“El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los de alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?” Antonio Gala
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domingo, 11 de noviembre de 2012

MANUEL CHAVES NOGALES

"Ana, trae el jamón serrano que viene Belmonte", le decía Chaves Nogales a su esposa cuando el torero acudía a su casa de la madrileña Cuesta de San Vicente para reunirse con el periodista y contarle sus vivencias. Café, refrescos, jamón, tabaco y mucho humo. Así recuerda Pilar Chaves, la hija del escritor, las reuniones en la habitación en donde pasaban largos ratos, el uno contando su historia y el otro tomando notas para novelarla. De esas reuniones surgió el libro "Juan Belmonte, matador de toros. Su vida y sus hazañas", publicado a lo largo de 1935 en la revista "Estampa" en 25 capítulos y que, dado el gran éxito que tuvo desde el momento de aparición de la serie, fue publicado en libro a finales de ese mismo año.

Resulta curioso que Chaves Nogales nunca asistiera a una corrida de toros, ni le interesaban los toros ni los toreros, pero como periodista si que le interesaba la calidad humana de las personas y en Belmonte, además del torero, encontró un ejemplo a seguir de superación y compromiso con la vida. El escritor, paisano y cinco años más joven que Belmonte, se entendió perfectamente con el torero y entre los dos confeccionaron una obra que transciende en mucho el objetivo primero del proyecto, quedando sus nombres unidos para siempre. Ya no es que sea el libro de toros más popular de cuantos se han escrito, sino que incluso algunos críticos literarios lo consideran  una de las obras más importantes de la literatura española del siglo XX, leída tanto por aficionados a los toros como por los que no lo son, ya que además de la historia de unos de los más importantes toreros que hayan existido jamás, es un relato de la vida misma.

Comprometido con la República, Chaves Nogales tuvo que salir de España al finalizar la guerra, se instaló en París, de donde también tuvo que huir cuando los nazis tomaron la ciudad dejando la orden a su familia de eliminar todos sus escritos, y se instaló en Londres en donde logró rehacer su labor como periodista pero, a causa de una peritonitis, falleció en 1944 cuando tan solo contaba con 47 años. Pero de su historia, contada por su hija Pilar Chaves, en una entrevista grabada a finales de 1998 o principios de 1999, y  por María Isabel Cintas Guillén, autora de su biografía, "Chaves Nogales, el oficio de contar", trata el podcast que enlazamos a continuación.



Nota: Para completar esta entrada enlazo el extenso e interesante prólogo que la propia María Isabel Cintas Guillén escribió para el libro "Juan Belmonte", publicado por la editorial Renacimiento en el año 2009, en el que se centra sobre la historia y organización del libro, el ambiente y la época en que se escribió, su repercusión y las distintas ediciones que se han realizados del mismo.  

lunes, 25 de julio de 2011

EL PODER PERDIDO DEL TORO DE LIDIA

La característica más destacable en cuantas corridas de toros y novilladas se dan en los últimos años es la total falta de poder del ganado bravo, tanto entre los toros, como entre lo novillos que se lidian en plazas de primera, segunda o tercera. "Cuidar" es la palabra más usada en los tiempos actuales, tanto en boca de críticos especializados y locutores, como entre los aficionados. "Cuidar" al toro para que no se derrumbe si se le obliga demasiado en las faenas de la lidia y que "dure" -otra palabreja de moda- en la faena de muleta. Es la obsesión de los taurinos (matador, subalternos, picadores, apoderado, ayudas y demás gente que pulula cerca de la cuadrilla) en todos los festejos: "cuidar al toro para que dure", pues, con el tipo de toro que han dispuesto para esta fiesta que tratan de imponer, es lo único que se puede hacer: "cuidarlo para que dure". El poder del toro de lidia es el principal sacrificado por parte de los profesionales de este negocio, y ese poder se puede minar de muchas formas. Todas las defensas que pueda tener un toro, por más aparatosas que sean, o las malas intenciones que pueda desarrollar a lo largo de la lidia, no tienen demasiada importancia si el motor que hace que el toro se mueva, se defienda y las utilice en su ataque, no funciona. Sin poder el toro no es nada y su juego, en vez de emoción, produce pena. Siempre se ha dicho que las cornadas fuertes se dan con los cuartos traseros, en donde radica la fuerza y el poder de un toro sano. Si al toro hay que cuidarlo, en vez de cuidarse de él, la Fiesta se convierte en otra cosa que se aleja cada vez de su sentido principal. Esto, por desgracia, ya esta ocurriendo desde hace muchos años. Viendo el resultado de los festejos que se llevan celebrados hasta el momento, cuando ya nos encontramos a mitad de temporada y han tenido lugar las ferias más importantes, en donde se puede deducir que, en su inmensa mayoría, la invalidez y la falta de fuerzas, en definitiva, la falta de poder de los toros y novillos que se han lidiado en todas las plazas ha sido la característica más destacada. Reflexionando sobre estas cosas del "poder" perdido del toro de lidia, me ha venido a la memoria algo de lo escrito por R. Abarquero Durango, hacia mitad del pasado siglo, en su libro "EL TORO INVÁLIDO - AFEITADO Y CAÍDA DE LOS TOROS", que habla de algunas de las posibles causas por las que los toros, cuando salen al ruedo, no dispongan de todo su poder. El capítulo que habla de esto lleva por título:

EL TORO INVALIDO EN LA PLAZA Y SUS CAUSAS 

"El toro vive en el campo pisando una alfombra de pasto y mantillo (como merece tal señor). Las defensas auténticas no están en las defensas visibles. Las primeras son el motor impulsivo del animal, con su complicada combustión sanguínea, que aporta la potencia que ha de servir a las segundas para que, por su contacto violento, se produzcan las lesiones en el objeto que acometa el toro.
Las corridas se celebran ahora en el tránsito de la tarde a la noche y terminan hasta con  luz artificial. Es decir, en la PENUMBRA.
De esto, cualquier aficionado se da cuenta; pero de lo que no se da cuenta es que la lidia del toro se celebra también en la PENUMBRA de lo FISIOLOGICO y de lo PATOLOGICO por la disminución de las defensas auténticas. Por eso vamos a dar un repaso, en relación con la presentación de los toros y sus condiciones, pues de esta manera se verá cómo no es lo mismo torear lo que se cría en los prados que lo que sale de los chiqueros. Muchos de los toros, cuando salen a la plaza, lo hacen con sus defensas menguadas, limitando sus facultades, que es tanto como limitar su bravura.
MANIOBRAS FISICA
EXTREMIDADES SENSIBLES.- De todos es sabido que el toro vive en el prado pisando en una alfombra de pasto y mantillo (como merece tal señor), pero cuando ha llegado su hora (su hora de calvario), antes era llevado poco a poco por las veredas, con sus descansaderos, que le servían de entrenamiento, ya que su martirio no empezaba hasta la salida al ruedo.
Pero un día se le ocurrió a un ingenioso mayoral de la plaza de Madrid hacer un cajón para su transporte. La idea fue buena, pero luego se ha convertido en una CHECA de martirio, empezando su calvario desde el momento que le meten.
No voy a describir muchas cosas de las que ustedes conocen. Sólo diré que la alfombra de la CHECA no tiene el piso igualado, ni tampoco nivelado, por cuyo motivo el toro no sabe dónde apoyarse.
Los cuadrúpedos, dada su estabilidad, descansan cómodamente sobre sus extremidades, ya que suelen echarse pocas veces y lo hacen en posición externo-costal, casi únicamente para rumiar.
¿Qué tiempo descansará y rumiará un toro que se pasa varios días de viaje en el cajón preparado para todo, menos para descansar y rumiar?
EXTREMIDADES SEMIANQUILOSADAS.- Articulación que no funciona se anquilosa. Los toros, después de varios días de viaje en el cajón, sin modificar su estabilidad, tienen gran dificultad en el movimiento de sus extremidades.
Si su lidia se aplaza unos días, aún puede recuperarse, pero si van del cajón al callejón y de éste a la plaza, la recuperación no tiene lugar.
Cualquier aficionado que haya presenciado el desencajonamiento en la plaza de
Valencia, por los movimientos de los toros se podía dar idea del tiempo que llevaban unos y otros encajonados.
GOLPE DE CALOR.- Los animales encajonados no están ajenos a los efectos del calor, por el espacio tan reducido y por la época en que se celebran las corridas.
Si a esto agregamos que no se les suministra el agua y que las jaulas permanecen al sol (algunas veces), los efectos dejan sus huellas en el animal.
Bastaría ver la frecuencia respiratoria y del pulso para comprobar cuanto digo, que, con la sed y el hambre, dan lugar a un agotamiento fisiológico digno de tenerlo en cuenta.
MANIOBRAS FISIOLÓGICAS
El ayuno, o sea, la privación de alimento, incluso del agua, mengua las facultades del toro, y si se prolonga conduce a la muerte.
No hace falta tanto, con que queden en la PENUMBRA de lo fisiológico y de lo patológico nos valen.
Los carnívoros resisten mejor el ayuno que los herbívoros Los primeros tienen que buscar la presa y los segundos, salvo condiciones especiales, siempre la tienen. La Naturaleza lo prevée todo.
SED, HAMBRE DE AGUA: HAMBRE DE SAL
Nada más ver los títulos, cualquier aficionado, no sólo por lo que ha oído, sino porque él también las ha padecido, se da una idea clara de los resultados, combinando hábilmente en exceso una y otra de las dos necesidades que tiene el organismo animal.
Al dar la sal a un animal se le provoca un hambre de agua.
De todos es sabido que la sed es peor tolerada que el hambre, con sus consiguientes molestias; pero las más interesantes son: la angustia y la ansiedad, que también limitan las facultades del toro.
Supongamos que le dan agua en cantidad como para matarle la sed.
A primera vista, todo arreglado. Sí, sí. Arreglado para descansar, pues con la cantidad de agua injerida no recupera todas sus facultades al momento.
PURGA. Aquí sí que estamos todos fuertes por experiencia propia y todos hemos quedado para el arrastre. Eso le pasa al toro antes de lidiarle.
MANIOBRAS TRAUMATICAS
SACO.- El lanzamiento del saco es una maniobra contundente que tiene la ventaja dé producir lesiones más arriba de las extremidades, por lo cual se caen los toros sin saber de qué pata cojean.
DE LA BRAVURA A LA TIMIDEZ, CON SOLO UN TRAUMATISMO ATENUADO: LA SUJECION DEL TORO
Es tal vez lo más interesante de cuanto vamos a decir :
Antes, el toro iba del ganadero a la Empresa, sin haberlo visto muchas veces ésta y rara vez el apoderado o el torero. Pero... ¡ahora te quiero yo ver! Nos ha salido este último de intermediario y de enlace, ¡que ya te puedes preparar!
¡Dichosos intermediarios! En todos los sitios nos los encontramos con sus dos caras corrosivas. Una para el toro y la otra para el público (a quien afeita el bolsillo).
¡Señores! ¿Será una enfermedad social y mundial la INTERMEDIOCRACIA? ¡Pchsss!... Lo será.
De todos es sabido que el toro no pasa por la domesticidad para ser lidiado. Lo hace del estado salvaje a la plaza.
Si este animal ha conservado su personalidad psíquica en estado natural, sin contacto con nadie, cabe también suponer que no consentirá que nadie le pise el terreno, y cuando algún intruso (apoderado) lo haga será a costa de deshacer su unidad físico-psicológica: unidad indispensable para mantener en alto el pabellón de la bravura.
A poco contacto que se haya tenido con los animales, aunque no sea el toro de lidia habrá podido observar que, con sólo sujetar a un animal (por personas, trabones, sogas, etc.), se produce UN COMPLEJO DE INFERIORIDAD, con lo cual el animal, después de forcejear varias veces y verse vencido, queda sumido en la inmovilidad más sorprendente. Algunas veces el animal se deja hacer toda clase de maniobras, incluso operaciones quirúrgicas, fuego con fines terapéuticos o de marcaje, sin intentar el forcejeo siquiera.
Este traumatismo psíquico, producido sólo por la SUJECION, deja una huella tan grande en su voluntad que habrás que empujarle para levantarse. No tengo qué decirles cómo habrá quedado el toro después de las lesiones en las articulaciones, músculos y ligamentos, acompañado de la desintegración de su personalidad salvaje. Después de esto se habrán dado cuenta de lo que es un afeitado sin sierra y sin lima."

martes, 10 de febrero de 2009

¿QUÉ SERÁ DE LA FIESTA DE LOS TOROS?

Para los aficionados el invierno es una época propicia para la lectura de libros de toros. Por eso, y después de pasados muchos años desde que lo hice por primera vez, acabo de terminar la lectura de “Paseíllo por el Planeta de los Toros”, la obra de don Antonio Díaz-Cañabate, publicada en la colección “Biblioteca básica Salvat de libros RTV”, en el año 1970. Además de recomendar su lectura a los aficionados que no lo hayan hecho todavía, y a los que lo tengan olvidado, como era mi caso, que lo relean, quiero trasladar a este espacio los últimos párrafos que, a modo de conclusión, cierran el libro y que, después de casi 40 años transcurrido desde su aparición, resultan proféticos, porque ya entonces ponían el dedo en la llaga de la “revolución” que se estaba produciendo, que suponian un profundo cambio en la Fiesta de los Toros y, acertadamente, anunciaba los síntomas de los problemas a los que ahora se enfrenta, con mucha más crudeza, esta fiesta descafeinada que nos ha tocado vivir.

“¿Qué será de la fiesta de los toros? Su cambio de rumbo, su honda revolución, que ha barrido las que fueron durante largos años sus especiales características, ¿le permitirán mantenerse con la misma pujanza y beneplácito que hasta ahora? El poder de adivinanza no ha sido dispensado a los humanos. Las multitudes sostenedoras de los espectáculos son muy voltarias. Por el momento, la revolución taurina ha triunfado. Los modos revolucionarios no sólo se han impuesto, sino que se exigen, con escasa tolerancia para con los derrotados que todavía perduran por la fuerza de su antiguo y persistente arraigo. Este ímpetu rebelde y perturbador ha ganado una victoria muy apreciable sobre un elemento de grande importancia: los aficionados, que desde el principio del desarrollo de la fiesta como festejo popular encauzaron el arte de torear por los caminos de la emoción que se desprendía de la peligrosidad del toro. La meta alborotadora de la conmoción padecida se ha encarrilado a la disminución, hasta donde ello sea posible, de esa peligrosidad, a prescindir de la emoción, sustituyéndola por la quisicosa de un juego baladí apoyado en un falso preciosismo recubierto de la carátula engañosa de un remoto riesgo, no mayor que el de cualquier actividad vital, el falaz tremendismo fingidor de hazañas con un animal aborregado.

¿Se podrá mantener esa falacia? El vencimiento de esa afición por lo emocional, ¿es definitivo? ¿El fraude aniquilara a la verdad? ¿Lo frívolo se impondrá a lo serio? La lucha entre estos dos extremos no ha terminado. Un reducido sector de combatientes aún persiste en el apego a lo que estiman la esencia del toreo, el dominio artístico y emotivo de una fiera. Por el momento, este enteco grupo cuenta con un auxilio que, de no sufrir merma su inclinación, puede ser de mucha monta: la autoridad, que cumple con su deber de contener y terminar con las aspiraciones fraudulentas.

Arma muy utilizada por los revolucionarios es la humanización de la fiesta. Otra asimismo muy esgrimida es la del deseo del público de divertirse por las buenas, sin complicaciones derivadas de las dificultades opuestas por el toro fiero con trapío y con edad, que obligan al torero a prescindir de la brillantez, atento sólo al empleo de la técnica dominadora de la dificultades del toro, técnica no lucida, pero si enjundiosa y emocionadora. Se dice, se proclama, se asegura que el público apetece el toro ya dominado antes de salir por el chiquero, por la previa reducción de su nativa fiereza por procedimientos, unos, naturales -la selección- y, otros artificiales -el corte de las puntas de los pitones y la lidia del utrero más o menos adelantado y engordado por una alimentación especial-.

No se puede negar la existencia de ambas corrientes de opinión, fomentadas por una propaganda caudalosa que invalida las razones de una minoría de oponentes. Durantes estos últimos años la masa, ayuna de conocimientos, propagadora de una fiesta frívola basada en el torito sin fiereza y en el torerito sin enjundia y sin arte, pródigo de embelecos al margen del toreo, posibles con el borrego, amanerados por el amaneramiento de un animal privado de su genio, uniformado en la docilidad, ha hecho mangas y capirotes de la fiesta. Los toreros, los ganaderos y las empresas han complacido sus mínimas demandas. Todo es por el instante júbilo y alborozo en las plazas. Los millones de pesetas se reparten a voleo como recompensa a inauditas camelancias chirigoteras.

La cuchufleta es muy inestimable, máxime cuando la chanza incide en la misma gracia. Los graciosos del toreo no se significan por una valiosa inventiva y fantasía. Repiten como tontos del circo los mismos trucos. Y esto es peligroso. Los toreros van muy a gusto en el machito de la comodidad y creen que han descubierto la alquimia de la transmutación del plomo en oro, pero a tanto no llega la propaganda. El plomo de la monotonía gravita sobre la fiesta. Poco a poco deja sentir su peso. Es fatal que poco a poco llegue al aplastamiento.

Confiemos que esta catástrofe no acaezca. Esperemos que la fiesta no se desentienda de su instinto de conservación. Indicios hay de ello en las disposiciones de la autoridad plasmada en la cuestión referente a la edad de los toros, para exigir con garantías los cuatro años cumplidos el cansancio del público, manifestado en un todavía incipiente retraimiento de acudir a las corridas… Nos queda la esperanza de una reacción que vuelva a su ser la lidia de los toros. Y, si esto acontece, el planeta de los toros recobrará buena parte de sus perdidas esencias, que este paseíllo ha pretendido reflejar con la ligereza de una andadura amena, espejo de su pintoresquismo”.

Una vez concluida la lectura del texto de don Antonio Díaz-Cañabate es preciso anotar un par de detalles que, vistos desde el presente, deben tenerse en cuenta y agravan todavía más la situación:

1) El dique de contención que pudiera significar el auxilio de la “autoridad” -que un año antes de la aparición del libro, en 1969, había dictaminado que se marcaran los toros en la paletilla con el número que reflejara el año de su nacimiento, para así evitar el fraude de la lidia de utreros engordados por toros, y eso alimentaba la esperanza del autor- para mantener la integridad y pureza de los festejos está prácticamente destruido.

2) El reducido número de “combatientes” que quedaban en aquel tiempo, hace 39 años, se ha reducido todavía más y se ha visto incrementada “la masa ayuna de conocimientos” que sin complejos por su ignorancia, y apoyados por unos medios de comunicación con claros intereses en el negocio taurino que han sustituido el saber y conocimiento de los grandes cronistas de antaño por la propaganda, han perdido todo el respeto a los aficionados que todavía acudimos a las plazas de toros.

Aunque cada día sea más negro el panorama y más difícil salir de este empantanamiento en el que se encuentra metida la Fiesta de Los Toros, no quiero acabar esta entrada anunciando negros presagios. Como la esperanza es gratis y, dicen, lo último que se pierde, quiero hacerlo de forma positiva, recogiendo una de las últimas frases de las escritas por “El Caña”, como se le conocía en el Planeta de los Toros a don Antonio: “Nos queda la esperanza de una reacción que vuelva a su ser la lidia de los toros”.

viernes, 1 de agosto de 2008

Sobre la salida del toro al ruedo

“Cuando el toro aparece por la puerta de toriles su primera impresión es de deslumbramiento, ya que viene de un chiquero individual, donde ha permanecido en absoluta obscuridad y aislamiento durante las 6-8 horas anteriores a la lidia, una vez realizado el sorteo y el apartado de la mañana. La colocación de la divisa en el morrillo aviva las reacciones del toro en el momento de saltar al ruedo. No obstante, puede sentirse aturdido de salida, dar tumbos e incluso estrellarse contra las tablas...

... Si desde el principio el animal se dispone a galopar porque cree que ha recobrado la libertad pronto se da cuenta de que el ruedo es redondo, y después de dar una o dos vueltas comprueba que no existe ninguna salida que le lleve a la tan ansiada libertad. Algunos toros intentan saltar la barrera por estar convencidos de que tiene que haber una puerta de salida. Es hecho, que es signo de mansedumbre, no es grave si se hace al poco de saltar al ruedo. Lo que sí es grave es que lo siga intentando durante la lidia...

... Muchos toros, sin embargo, se ponen a embestir desde el principio, derrotando en los burladeros y acudiendo allí donde algo se mueve. Esta acción es muy frecuente en el encaste Santa Coloma. Una actitud más reposada, más tranquila, es propia del encaste Parladé. Incluso hay toros que salen muy parados, tanto que llegan a exasperar a los espectadores y piden su devolución a los corrales por mansos. Son toros poco codiciosos...

... Lo cierto es que cuanto más rematen los toros en los burladeros y lo hagan con más fuerza y acudan a cuantas citas se les soliciten, más bravos serán de salida. Un animal en el ruedo tiene como objetivo fundamental quitarse de encima todo lo que le moleta, liberarse de cualquier agobio, aunque sólo sea el simple movimiento de los subalternos en el ruedo.

Una vez que el toro ha inspeccionado el nuevo recinto, llega el momento de emplearse con el capote. Hay que tener en cuenta que los toros de salida sólo saben, o deben saber, acometer. El toro trae la bravura del campo, el comportamiento y el estilo lo adquiere en el ruedo. Es el torero quien debe enseñarle a embestir de manera repetida y sostenida. El animal debe repetir la embestida cuantas veces se le cite, es conveniente que humille, que tenga fijeza, que galope en cada encuentro, que pase largo.

El toro de salida, toro levantado, tiene menos peligro porque pasa rápido, no se para y, si coge al torero, apenas se entretiene con él.

El torero no debe recortarle demasiado el final de cada pase, aunque es muy interesante que la cargue la suerte y le gane terreno en cada pase, para que por una parte lo llefve embebido en el capote y por otro produzca belleza, ya que de ese modo el toro se ciñe al cuerpo del torero produciendo emoción y arte.

Esto es lo que han hecho verdaderos maestros de la tauromaquia como Antonio Bienvenida, Curro Romero, Antoñete... que, a una edad avanzada, han conseguido torear muy bien con el capote porque después de cada lance daban 2 o 3 pasos hacia adelante hacia las afueras, obligando al toro a realizar un semicírculo alrededor del torero en cada pase. Hay que tener cuidado, sin embargo, de no quebrantar demasiado la fortaleza del toro.

A veces los toros se emplazan de salida en los medios y les cuesta abandonarlos, buscan la querencia lejos de los hombres de a pie y de las tablas. Si una vez citado sigue sin responder al estímulo es sinónimo de falta de lucha y de mansedumbre, de cobardía. Este toro no es bravo por mucho que se encampane desafiante en el centro del ruedo.

Hay toros que después del primer encuentro con el espada buscan el refugio de las tablas o el de su mayor querencia, que no es otra que la puerta de chiqueros, de donde no es fácil sacarlos. Es otro signo claro de mansedumbre.

En este primer momento se da mucho en la actualidad un tipo de calambres musculares, especialmente en los cuartos traseros, que hacen que el toro cojee e incluso se caiga, lo que es motivo de gran escándalo y de petición de devolución del toro.

Como ha sido ampliamente descrito en un capítulo anterior, el estrés que padece el toro en los primeros lances de la lidia es tan acusado que, mientras busca en su organismo la respuesta adecuada, se produce un desmorone muscular que le provoca falta de fuerza y caídas subsiguientes. Si la falta de fuerza no es excesiva y el toro posee suficiente casta y fiereza conseguirá superar el estrés de salida y recomponer la masa muscular ligeramente dañada. De lo contrario, se producirá un desfondamiento general y caídas prolongadas.

Una prueba fehaciente de falta de fuerza es que el toro, al pasar por el capote, eche las manos por delante, se frene y arquee de forma cóncava la línea dorso-lumbar, dejando ligeramente retrasados e incluso arrastrando los cuartos traseros.”

Nota: Extractos del capítulo referente al comportamiento del toro a su salida al ruedo del libro: “Comportamiento del toro de lidia. En el campo, en el ruedo”. Su autor, el Dr. Antonio Purroy Unanua, Ingeniero Agrónomo, Catedrático de Producción Animal y Vicerrector de la Universidad Pública de Navarra, une, a sus conocimientos científicos y profesionales, su afición y su pasión por el toro de lidia. Un libro sumamente recomendable.

miércoles, 9 de enero de 2008

Comportamiento del toro en el caballo

Según el profesor Antonio Purroy Unanua: “Un toro bravo debe acudir rápidamente una vez que le cita el picador, debe embestir humillando y empujar mientras sienta el hierro en los costillares. Se debe picar en la parte final del morrillo, que es una almohadilla de músculo y grasa de unos 30-40 cm de profundidad. Si embiste con la cara arriba, si cabecea y hace sonar el estribo, si quiere quitarse la puya, si no empuja, si se acuesta y se repucha estaremos ante un animal potencialmente manso.

Es necesario volver a ponerlo en suerte ya que a partir de la segunda vara
(¡con un solo puyazo no se puede ver la bravura de un toro!) se puede empezar a catalogar con fundamento un animal, pues sabe con qué se va a encontrar en cada encuentro con el caballo. Si aun con todo acude con prontitud y galopando, empuja con fuerza, humilla y le cuesta salir del embroque, el toro puede considerarse como bravo. Si repite un tercer encuentro con las mismas características que el anterior, es decir, galopando y con ansias de embestir, creciéndose incluso, entonces se puede considerar como muy bravo, aspecto que lamentablemente no es muy común hoy en día.

Por tanto, el toro en la suerte de varas debe mantener la fijeza y la prontitud
en las embestidas, aunque se le siga llamando en contra de la querencia natural de la puerta de chiqueros. Cada vez acudirá desde una distancia más larga, al galope, (¡qué gran belleza supone!), no se saldrá suelto o huido de la suerte y mantendrá la boca cerrada mientras dure la pelea, sin mugir ni escarbar antes de arrancarse al caballo, ni cocear durante el castigo. Sobre todo, no hay que dejarse engañar por esos toros broncos y violentos, que arrollan más que embisten, que hacen cosas de mansos con la apariencia de bravos.

Si el toro se resiste a acudir al encuentro habrá que ir acercando el caballo hacia la querencia de salida para acabar picándolo incluso con el caballo de reserva, el que se encuentra en la puerta de chiqueros.”


Extracto del capitulo del mismo título incluido en el libro “Comportamiento del toro de lidia -en el campo, en el ruedo-” del profesor Antonio Purroy Unanua, Ingeniero Agrónomo y Catedrático de Producción Animal de la Universidad Pública de Navarra. Interesante libro, que no dudo en recomendar a todos los que estén interesados en el tema, y al que estaremos abocados a referirnos en el futuro en este o en cualquiera de los otros temas que aborda.


Pero no era objeto de esta entrada hablar de este libro, en un principio lo que pretendía, preocupado por la situación que atraviesa el tercio de picar en la actualidad,
era mostrar la interesante, y autorizada, opinión del profesor Purroy sobre como debería ser el comportamiento del toro en el caballo en un tercio tan deteriorado, y tan decisivo, como es el de la suerte de varas. Decir, puesto que el libro ha impuesto irremediablemente su presencia, que está editado por la Universidad Pública de Navarra en el año 2003. Profusamente ilustrado en páginas interiores por los dibujos, como el que se incluye arriba, de don José María de Andrés que van reflejando las diferentes etapas de la vida del toro que, desde su nacimiento en el campo hasta su muerte en el ruedo, nos describe y explica el autor.

Y ya que el final de esta entrada gira, sin remedio, sobre el libro, no me resisto a desaprovechar la oportunidad de mostrarles la maravillosa portada, quizás la que más me gusta de cuantas conozco en libros de toros, que le da cobertura. El autor de esta ilustración, junto con la que cierra el libro en la contraportada, es don Ignacio Cía.