junto con su afición al baile y al cante, le hacían granjearse la simpatía de la concurrencia en aquellas fiestas en la que Miguel bailaba, cantaba, era gracioso, divertido y descarado cuando respondía a las burlas que provocaba su afeminamiento. Cuando desde el público le gritaban: “¡Marica…!”. Él, desafiante desde el centro del escenario, solía contestar: “¡Mejor maricón, que suena a bóveda”. Miguel de Molina nace para el mundo artístico en 1931. Formó pareja con Soledad Miralles, “bailaora” que había abandonado los escenarios tras su boda con Bernardo Ruiz Carnicerito de Málaga, y a los que volvió tras separarse de éste. Formaron pareja de cante y baile y debutaron en el Romea, pasando después al Coliseum. En el Liceo barcelonés fue el “Carmelo” de “El amor brujo” en unas cuantas representaciones. En sus comienzos compartió pareja y cartel con otras artistas como Adelita Durán, Pilar Calvo o Amalia de Isaura y, a partir de ahí, su carrera empezó a tomar vuelo, y su historia a convertirse en leyenda… Pero eso es harina de otro costal y en otro momento le meteremos mano, ahora, para que no se haga interminable esta entrada, centrémonos en un par de aspectos concretos.

Las “Sevillanas del Espartero” fueron incluidas en la película “Pepe Conde”, rodada en 1941, y se convirtió en uno de los mayores éxitos de su repertorio. Miguel de Molina hizo una creación inmejorable, pues salía a escena vestido como un torero, aunque de guardarropía, y adornaba su interpretación con cimbreantes pasos de baile y barrocos pases toreros. La canción, como tantas otras de esa época, es original de esa maravillosa cuadrilla de compositores de copla que fueron Valverde, León y Quiroga.

Manuel García Cuesta El Espartero, nacido en Sevilla el 18 de enero de 1865, fue uno de los toreros con más presencia en el repertorio coplero y, además, fue un ídolo entre las mujeres. Maoliyo, como familiarmente lo llamaba la gente, dejó para la historia del anecdotario taurino, en respuesta a la pregunta de porque se dedicaba a una profesión de riesgo como los toros, la celebre frase: “Más cornás da el hambre”. Tomó la alternativa el 13 de septiembre de 1885, de manos de Antonio Carmona El Gordito, y alternó con los más grandes toreros de su época. El 27 de mayo de 1894, cuando iba camino de la plaza de toros de Madrid para tomar parte en la corrida en la que estaba anunciado, se cruzó con una comitiva fúnebre. Tocó madera y miró de soslayo a su cuadrilla. En el coso de la calle de Alcalá le esperaba el toro Perdigón, de la ganadería de Miura que, ya herido de muerte, lo empitonó por el vientre. Veinte minutos después, en la enfermería de la plaza, El Espartero expiraba. Eran las cinco y cinco minutos de la tarde.

En memoria del intérprete, Miguel de Molina, en el centenario de su nacimiento; en mitad de esta semana de farolillos de la Feria de Abril, en donde las sevillanas reinan, y en recuerdo del protagonista de la canción, El Espartero, uno de los héroes legendarios de la historia de la Tauromaquia, vayan estas:

Sevillanas del Espartero
(Valverde - León - Quiroga)

Las mujeres de Sevilla
merece que se compongan.

Merece que se compongan
las mujeres de Sevilla,
ole, ole, ole, ole,
las mujeres de Sevilla
merece que se compongan.

Merece que se compongan
que se ha muerto El Espartero,
ay, ay, ay, ay,
que se ha muerto El Espartero
para que la quiera ella más.

Vaya una pena que ha muerto
el rey de los toreros de luz,
toca Sevilla entera y se han
teñido los pañuelos de negro
todas las cigarreras.

Al hijo de El Espartero
lo quieren meter a fraile.

Lo quieren meter a fraile
al hijo de El Espartero,
ole, ole, ole, ole,
al hijo de El Espartero
lo quieren meter a fraile.

Lo quieren meter a fraile
y la cuadrilla le dice,
ole, ole, ole y ole,
y la cuadrilla le dice
torero como su padre.

La Maestranza ya ha puesto
luto en sus balcones
y las banderas a media asta
y hasta mandó poner crespones
en los chiqueros de la plaza.

Los toritos de Miura
ya no tienen miedo a nada.

Ya no tienen miedo a nada
los toritos de Miura,
ole, ole, ole, ole
los toritos de Miura
ya no tienen miedo a nada.

Ya no tienen miedo a nada
que se ha muerto El Espartero,
ay, ay, ay, ay,
que se ha muerto El Espartero
y el mejor que los mataba.

Y arsa la guasa que te
metiste en la cocina que te
llenaste telarañas que te
pusiste unos botines que con
los tacones de caña.

martes, 8 de abril de 2008

Emoción o aburrimiento

Cuando en una tertulia sobre un festejo taurino se amontonan las palabras, se superponen las opiniones, se levanta el tono de la voz y se habla con pasión, se rebuscan exclamaciones y adjetivos grandilocuentes, se rompen las reglas de una conversación ordenada… es que la “emoción” de lo visto, y lo vivido, provoca sensaciones intensas que hacen recordar como si lo estuvieras viendo, viviendo de nuevo.

Cuando en una tertulia sobre un festejo taurino se respeta el turno de palabra, se interviene por compromiso, se rebuscan los adjetivos para condenar o para disculpar, se mantiene un tono de voz apagado y los lamentos y malos augurios se apoderan del vocabulario… es que el "aburrimiento" se ha adueñado del ambiente y, más que hablar, se desea olvidar y lamentarse por la pérdida de otra oportunidad.

Emoción o aburrimiento. He ahí el quid de la cuestión.

viernes, 4 de abril de 2008

Dice Pepe Luis...

- No podía ser torero pensando que iba a hacer un molinete, un kikirikí o cualquier cosa del repertorio sevillano; tenía que estar en otra cosa más importante, que era estudiar al toro para poderle. Al toro no se le puede más que con la cabeza, y metiéndoselo en la cabeza.

- Lo que uno pretende, al empezar la faena, e
s poder con el toro. Poderle es estar siempre por encima de él. Esto es lo que se debe tener bien claro. Después, cada uno discurre a su manera, haciendo lo que le vaya apeteciendo con el toro. Pero antes hay que ir compenetrándose con el toro, hay que ir estudiándolo, porque no se acaba de estudiarlo cuando se coge la espada y la muleta. Los toros cambian en el transcurso de la faena… Es un estudio continuo hasta que el toro muere.

- Al principio es el toro
el que marca la pauta, y le da al torero la velocidad. Pero poco a poco el torero, si es bueno, va reduciendo la velocidad del toro, y éste termina por acoplarse al temple del torero. Ese temple de verdad lo tiene muy poca gente. En él está metida la inteligencia, la sabiduría y la historia del toreo. El que es incapaz de reducir la velocidad del toro, y torea rápido, deja muy pocos recuerdos. El temple es el toreo puesto en pie. Todo lo que se haga con un toro despacio es lo que tiene verdadera importancia, y queda en el recuerdo del que lo ve. Antes, cuando salían los toros con esa velocidad y esa fiereza, el torero que iba reduciendo esa agresividad, y en el cuarto muletazo ponía al toro a su temple, era un prodigio. Ese milagro se podía considerar como la verdadera esencia del arte de torear.
- La emoción del toro siempre tiene que darse; yo no estoy muy de acuerdo en que el torero haga desaparecer el peligro del toro. Cuando los toreros se entregan de verdad, por muy bueno que sea el toro, se tiene que poner en el sitio donde el toro pueda coger. Y eso no cabe duda de que da una gran emoción al público, porque se da cuenta de que, como se equivoque el toro, o el torero, sobreviene la cogida. No se puede estar bien sin dar esa sensación de que te pueda coger el toro, y para dar esa emoción hay que ponerse en el sitio donde el toro es capaz de coger.

- La gracia no está reñida con la profundidad.
No es una gracia cascabelera, sino que parece que es un don sobrenatural. Es saber interpretar, en un momento en que nadie, ni el mismo torero, sabe lo que va a hacer. Se dice que esta basada en los adornos. La gracia de estos adornos consiste, a mi juicio, en la sorpresa. Es una cosa que se le ocurre a uno en una milésima de segundo… Esa sorpresa es la que hace que digan que algún torero sevillano está tocado de la gracia.

- El hombre que e
s torero no tiene otra forma de expresividad que con el toro delante. Allí desenvuelve todo su sentimiento y su sabiduría. Lo que quiere es poderle al toro para poder desarrollar su interioridad, su manera de pasar por la vida. Esa es la meta del torero, el decirse: “¡A ver si esto llega! Aunque sea una cosa en el aire, que se va, y que desaparece, que por lo menos quede en el pensamiento de alguien y en su cabeza”.

-
Siempre nos ha gustado torear, y que el toro se venga, que se mueva, que es lo bonito. Desde que hemos ido alas tientas hemos procurado, en vez de hacer un toreo encimista, despegarnos un poco del toro para que se venga. Sí, posiblemente hemos tenido el sentido de darle al toro espacio para que se crezca y se alegre creyendo que puede alcanzar aquello. Hay que decir que el toro, en aquella época también se movía más. Esa es la verdad.

- Puede ser el toro el que haya puesto el toreo así de monótono,
pero no cabe duda de que surge muy poca sorpresa. Hay poca imaginación. Los toreros se acoplan a una faena muy igual. Pero el toro es el que trasmite y te sorprende. Es el principal protagonista, y cuando vuelve de distinta manera de una a otra vez, y tiene alguna agresividad, alguna dificultad, pone a la gente muy pendiente, y el torero, naturalmente, mucho más pendiente. Antes esa compenetración necesaria entre el toro y el torero, para trasmitir al público, no producía faenas monótonas, por muy deslucidas que fueran.


Las palabras puestas en boca de Pepe Luis están entresacadas de la entrevista que aparece en el libro "El torero y su sombra" de François Zumbiehl. El vídeo es una producción de "La Cabaña Brava" y está alojado en su contenedor de YouTube "La Cabaña Brava Va de Toros".

sábado, 29 de marzo de 2008

La suerte de picar

- Hola don Pepe.
- Hola don José.

- De nuevo nos encontramos en el mismo sitio.

- Ya lo ve usted, en el mismo sitio y para lo mismo… para pagar.

- Pero pagar por ver algo que te gusta no es mala cosa, don Pepe. Mire usted, yo, cuando cobro la paga extra de enero, la que nivela las pensiones con respecto al aumento del indice de los precios, me la reservo para sacar el abono de los toros, y así, cuando llega el momento de pagar, ¡zas! la saco y la invierto en el abono sin notar merma en mi bolsillo.

- Es que usted es muy previsor y organizado, don José. Yo, de la paga de enero ni me entero, y más en estos tiempos en que la cuesta de enero tiene unas pendientes más pronunciadas que las del Tourmalet…

- No se pase usted, don Pepe, que es un exagerado, con el abono todo son ventajas, tiene su localidad asegurada, le resulta más barato y, además, como dice el refrán: “sarna con gusto no pica”…

- De eso mismo le quería hablar a usted, de picar…

- ¿De picar…?

- Si don José, de la suerte de picar, del tercio de varas, de esa desgracia que se cierne sobre nuestra bien amada Fiesta de los Toros y amenaza con aplastarla bajo el peso mastodóntico que suman el percherón, el peto, el picador y la voluntad de los matadores que los mandan…

- Me asombra la capacidad que muestra usted para coger al vuelo lo que le interesa y desviar la conversación hacia su terreno…

- Es que los picadores, ejecutando las órdenes de sus jefes de cuadrilla, no lo olvidemos, son los mayores culpables de la situación en que se encuentra la Fiesta. Un toro que entra al caballo con alegría, sale de su primer encuentro con esa capoladora que es la “acorazada de picar”, destrozado, hecho papilla, para el arrastre, inservible para la lidia… y ahí se acaba todo.

- No exagere usted, a los toros hay que picarlos y dejarlos aptos para que los artistas se luzcan con la muleta…

- ¿Y como se pueden lucir con un marmolillo? Es una contradicción… luego los toreros se quejan de que no se ha movido el toro, que se han tenido que inventar la faena. ¿Y quién tiene la culpa de eso...? Pues ellos mismos que han dejado hacer a su picador. ¡Vaya jefe de cuadrilla, que está a merced de sus subalternos! Aunque lo más probable es que las ordenes sean precisamente esas, una primera vara a saco, que no se escape, y que el toro moribundo quede apto para la pantomima.

- ¡Usted delira, don Pepe! Vive en otra época. A los toros de ahora hay que picarlos en la primera vara, que seguro que el toro, por se la primera, la toma. Los matadores de hoy en día, que se juegan su prestigio en la faena de muleta, tienen que tener la seguridad de que su enemigo llega en condiciones aptas a ese tercio y no se pueden arriesgar a que el toro se quede crudo…

- Me da usted la razón, don José. Una primera vara demoledora, caiga donde caiga, sin miramientos, encerrando al toro, manteniéndolo un tiempo interminable bajo el peto inexpugnable y soportando un castigo carnicero, barrenando, rectificando y administrando media docena de puyazos en uno… ¡Qué no escape!... El toro es lo que menos importa en estos tiempos, y esa es la verdadera desgracia de nuestra Fiesta en la actualidad. El toro debe llegar al tercio de muleta triturado, inválido, agonizante… no vaya a ser que se acuerde de su raza, que le quede un gramo de fuerza, que le aflore su casta y ponga en evidencia al fenómeno de turno.

- Pero es que…

- ¡Que no hay pero que valga, don José…! Además, con esa forma de actuar, nos birlan uno de los momentos más emocionantes de la lidia, como es la suerte de varas, y poder comprobar la bravura del toro, que es su mayor galardón, y que, sería imperdonable olvidarlo, puede ser el pasaporte para su salvación, para conservar la vida y poder preñar con su simiente de bravura el futuro de su ganadería. De seguro que buena falta le haría a su ganadería y, por ende, al resto de las que componen nuestra “cabaña brava” que se esta convirtiendo en “cabaña morucha”.

- No… si razón no le falta, pero, ya que una vez más se ha enzarzado en estos terrenos que tanto le apasionan. ¿Qué soluciones plantea usted?

- Para empezar, acortaría el tamaño de las puyas, porque, tal como se pica hoy en día, es un arma destructiva que produce lesiones irreparables y definitivas. En segundo lugar, exigiría que los encuentros con los montados fueran cortos, picar y sacar al toro, y no dejarles que se duerman bajo el peto del caballo, para eso, además, existe el recurso de los quites, que tantos momentos de gloria han dado a la historia del toreo. Y en tercer lugar, y más tratándose de un gremio de especialistas, pediría a los picadores que se esforzaran, que se entrenaran, que practicaran y se preparan todo lo posible para realizar la suerte por derecho, según lo cánones, y con certeza. De esa forma, al recibir un castigo más proporcionado, más medido, y más certero, los toros podrían acudir más veces al caballo, incluso las tres que son recomendables para certificar su bravura, y podríamos observar sus cualidades y calidades de forma más nítida. Además, recuperaríamos un tercio en vías de extinción y que, bien hecho, resulta uno de los más bonitos y emocionantes de la corrida. Y lo más importante para el toreo moderno, que como usted bien dice se fundamenta en la muleta, el toro llegaría boyante, o no tan inválido como ahora, y se prestaría mucho mejor para que el lucimiento del matador y…

- ¡Pare usted, don Pepe…! Que me esta contando el cuento de “La Lechera”… No creo que estuvieran muy de acuerdo con usted picadores ni lidiadores…

-¿Y…?

- Y… pase usted que ya hemos llegado a la taquilla.

- ¡A pagar… y a callar!

- ¿Callar usted…?

domingo, 23 de marzo de 2008

La "tradicional" Corrida de Pascua

La tristeza me embarga en el día de hoy… así… como de golpe… se me han acumulado los recuerdos de otras épocas en las que este era un día grande, si no el que más, de la temporada, el Domingo de Pascua. Después de la languidez del otoño, adormecida por los recuerdos todavía frescos de la recién terminada Feria del Pilar, y una vez atravesado el crudo invierno repleto de días fríos y demasiado cortos -lo que desanimaba a los aspirantes que acudían a practicar a mis dependencias en cualquier otra época del año- que me sumían en la más absoluta soledad. Pero con la llegada de la primavera la cosa cambiaba. Todo empezaba cuando los operarios que se encargaban de mi mantenimiento aparecían cargados de herramientas y utensilios de limpieza y en pocos días me ponían en condiciones, “lavada y recién pintá”, como dice el dicho popular. Si el tiempo acompañaba se montaba algún festival previo al comienzo de la temporada, la afición estaba inquieta, expectante ante la nueva temporada y acudían en masa a cualquier convocatoria que se les propusiese, pero el día grande, el que levantaba expectación, el que atraía visitantes de pueblos, cabezas de partido y capitales cercanas a Zaragoza, era este día, el de la “Tradicional Corrida del Domingo de Pascua”.

Este día solía anunciarse un cartel de postín, tan solo igualado o superado por alguna de las combinaciones de la feria de octubre, y significaba el comienzo oficial, por todo lo alto, de la temporada zaragozana. Grandes momentos, junto a sonoros fiascos, se han vivido en esta fecha en mis dependencias, no voy a referirme hoy a los segundos, aunque en su momento también sacaré a la luz alguno de los momentos negros vividos en tal fecha, como ocurrió el año anterior al que nos ocupa, pero hoy no va a suceder porque el recuerdo que ha saltado al primer plano de mi memoria -y no se la razón ni me interesa saberla- es de los que podríamos considerar como brillantes. ¡Si! Fue un gran día… Es como si lo estuviese viendo ahora mismo…


Ocurrió el 5 de abril de 1942.
En los chiqueros seis toros de la prestigiosa ganadería de “Concha y Sierra” a los que debían dar muerte: “Manolete”, que se había convertido, sin lugar a dudas, en el mandamás del escalafón; Pepe Luis Vázquez, que se estaba consolidando entre las figuras de la época por su torería y el toque de su gracia sevillana; y Manuel Álvarez “El Andaluz”, que de novillero había levantado grandes expectativas y llegaba a “La Misericordia” después de su reciente doctorado en las "Fallas" de Valencia. No me digan que no era un cartel de postín, de los que dan lustre y engrandecen una plaza. Además, y para mayor gloria de mi ya larga historia, esa tarde, el toreo se dibujo... se hizo arte en mi ruedo. La afición, que como se puede adivinar en la instantánea tomada desde el callejón por el fotógrafo "Lara", aún a pesar del contraluz, llenaba tendidos, gradas y andanadas, salió encantada... como loca... impregnada del perfume torero que se había derramado por mi albero.

Pero no solo la afición había salido de acuerdo de la plaza, la crítica, la exigente critica que cubría los festejos que se daban en el coso que también se conoce con el nombre de mi creador, don Ramón de Pignatelli, reflejaban sus opiniones con absoluta clari
dad y unanimidad. Para dejar constancia me remito a lo que escribió “Don Indalecio”, que no se casaba con nadie ni por nada, pues al día siguiente, mientras degustaba en mi memoria el recuerdo de lo contemplado y paladeaba la fragancia que todavía flotaba en el ambiente, escuché la lectura de su reseña de la corrida que uno de los operarios que se ocupan de mi mantenimiento les hacía a sus compañeros. En pocas y certeras palabras "Don Indalecio" reflejaba claramente lo sucedido: “Torero por la sal de Andalucía y la gracia de Dios. Pepe Luis Vázquez. En cuerpo pequeño, torero grande. A “Manolete” le cogió esa ola de frío que le congela en tantas corridas. A “El Andaluz” se lo llevó por delante esa borrosidad, esa incertidumbre que desorienta a los toreros cuando acaban de contraer “justas nupcias” con la Tauromaquia… De la corrida de ayer queda para la posteridad el nombre del torerito fino, menudo, pletórico de gracia andaluza. Anótense ustedes el nombre porque, a lo mejor, se hace un hueco en el torero.
¡Se llama Pepe Luis Vázquez!”.


Los resultados numéricos del festejo, según mi opinión, no tienen demasiada importancia, lo que importa es lo que se queda en la retina, las sensaciones que te producen lo visto, por fugaz que haya sido el momento, lo que alimenta los recuerdos que se quedan grabados para siempre en la memoria, pero no voy a defraudar a los amantes de la estadística y voy a reflejar los números: “Manolete”, nada de nada; “El Andaluz”, vuelta; Pepe Luis Vázquez, una oreja y vuelta. Ahí están, así de fríos son los resultados. Yo prefiero quedarme con las rimas que este festejo le inspiró al crítico de “El Noticiero”, don Antonio Martín Ruiz, “Cantares”:


“Olía a primavera,
clavel y nardo
la faena del diestro
de San Bernardo.
Como aquella faena
del “Concha y Sierra”
hay pocas maravillas
sobre la tierra.”

Espero que comprendan la tristeza que me embarga en tal día como hoy, Domingo de Pascua, en otros tiempos día grande, si no el más grande de la temporada zaragozana... Es una fecha que se ha perdido y que, tal vez, nunca vuelva ha estar en el calendario taurino de Zaragoza. Es una pena... aunque al menos me quedan los recuerdos de lo vivido...
"Recordar es volver a vivir", dice una copla de la que no me viene el título a la cabeza... pues eso.

domingo, 16 de marzo de 2008

Pensamiento único

En el primer párrafo del prólogo del libro de Felipe Garrigues, “¿Suspiros de España? La Fiesta ante el siglo XXII”, escribe Luis Francisco Esplá:

“Con solo un reloj se sabe cierto la hora que es; con dos, uno ya no esta tan seguro. Esto ocurre también en los tendidos de las plazas de toros: no es raro ver al vecino de mi “coten” desbocándose en “olés”, mientras el del otro lado se deshace en murmuraciones acerca de la poca vergüenza del matador. Y si uno no anda sobrado de criterio, conocimiento y experiencia, lo normal es que al final tenga serias dudas en torno a lo visto.”

En este párrafo, concretamente en sus dos primeras frases, se encierra una de las premisas fundamentales del mundo de la información. Si tan solo existe una versión de los hechos esa, sin duda, será la verdad.


Los medios que se ocupan de los asuntos taurinos, desde siempre, han tenido y siguen teniendo muy clara esta idea, la historia de la tauromaquia esta llena de ejemplos que pueden corroborar esta afirmación, en este Blog alguna vez se ha tratado de ello y, con seguridad, se volverá a tratar en otras ocasiones. Pero no es objeto de esta entrada; ni detenernos en teorizar sobre el papel que juegan los medios que se ocupan del mundo de los toros; ni enredarnos en contar alguna de las historias que puedan ilustrar este comentario, seguro que por la cabeza de ustedes, estimados los lectores, ya ronda alguna. Prefiero extenderme en la segunda parte del párrafo y referirme a la influencia que, sobre los espectadores ocasionales de feria que acuden a las plazas, tienen las opiniones que se escuchan en los tendidos.


El pensamiento único que se esfuerzan en introducir los profesionales de la información y la propaganda taurina, en los citados espectadores ocasionales de feria, sobre los valores de la “nueva torería” y los “toros que sirven”, se puede derrumbar como un castillo de naipes ante las razones claras y contundentes que exponemos los aficionados desde nuestras localidades. De nada sirven los sesudos artículos y enjundiosos estudios sobre los toros y toreros actuales, ni las campañas publicitarias: cuando el toro se derrumba o presenta los pitones sangrantes; cuando el picador de turno masacra al toro en un primer puyazo salvaje e interminable, con el consentimiento de su jefe de cuadrilla, y lo inutiliza para la lidia; o cuando los toreros dan el petardo porque su disminuido enemigo se ha quedado más vivo de lo previsto. Tardes que se presentaban como gloriosas y en las que la plaza se ha llenado de espectadores dispuestos a ver la octava maravilla del mundo, se han convertido en una odisea para los taurinos ante las objeciones de algunos sectores de aficionados presentes en el festejo. Tan solo tenemos que recordar las continuas campañas de intoxicación dedicadas por la prensa taurina, por toda en general, al “7 de Madrid”, o a cualquier grupo de aficionados, en cualquier plaza, que con sus protestas les arruinan la que suponían gloriosa tarde. En algunos sitios, como en Zaragoza, desde donde escribo, han llegado a enviar provocadores y matones cerca de los grupos de aficionados más significativos que no han dudado en llegar a las manos.


¿Por qué esa saña y esa contundencia en combatir los reducidos sectores de aficionados que manifestamos nuestra opinión libremente en la plaza? ¿Tanta influencia podemos ejercer con nuestra limitada protesta? ¿Tan frágiles son sus razones? ¿Tanto esfuerzo explicativo, tanta inversión propagandística, tanta descalificación hacia los aficionados cabales, sirve para tan poco?


Si señores, porque una Fiesta que ha vivido de la controversia, del contraste de pareceres, de la opinión subjetiva que a cada uno nos produce lo que contemplamos en el ruedo, que es donde reside la grandeza y la fuerza de este espectáculo, no admite la uniformidad y el pensamiento único que pretender imponer los modernos teóricos de la ciencia de torear. Por eso los aficionados somos peligrosos, estorbamos, somos un obstáculo para sus planes y nos tratan, paradojas de la vida, a los que defendemos la Fiesta en su integridad, autenticidad y justicia, como enemigos, porque con nuestra simple y reducida critica en la plaza podemos estropear su trabajo de lavado de cerebro del nuevo espectador que acude a los toros y “no anda sobrado de criterio, conocimiento y experiencia” y podemos inducirlos a “que al final tenga serias dudas en torno a lo visto”.


Si en vez de hacer tanta propaganda y tratar de recoger tantos beneficios inmediatos se preocuparan en defender la pureza de la Fiesta y en educar a los espectadores ocasionales, en hacerles “entender” los fundamentos de la tauromaquia, en explicar su grandeza y los valores que encierra, quizás no recaudaran tanto, ni tan rápidamente, pero asegurarían su negocio por mucho más tiempo y, a la larga, acabarían ganando más. Entonces, los aficionados pasaríamos de ser sus más acérrimos enemigos a clientes preferenciales y, con mucho gusto, colaboraríamos, con nuestros conocimientos y disposición, en la difusión y engrandecimiento de esta Fiesta que es parte de nuestra cultura y de nuestra vida.

jueves, 13 de marzo de 2008

Un nudo en la garganta

Me propongo explicar lo que siento cada vez que visiono el vídeo que enlazo al final de esta entrada y no encuentro las palabras. Lo he visto varias veces y todas, todas sin excepción, me produce un nudo en la garganta y, a la vez, una ráfaga de emoción, como un escalofrío, me recorre todo el cuerpo, me retuerce el estómago y me conmueve.

Quizás sea la entrega, la ofrenda de la vida, el desinteresado ofrecimiento del cuerpo propio para defender al compañero caído, al indefenso que se encuentra abatido e inconsciente a merced de las embestidas del toro. Ver esos ojos que vigilan la siguiente acometida, esas caras tensionadas por la cercana presencia de la muerte, los gestos y la decisión para, como manta protectora, cubrir, con los suyos, el cuerpo rendido del amigo…


Quizás, para tratar de explicar esa sensación que no acierto a describir, sea más acertado acudir a un fragmento de unos versos de Konstantino Kavafis que me salieron al paso:

En medio del terror y de la sospecha,
con la mente agitada y los ojos asustados,
buscamos soluciones y planeamos qué hacer
para escapar de la segura
amenaza que tan espantosamente nos acecha.

Aunque quizás sea preferible que ustedes mismos lo vean y saquen sus propias conclusiones. De lo que sí estoy plenamente convencido es de que se trata de una auténtica lección de compañerismo.

martes, 11 de marzo de 2008

Cinco golpes secos

Los aficionados, alentados por las autoridades que regentan nuestra plaza, nos habíamos puesto de acuerdo con la empresa, las corridas de ese año debían de ser como habían de ser, seis toros escogidos, los mejores de cada camada, con el trapío propio de cada encaste, la edad reglamentaria y bien puestos de cuerna, astifinos, sin tacha. Habíamos viajado a las ganaderías seleccionadas y, junto con el empresario y los ganaderos, que competían entre los de su profesión por el honor de criar el ganado más bravo, habíamos reseñado lo mejor, sin escatimar en gastos, solo guiados por el afán de conseguir que, un año más, los toros que se debían lidiar en nuestra plaza fueran la envidia de todos los aficionados del país.

Una vez asegurado el ganado quedaba contratar a los toreros, no faltaban aspirantes a ocupar los puestos de los carteles, se peleaban por ello todas las figuras, el prestigio de nuestra feria los atraía como la miel a las moscas, no ponían objeciones al ganando, les daba igual apuntarse a una u otra corrida, les guiaba el ansia del triunfo, el anhelo de ser reconocidos como los mejores, venían dispuestos desde el primer momento, preparados, conscientes de que un triunfo en nuestro coso los catapultaría hasta el número uno del escalafón. La competencia, sin duda, sería dura y, haciendo honor a ese reto, no se dejarían ganar la partida por sus compañeros de terna.


Las cuadrillas, conscientes del compromiso de sus jefes, no escatimarían esfuerzos para hacer las cosas bien, siempre ocurría así, los subalternos sabían del importante papel que jugaban en la lidia de los toros que les correspondían a sus maestros y tratarían, por todos los medios, de que su labor sirviera para orientar, para corregir, para descubrir, para ayudar a los espadas que confiaban en ellos para este trabajo. Sabían que su labor era importante y a ello se aplicarían con todo su entendimiento, tanto en el manejo de la capa como en la suerte de banderillas, en la que competían en riesgo y majeza con los subalternos de las restantes cuadrillas, era un honor muy grande desmonterarse, requeridos por la ovación del respetable, después de colocar un buen par.


Los picadores eran elementos fundamentales de las cuadrillas y conservaban el orgullo de sus antepasados de profesión. Seguían manteniendo el honor y el privilegio de vestir de oro, como los matadores, en reconocimiento de la importancia de su labor que consistía en restar pujanza al toro y ahormar su embestida para el tercio de muerte. También sabían que su labor, además, tenia otro cometido no menos importante y que era seguida con la máxima atención por ganaderos y aficionados porque, a unos y otros, les servía para comprobar la bravura y poder de los toros, a los aficionados para calibrar la calidad de cada ejemplar, y a los ganaderos, además de eso, para orientar la selección de su ganado de cara al futuro, por eso mismo, los picadores, trataban de hacer la suerte con precisión y midiendo el castigo para que el toro acudiera, como mínimo, tres veces al caballo. La belleza y emoción de esta suerte, que tantas veces levantaba al público de sus asientos y provocaba las ovaciones más estruendosas, les hacia exigirse lo máximo de sí mismos y de sus cabalgaduras.


Los matadores tenían muy claro que donde se la jugaban era en la faena de muleta, conscientes de que los toros iban cambiando a lo largo de la lidia, no dejaban de observarlos en ningún momento, de esa observación dependía el tipo de faena y los pases que podían administrarle a su contrincante en cada momento, no podían ir con un plan preconcebido, había que ajustarse a las condiciones del toro y dominarlo, una vez hecho esto era cuando debían dar rienda suelta a su inspiración y convertir en arte, en dibujos en el aire, las suertes que considerasen más apropiadas para su lucimiento.


La culminación de la faena, la suerte suprema, era la estocada, ese era el fin de todo el trabajo desarrollado desde la aparición del toro en el ruedo. Facilitar ese momento, el más peligroso, sin duda, de toda su labor, debía ser consecuencia de haber hecho bien las cosas desde el principio. Una estocada en todo lo alto, por el hoyo de las agujas, de la que el toro saliese muerto de los vuelos de la muleta, por si misma, ya valía un triunfo. La muerte…


De pronto... cinco golpes secos… como cinco disparos… me despertaron. Todo había sido un sueño… pero los cinco disparos… como cinco golpes secos… habían sido reales y, a traición, como hacen los fanáticos y los criminales, habían segado la vida de un buen hombre -Isaías era su nombre- por defender, con valentía y a pecho descubierto, sus ideales. En una emisora de radio, estupefacto por la noticia… obnubilado por la rabia… impotente ante tanta barbarie… escuché, en boca de un amigo del pueblo de Zamora del que descendía, que Isaías Carrasco era un apasionado de los toros.

jueves, 6 de marzo de 2008

¿De qué fiesta hablamos?

Siguiendo la ruta marcada por la entrada del Blog “Toro, Torero y Afición” en la que se hacen eco de los comentarios del periodista de “6Toros6” que cubrió la información de la pasada feria de la Magdalena de Castellón, accedo a la web de la susodicha revista taurina y, bajo el titular de “¿Quién dijo crisis?”, leo la primera frase de dicho artículo en la que se dice: “La feria de La Magdalena del 2008 ha sido, económicamente, la mejor de los últimos años”.

Ante esta afirmación y la visión de las fotografías de muchos de los toros que han salido al ruedo en esta feria me pregunto: ¿De qué fiesta habla el periodista que hace esta rotunda afirmación? No cabe duda de que así ha debido de ser en el aspecto económico y en la afluencia de espectadores, pero en el aspecto ganadero, salvo contadísimas excepciones, se podría afirmar que ha sido una vergüenza y un auténtico desastre.

A eso atiende el título de esta entrada, porque cada día está más claro que en la actualidad la fiesta de los toros tiene dos vertientes claramente diferenciadas; la de los profesionales del taurinismo, y todos los que se cobijan bajo su sombra y sacan beneficios, económicos y de otra índole, de los espectáculos taurinos; y la que se asienta en el respeto, la tradición, la verdad y la integridad del principal protagonista, que no es otro que el toro, y que es la que tiene la fuerza y los ingredientes que la han perpetuado a lo largo de la historia de la tauromaquia.

Son dos concepciones radicalmente distintas y que, conforme va pasando el tiempo, se van apartando más profundamente la una de la otra. Esa fiesta del toro desmochado, inválido y disminuido que defienden y justifican los taurinos y sus voceros mediáticos, con el consentimiento de las autoridades encargadas de velar por lo contrario, y que se corresponde con lo que se ha visto en la recientemente terminada feria de Castellón, se ocupa de los beneficios antes que de la autenticidad y nos lleva, irremediablemente, hacia un espectáculo descafeinado y previsible en los que la emoción y la capacidad lidiadora de los toreros para resolver las dificultades que presentas los toros que les tocan en suerte, que han sido los valores que han mantenido en el candelero a esta fiesta desde hace tantos años, están quedando excluidos.

La mayor desfachatez que conlleva esta actitud de taurinos, voceros y autoridades que defienden esa fiesta descafeinada no es otra que el engaño de los espectadores y aficionados que acudimos a un espectáculo en el que se anuncia lo contrario de lo que en realidad es. Que digan, si se atreven, lo que realmente se ofrece y de esta forma eviten la mentira, la cosa sería muy fácil, tan sólo bastaría con anunciar en los carteles que los toros que saltarán al ruedo estarán convenientemente manipulados y arreglados, de acuerdo con las exigencias de los diestros que concurren en el cartel, así, al menos, sabríamos a lo que atenernos y no nos sentiríamos estafados.

viernes, 29 de febrero de 2008

La suerte de varas en la crítica taurina actual

Motivado por la lectura del documento recientemente publicado en el Blog del Manifiesto, “La suerte de varas es el eje de la lidia”, he realizado una comprobación del tratamiento informativo que esta recibiendo esta suerte, basándome en las crónicas de las primeras corridas de la Feria de Castellón, por parte de los principales profesionales del periodismo taurino y, aunque sospechaba que iba a ser muy poco el espacio dedicado a ello, he podido comprobar que, aún partiendo de esa premisa, estaba equivocado, pues no dedican ni una sola línea, ni una, a este tema, es algo totalmente ignorado, es como si la suerte de varas no existiese.

La que durante más de dos siglos ha sido la suerte fundamental de la tauromaquia; la que situaba en los carteles a los picadores al mismo nivel que los propios matadores; la que a lo largo de la historia ha servido para calibrar la bravura y el poder de los toros, para ahormarlos y corregir los problemas que pudieran presentar de cara al tercio final; la que orientaba a los ganaderos en la selección de su ganado; la que provocaba momentos de máxima belleza y emoción en aficionados y espectadores; sobra. Es una suerte sentenciada, condenada a la desaparición.


Los aficionados poco podemos hacer para remediar esta situación, porque además de pocos, somos maltratados y vilipendiados por los profesionales del taurinismo y sus voceros mediáticos, ignorados por las autoridades que deberían velar por su correcto desarrollo y, por si fuera poco, despreciados por los espectadores de feria que cubren los tendidos en la actualidad y que, con el coco comido por el marketing y las campañas publicitarias, ni saben de su grandeza pasada, ni les importa. Solo nos queda levantar la voz, denunciar su deterioro, exigir su revitalización, explicar su historia y su importancia, su belleza y la emoción que conlleva y si, por casualidad, un día podemos contemplar una suerte de varas digna y acorde con los cánones que deberían regir su práctica, aplaudirla y ponerla como ejemplo. Poca cosa es, pero menos es nada.